Furia – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Adoro esta ciudad, aunque he de reconocer que he visto tantas que a estas alturas aprecio pocas diferencias y sí muchas similitudes entre ellas. Me gusta notar el sol sobre mi piel, ese calor que hace que sienta que puedo arder en cualquier momento. No soporto el frío, no estoy hecha para las bajas temperaturas.

Deben ser cerca de las 20:00, porque el sol empieza a rendirse, agotado tras un largo día de dar lo mejor de sí mismo a un mundo que, por costumbre, ha olvidado apreciarlo. Todos corren, no sé si por las prisas de llegar a casa o por las ganas de escapar de ella, y es cómico observar cómo parecen esquivarse entre ellos para evitar incluso un roce casual que los detenga un instante. No se miran, no se sonríen y la invisibilidad parece un don que disfrutan, aunque ninguno lo posee.

Es maravilloso estar rodeada de tanta gente, me siento viva. Menuda ironía.
Miro al sol, fascinada por la naturalidad con la que sucumbe cada día ante la noche, y me pregunto si antes de apagarse tiene la certeza de que volverá a brillar mañana o si, por el contrario, la incertidumbre hace que le paralice el miedo. Quién sabe, algunas preguntas se quedarán siempre sin respuesta y eso, en el fondo, convierte el mundo en algo maravilloso.

No sé a quién he venido a buscar, ni cuándo voy a encontrarle. No sé su sexo, estatura ni nombre. Solo sé que le encontraré aquí, en esta céntrica calle, tras la salida de la luna.

Me pregunto quién será…

¿Será esa chica morena que no deja de mirar el móvil con ansiedad? No, no creo que sea ella. Su mirada es pura, inocente… como si el pecado aún no hubiese llamado a la puerta de su pureza.

¿Y ese señor tan serio que lee el periódico? Qué va, él no puede ser. El modo en que le interesa el mundo que tiene escrito ante sus ojos me deja claro que aún no ha sido contaminado por el virus de la indiferencia.

Quizá sea ese joven de aspecto desaliñado que parece no perder de vista el culo de la rubia que camina frente a él; tal vez el cincuentón al que, pese a su edad, no le crece la barba; o la señora que viste de Chanel sin llevar ni un duro en su cartera. No lo sé, no puedo saber quién es hasta que no llegue el momento.

Entonces, lo sabré. Como siempre. El frío llegará, de repente, y mi cuerpo se tensará como si fuese a romperse y mis ojos, por instinto, encontrarán su objetivo.
No soy cazadora, tampoco tengo presas. No observo durante horas para hacer la elección correcta ni sopeso los pros y los contra… tan solo espero y llega.

El edificio más alto de la calle ya ha ocultado al sol tras su fachada y los últimos rayos del astro aún encuentran rincones por los que colarse. Los negocios van cerrando sus persianas uno a uno, como si compusieran una melodía que chirría, y las voces de la gente parecen bajar su tono como si, de repente, les incomodase molestar a alguien. Mi rostro sonríe, aunque para mí tan solo es un gesto mecánico carente de emociones y significado.
La oscuridad lo cubre todo, salvo el maravilloso círculo plateado que desafía, con su brillo, a la noche. Siempre me ha fascinado la luna.

Frío, intenso. Ha llegado el momento.

Me pongo en pie y mis ojos la encuentran entre la multitud que sigue ajena a mi presencia. Aprovecho mi aspecto para seguirla de cerca y confieso que me gusta cuando percibo las miradas clavadas en mi bello rostro y en mi escultural cuerpo. Soy realmente hermosa, ahora.
Camina con paso firme y yo, a escasos dos metros de ella, voy sintiendo todos y cada uno de sus actos. Me estremezco, el frío aumenta, al ver cómo sus manos han asfixiado hasta dar muerte al anciano al que debía cuidar, su sonrisa al suministrarle la dosis diaria de veneno oculta en la comida a su marido y la calma con la que le arrebató el latido al corazón de su hija recién nacida. Maldita sea.

Calma, contrólate. Espera.

Acelera el paso, sigo tras ella y de nuevo las imágenes vuelan de su alma a mi cabeza. La señora María, postrada en su cama rogando clemencia con su mirada llena de experiencia, Sergio, ofreciendo una fortuna a cambio de poder disfrutar un poco más de su vejez y Rosario, cuyos pulmones se llenaban de agua mientras sus manos la mantenían sumergida en la bañera. Así, persona tras persona… hasta llegar a dieciséis vidas arrebatadas.

Se detiene, se gira y parece mirarme justo antes de subir las escaleras que la llevan a su actual hogar. Su guarida.
Subo contemplando su espalda y le impido cerrar la puerta tras ella. Ahora sí, me mira.
Su mirada altiva busca en mi rostro algo que le ayude a saber quién soy y parece serenarse al no ver en mí más que a una treintañera de aspecto delicado y enorme sonrisa.

– ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Puedo ayudarte?

No respondo. Enseguida lo entenderá todo.
Avanzo hacia ella con paso firme, sin dejar de sonreírle, y la puerta se cierra tras de mí con un sonoro golpe.

– ¿Qué quieres de mí?

Mi respuesta no requiere de palabras, sino gestos, y con firmeza sujeto su cuello estampando su cuerpo contra la pared. Ahora sí, tiene miedo y, yo, dejo de sonreír.

– ¿Quieres saber quién soy? No contestes.

Me mira, con desconocimiento.

– No sabes qué soy. Mírame.

Y ante sus ojos asustados me desprendo de mi forma humana desvelando mi monstruoso aspecto.

– Soy una Erinia, una Furia. Me llamo Tisífone y vengo a hacer justicia, matándote. Pero no creas que todo terminará con tu muerte, pues voy a llevarme conmigo tu alma para que reciba su castigo eterno. Créeme querida, que te rompa el cuello va a ser el menor de tus sufrimientos.

Y así, sin más palabras y con la fuerza que ha otorgado a mi cuerpo el paso de los siglos, rompo su cuello y dejo caer su cuerpo sin vida al suelo.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco… y su alma abandona la vasija que lo albergaba dentro, para habitar ahora el Tártaro y enfrentarse a una eternidad de torturas, castigo y justicia por los actos cometidos.

 

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