Frente a un cuadro de Renoir – @tearsinrain_

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— ¿Me quieres?

Pronuncia la pregunta mientras me detengo frente a Atardecer en el mar (1879), traída a este museo de la ciudad desde vete a saber tú dónde. Nunca me han entusiasmado los impresionistas, oh sacrilegio, son como los popes de la pintura. La cuestión, sin embargo, más allá de la mezcla de azules y naranjas del cuadro, es por qué me lo pregunta ahora. Ella no mira el cuadro, me mira a mí que debo de estar hecho un cuadro, pues me ha cogido por sorpresa. Me pasan por la mente diferentes opciones de respuesta:

  1. Pues claro que te quiero, tonta” y un beso afectuoso en los labios junto con una mano por detrás de la cintura, una sonrisa cómplice y seguir mirando el cuadro.
  2. Mirarla a los ojos con cierta gravedad, haciéndole entender la trascendencia de mi respuesta: “Sí, te quiero, mucho.” Y sostener la mirada unos segundos, sin pestañear. Y seguir mirando el cuadro.
  3. Seguir mirando el cuadro, acercándome más ahora que el grupo de japoneses, porque siempre hay un grupo de japoneses en las exposiciones de impresionistas, se ha desplazado y decir algo parecido a “si no lo sabes es que igual dudas tú de si me quieres o no”.
  4. Dramatizar en plan película francesa, ella tiene algo de Marion Cotillard en Midnight in Paris, por suerte no de Juliette Binoche y por desgracia no de Irene Jacob en Rojo, acercarme, rodearla con los brazos, besarla primero y luego decirle que la quiero tanto que cualquier palabra me parece corta, y que sean los ojos los que lo transmitan todo. Y seguir mirando el cuadro.

Hay una barca en el cuadro. Pequeña, lo único que no es ni naranja ni azul, a pesar de que el azul en algunos puntos tiene toques violáceos y el naranja se asemeja al rosado, al amarillo y al ocre en una de las nubes. La barca está exactamente en el centro del cuadro, un par de pinceladas negras que insinúan a alguien encima de un bote, pequeño, casi insignificante, pero totalmente central y que una vez descubierto, porque no se descubre a la primera o yo no lo he hecho ya no puede dejar de tenerse en cuenta.

  1. Claro que te quiero”, podría decirle, “Te quiero lo suficiente como para estar mirando un cuadro de Renoir un caluroso sábado de verano”, y así quitarle hierro al asunto, seguir con ese tono que tantas veces uso que es medio broma medio en serio, y seguir mirando el cuadro.
  2. Mira, no”, y seguir mirando el cuadro.
  3. La opción de poner a debate el porqué de esta pregunta y la verdadera necesidad de obtener una respuesta ahora, me parece la más descartable, prefiero seguir mirando el cuadro y encontrar otra.

Ella tiene el pelo recogido en una trenza, el pelo negro, los ojos castaños, la piel pálida con tonos rosados. Lleva el vestido que le regalé, informal, pero elegante, que le sienta muy bien aunque no se lo pone nunca porque cree que es para ocasiones especiales, a pesar de que considerar que algo informal es para ocasiones especiales y no ponérselo nunca es decir que no hay ocasiones especiales, que es lo mismo que decir que no se pone el vestido porque en realidad no le gusta.

  1. ¿Por qué nunca te pones este vestido?”, así desviaría el tema, aunque lo más probable es que ella lo volvería al cauce de forma rápida, pero sería un contraataque porque vendría seguido de mi insistencia.

Me sigue mirando, yo sigo mirando el cuadro. Tengo que responder, ante Renoir, que no me entusiasma porque no me entusiasman los impresionistas, los popes de la pintura, los Dan Brown de la literatura, los blockbuster del cine, con cierta calidad en el ejecutado, pero más vistos y mejor considerados de lo necesario, en opinión de quien hace ver que sabe algo de arte sin saber nada en realidad. Las diferentes opciones, cada una peor que la anterior, se mezclan ahora con las olas azules, naranjas y rojas de la pintura. No puedo quitarle trascendencia, si lo pregunta ahora es por algo, porque ha detectado una fisura, una fractura o una grieta en nuestro amor. Por favor, qué cursi ha sonado eso. Pero es cierto. Hay en su rostro un alcance más allá de una simple cuestión que podría haberse formulado entre risas y copas de vino, o después de haber echado un polvo, o para rizar el rizo de la cursilería, podría haber sido formulada la pregunta revolcándonos en la playa. Pero ambos somos pseudointelectuales de esos que van a ver siempre películas subtituladas en cines de culto, leen a los clásicos, van a museos los sábados por la tarde y eligen los viajes en función de la arquitectura de las ciudades, así que ningún mejor peor momento que este para preguntarlo.

— ¿Me quieres?

Levanto la vista y la miro, podría evocar mil razones por las que sí y dos o tres por las que no, podría recurrir al tópico de que el amor no atiende a razones (vuelva usted mañana o pase por la otra ventanilla), pero al quedar sus ojos castaños atrapados en mis ojos castaños los suyos más claros, o al revés, reparo en la mancha negra que hay en su iris, esa que he visto tantas veces de cerca y de lejos, esa que una vez descubierta, ya no puede dejar de ser tenida en cuenta, como la parte central de todo el cuadro que es la vida.

 

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