Flores para Martina – @tearsinrain_

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Es una tarde soleada de otoño. El viento levanta las hojas que parecían haberse tumbado a broncearse sobre el césped y las cambia de lugar, ahora aquí, ahora allí, provocando reuniones de ellas cada vez más numerosas. A la sombra de las ramas desnudas de los árboles, en un banco de madera desgastada y pintura levantada, se sienta una chica de edad indefinida. Lleva un vestido algo pasado de moda que bien podría haberse puesto una institutriz en su día de fiesta o ante una entrevista para trabajar en una nueva casa. No está apoyada en el respaldo del banco, su espalda se mantiene recta, algo tirada hacia adelante en pos de quien se levantará pronto. La mirada que emanan sus ojos castaños, que podrían haber sido de cualquier otra persona, pero son suyos, está perdida en los reflejos del Sol sobre el lago. Tiene unas manos pequeñas y enrojecidas por el frío, no el de hoy sino el de toda una vida, una encima de la otra y esta otra encima de su regazo, encima del banco, sobre la tierra del camino que se mueve por el parque como el dibujo de un niño imaginando un laberinto. Sus labios delgados, también cortados, emiten una sonrisa confusa. Lo más bello, o lo único bello según quien lo mire, de su rostro, es la nariz, de proporción perfecta y perfilada, de una armonía casi berniniana. Por debajo del gorro verde oliva que quizá estuvo en boga en el París del siglo pasado, asoma un fleco de cabello castaño, que podría haber sido de cualquier otra mujer, pero es suyo. En el lago, unos niños juegan con un barco teledirigido, una pareja moja sus pies desnudos y se ríen, un padre intenta enseñar a su hijo a hacer rebotar piedras en el agua, una mujer mayor da de comer a los patos, intentando no pisar las flores. Su nombre, el de la chica o quizá mujer sentada en el banco, es Martina y está esperando a alguien que no vendrá.

En realidad aquello que ella aguarda es a una ilusión. Porque hay personas que llevan consigo una perspectiva, una promesa. A medida que los relojes de los demás, ya que ella no lleva ninguno, van marcando los minutos, esa ilusión se va desvaneciendo tal que una figura de ceniza, en aras de este viento medio frío, medio cálido. El hombre que no va a presentarse lo sabe todo de Martina, nadie tanto como él y, curiosamente, es por conocer demasiado que no vendrá. En una serie de citas previas a la cita definitiva, Martina ha ido contándole su vida y, en un segundo plano que llena todo el fondo, sus sentimientos, inquietudes, miedos, esperanzas, seguridades e inseguridades, anhelos y otras partes de ella misma. Nunca antes nadie había escuchado todo lo que Martina tenía por decir y, en consecuencia, nunca antes pudo hacer tan mal uso de ese saber. No hace falta descubrir el nombre de él, puesto que no va a venir. Sí hay que tomar en consideración que ese alguien, a ojos de Martina, tiene cierto porte y elegancia, parece sacado de uno de los libros que Martina ha leído, un caballero inglés en una obra de Jules Verne, un héroe involuntario en una novela de Charles Dickens, un alma solitaria y fuerte en un drama de E. M. Forster. O así lo ha visto ella hasta esta tarde de otoño. Después de parpadear, Martina mira a ambos lados del camino, sin cambiar nada en esa sonrisa ininteligible, se levanta del banco y cruza, a paso firme y lento, el camino hasta llegar al césped.

En un estudio cercano, sentado frente a un ordenador en el que está abierto un procesador de textos, un escritor que no debería estar allí, suponiendo que alguien tenga que estar en algún sitio más allá de donde precisamente está, teclea sin pausa el teclado independiente. Escribe sobre una mujer sentada en un banco que espera a alguien que no vendrá. La describe, no muy detalladamente, por su físico y luego de introducir también la parte dramática del argumento, se dispone a explicar la vida de su heroína, heroína ya que es la protagonista de su relato, no porque haya hecho nunca nada heroico si, en su caso, no se considera ya como heroico el hecho de haber sobrevivido. Escribe con entusiasmo, se olvida de sí mismo, del paisaje que muestra la ventana situada a su derecha, de dónde está, de la hora que es. Escribe rápido, años de práctica, volcando todo lo que retiene en su cabeza.

