Fuera de contexto – @tearsinrain_

Tearsinrain @tearsinrain_, krakens y sirenas, Perspectivas

Veo moverse a la vez todas las grúas desde el despacho, en una extraña sincronía de la construcción y la deconstrucción, de cadencia y decadencia. Al terminarme el cigarrillo fumado en lugar prohibido,  tiro la colilla por el precipicio de doce plantas, las que tendría que haber bajado para consumirlo. La veo caer bailando con la escasa brisa que hoy se pasea entre los rascacielos del barrio de oficinas de diseño y personas de diseño. Hasta que soy incapaz de distinguirla. Luego se me ha vuelto a ocurrir la idea de dejarme caer para ponerme a volar o planear y, como un superhéroe, usar las seis grúas como resorte, pasear por el cielo de la ciudad en un grito silencioso de “aquí estoy”. Claro, no lo he hecho. Ni precipitarme ni volar. Sí he continuado observando el juego de comunicación entre las jirafas de hierro y sus contrapesos. Yo crecí en este barrio y ya no reconozco nada, estoy descolocado. Ahora hay avenidas donde antes había calles, locales de degustación donde antes había bares de menú, la facultad de cine ocupa la fábrica abandonada y un gigante de las telecomunicaciones llena el descampado donde jugábamos a futbol y nos escondíamos de la panda del Botas, el matón del barrio. Estaría bien que ese cabrón estuviera en el trullo y que unos cuantos tíos cachas le violaran cada noche, pero lo más probable es que sea padre de familia y enseñe a un Botitas a defenderse a hostias de quien intente abusar de él. Incluso le veo presidente de la Asociación de Madres y Padres usando galantería barata de chungo barriobajero con la divorciada madre de tres niños obesos y maleducados que le ríe las gracias sin gracia con histeria contenida. En una ocasión, mientras todos escapábamos, nuestro amigo Sebastián dijo no tenerle miedo; le propinaron una buena paliza. Sus padres lo denunciaron todo, hubo reuniones de padres que seguramente empezaran con tópicos parecidos a “es una lástima conocernos en estas circunstancias”. A mí no me dejaron ir y mis padres se mantuvieron algo al margen, me dijeron que no era lugar para nosotros. No sé cómo acabó, pero Sebastián no volvió a salir a patear la pelota con nosotros; al cabo de un año o así se mudaron de barrio y no le he visto nunca más, como a la mayoría de gente de aquella época. En alguna ocasión, los demás habíamos planeado una venganza contra el Botas y los suyos, pero la violencia no formaba parte de nuestro modo de ver la vida, no éramos superhéroes haciendo justicia, así que nos limitamos a continuar escondiéndonos.

Si giro la vista y activo una mirada túnel entre los edificios vecinos, puedo ver la casa donde me críe. Un edificio de cinco plantas, de obra vista, con los balcones decorados con baldosas azules. Algún gilipollas sin parienta lo bautizó como Edificio Mickey y se quedó tan ancho. Nadie pone nombre a los edificios en las ciudades, eso es más de urbanizaciones enganchadas a pueblos costeros invadidos por turistas alemanes y franceses: Edificio Mirasol, Edificio Bellavista. En el Edificio Mickey yo solo conocía a mis vecinos, tres niños que sacaban unas notas increíbles comparadas –y sin compararlas– con las mías. Cuando bajaban del notable, su padre cerraba el puño y les marcaba la espalda ignorando los llantos de su mujer, lo vi una vez, creo que no se lo conté a nadie. Ese tipo se prejubiló de una multinacional a los cincuenta y poco, iba casi todo el día en batín y pijama y zapatillas y escuchaba ópera a todo volumen y se le oía cantar a través de aquellas paredes de papel de fumar. Empecé a fumar a los catorce años.

Iba a un instituto del barrio, un mal barrio entonces, ahora un barrio de moda. Prácticamente todos los que estaban conmigo en clase, y en todo el inmenso centro educativo, eran hijos de policía, pues delante mismo había la comisaría de policía más grande de la ciudad. En época de exámenes solía haber alguna amenaza de bomba, por aquel entonces todavía existía la posibilidad de que una caserna volara por los aires, de manera que nos desalojaban y el examen se posponía o anulaba. Yo no pintaba nada en ese instituto, era el raro, el diferente, estaba fuera de contexto con unos padres que leían libros y no miraban la televisión ni iban al bar a ver el futbol. Durante las campanas que hacíamos para escaquearnos de latín en que íbamos a jugar al futbolín, comprábamos cigarrillos sueltos en el quiosco por diez pesetas. Fortuna.

En el Edificio Mickey había también una peña del Español en el entresuelo (yo y mis amigos de la espalda marcada vivíamos en el segundo piso, puertas primera y segunda respectivamente); en el primero primera una pareja que por las noches cantaba karaoke y en otros pisos gente a la que no soy capaz de recordar y tampoco pienso dedicar energía en intentarlo. Durante la adolescencia, cuando el Botas ya no nos perseguía, uno de los lugares más interesantes del barrio era el Burgalés, de los pocos tugurios que todavía existen. Hace poco pasé por delante y aminoré mucho el paso, mirando en su interior, pero no reconocí a nadie. El Burgalés era el bar propiedad de los padres de Meri. A mí Meri me gustaba, aunque durante mucho tiempo me gustó más su amiga Laura, que no me hacía ni caso a pesar de que con los años me monté la mentira de que ella había sido la primera chica a la que besé. Una mentira para mí, de las muchas que conforman la vida que debería haber tenido. Meri era algo bajita, recuerdo especialmente sus ojos negros a conjunto con la cabellera ondulada y también su culo. Meri sí me hacía caso, a mí, al extraño de la clase. Íbamos andando juntos casi cada día al salir del instituto, ella hasta el bar de sus padres y yo hasta casa, nos quedábamos sentados en un banco de la Rambla, desaliñada y mal iluminada entonces, convertida en un atractivo turístico ahora, y yo la oía parlotear a su manera rápida y dicharachera. Era un encanto y el día que nos besamos en aquella discoteca donde otra de la clase nos colaba los viernes por la noche en el turno para menores de edad, produjo un hormigueo que todavía creo tener al recordarlo y no puedo evitar, como ahora, pasarme la lengua por las labios. Salimos tres meses o así, no pasé de tocarle el culo por encima del pantalón y de asomar la mano sobre un pecho una vez que fuimos al cine. La que nos colaba en la discoteca decía a sus padres que sacaba Muy Destacados en lugar de Muy Deficientes y estos no entendieron nada cuando les llamaron de dirección para informarles.

Alguien pica con los nudillos el cristal del balcón. Mi secretaria súper eficiente y súper discreta. La reunión está a punto de empezar. Las grúas siguen su desplazamiento mecánico, quizá la colilla continúe cayendo o esté volando mezclada entre las hojas de los árboles, fuera de contexto, como yo.

 

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