El escritor, aspirante a ello en realidad, si es que no es escritor quien simplemente escribe, explica que Martina, pues así se llama su personaje principal, nació fruto de una relación ocasional en un barrio dominado por la droga y el olvido de una ciudad que presumía de dominar las drogas y no saber de olvidos. Del padre nunca más se supo nada, puso allí su semilla, palabra que podría sustituirse por escupitajo, vista la manera en que fue puesta, y desapareció, no porque se esfumara o muriera, sino porque la madre tampoco fue demasiado capaz nunca de retener su rostro o su nombre. La madre dio a luz a Martina ocho meses y dos semanas más tarde, una niña pequeña y enfermiza y tuvo suerte de nacer viva. Durante un tiempo, sus primera y segunda infancias, la niña vivió en habitaciones de pensiones sucias y ruidosas, siendo alimentada solamente cuando su madre se acordaba, después de casi perder la consciencia llorando, clamando por comida. De estas habitaciones se pasa a pisos habitados por seres fantasmagóricos de mente dilucidada en los efectos del caballo o jaco, gritos, violencia y porquería. Martina creció siendo una niña callada, por falta de estímulos y exceso de temores, hasta que fue a la escuela, en la que empezó tarde y gracias a la tía pesada esa, como la llamaba su madre, una de servicios sociales. En la escuela pasaron dos cosas buenas: en primer lugar descubrió un mundo que desconocía, formado por gente que sonreía y no berreaba todo el rato, por padres y madres que hablaban con sus hijos e hijas y se interesaban por ellos, por profesoras agradables que se preocupaban por ella; en segundo lugar, viendo que la madre era incapaz, aparecieron unos abuelos que no conocía a buscarla, pasaba la tarde con ellos, merendaba, hacía los deberes, la acompañaban a jugar al parque. Su vida mejoró, engordó algo, iba más limpia, aprendió a sonreír. A los ocho años, la madre de Martina se pinchó heroína en el asiento del conductor de un coche viejo y fue descubierta por la policía. Cuando le pidieron la identificación, la madre arrancó el coche y salió a todo gas con la policía pisándole los talones. Duró cuatrocientos metros la persecución, ya que el puente no se apartó y el automóvil chocó de frente contra él. Su madre murió en el acto. Dice el refrán que no hay mal que por bien no venga, así que al quedarse huérfana, Martina fue acogida por sus abuelos. Pero también dice el refrán, que las desgracias nunca vienen solas. Los abuelos no pudieron soportar la muerte de su hija, más teniendo en cuenta que el hermano menor de esta, un tío a quien Martina jamás conoció, había sido hallado muerto por sobredosis en una casa abandonada hacía dos años. El abuelo se volvió taciturno y malhumorado, su cojera aumentó hasta el punto de llevar siempre bastón. La abuela se encerraba en su habitación y lloraba y preguntaba a las paredes que qué había hecho ella para merecer eso y tomaba pastillas y dormía todo el día. Con todo el peso de las muertes y la educación de una nieta fruto de lo mismo que mató a la madre, el abuelo descubrió que el bastón servía para andar y también para golpear.

A través de la ventana de su estudio, el escritor, de haber mirado, habría visto a Martina descalzarse para pisar el césped del parque y también como su pelo cobrizo bailaba con el viento una vez desprendido el gorro verde oliva demodé. Aunque hubiera mirado, la chica o mujer caminaba de espaldas y no habría atisbado que sus ojos estaban cerrados mientras andaba. El escritor se ha detenido después de la imagen del abuelo golpeando con el bastón a la niña, se ha liado un cigarrillo y piensa en la forma adecuada de continuar. Lo cierto es que ya la sabe, pero la macera.

La escuela tardó mucho en darse cuenta de lo que pasaba ya que Martina no contaba nada y, alegando una enfermedad, se saltaba la mayoría de clases de educación física y los días en que, con la clase, iban a natación. Martina no gritaba cuando el abuelo usaba el palo para su segundo uso contra sus piernas y su espalda, se arremolinaba en el suelo, decía que no flojito y luego se quedaba mucho rato así, llorando en silencio, hasta que la abuela venía a buscarla y la bañaba con mimo mientras le decía que no dijera nada, que eso era un mal momento que ya pasaría y que si hablaba iría a un centro donde la tratarían peor y nadie la querría. Gracias a estas charlas de la abuela Martina aprendió dos cosas: la primera es que hay formas de querer que no salen en los dibujos animados y la segunda que hay momentos que duran muchos años. Sin embargo nada es para siempre, un día el abuelo perdió un poco el equilibro al alzar el bastón y en lugar de en la espalda le dio en la cabeza, haciéndole una brecha de la que emanó muchísima sangre, tanta que la niña que empezaba a ser una chica, se desmayó. El abuelo se asustó, la abuela gritó y se enfadó con él, llamaron a un vecino que hacía oídos sordos que llamó a su mujer que telefoneó a una ambulancia. Una doctora curó la brecha de Martina y vio golpes y marcas en su cuerpo, casi por todas partes, avisó a la policía y estos a los servicios sociales que, al igual que la escuela, se lamentaron mucho de no haberse dado cuenta de lo que pasaba hasta entonces. Martina tenía ya trece años cuando fue a vivir a un centro lleno de chicos y chicas a los que habían pasado cosas parecidas, cosas mejores y, sobre todo, cosas peores. Lo curioso para ella fue que ese infierno que le describía la abuela resultó no ser tal, quizá porque cuando uno espera que algo sea terrible nunca es tan terrible como uno espera, quizá porque la abuela mentía. Allí Martina se hizo amiga de otras y de otros, conoció los besos, los porros y supo qué es vivir sin miedo o, por lo menos, sin un miedo azaroso. La inseguridad no se la quitó nadie, aunque lo intentaron. Como no tenía demasiados recuerdos de su infancia antes de vivir con los abuelos, Martina creyó que la mejor etapa de su vida fue allí, en esa casa grande en medio del campo, de la que iba y venía del instituto con una furgoneta.

El escritor arquea su espalda dolorida antes de continuar. El cigarrillo, como le pasa muy a menudo, se ha apagado solo. Mira como el sol del otoño decae e imagina que fuera estará ya haciendo frío. Toma un sorbo de vermú negro, se levanta para ir a mear sin mirar por la ventana al parque, en el que Martina se adentra ya en el lago, sin detenerse frente a la temperatura baja del agua ni reparar en los niños del barco teledirigido, ni la pareja enamorada, ni el padre y el niño que estaban tirando piedras, ni la mujer que ya no da comida a los patos, que la miran, extrañados, pues Martina se ha ido quitando toda la ropa y ahora está totalmente desnuda. Un cuerpo delgado, algo desgarbado, con una marca en la nalga derecha y otra en el costado izquierdo del tronco que siguen allí desde hace años.

Al volver a sentarse en su escritorio, el autor teclea con ritmo y sin pausa, contando que a los dieciocho años Martina salió del centro habiendo perdido aquello que llaman inocencia con un chico también del centro hacía unos meses. Tenía un empleo con contrato de prácticas en una tienda de lencería y un piso que compartiría con chicas mayores hasta que tuviera independencia económica. Allí se hizo muy amiga de una chica que acabaría marchándose a vivir muy lejos y nunca cumpliría, salvo una vez, por lo tanto ya no es nunca, la promesa de escribirle cartas. En sus últimos meses en ese piso tutelado, Martina descubriría que se puede conocer a gente por Internet y tendría algunas citas fallidas con hombres jóvenes que buscaban sexo rápido a los que despachó, salvo a uno de ellos, y también con otros que le parecieron a Martina dignos de ser secundarios de alguna novela de Vladimir Nobokov. Martina y una compañera de trabajo, de la tienda de lencería en la que les pagaban el sueldo mínimo, se fueron juntas a compartir piso. Gracias o por culpa de los contactos en páginas para solteros y casados con ganas de ser infieles, Martina conoció a un hombre con porte y elegancia, mayor que ella, que le inspiró confianza y a quien, cita tras cita, le fue contando su vida, con muchos más detalles de los que el escritor narra ahora ya que se irán mostrando lentamente a lo largo de la novela. Este hombre le dijo que era escritor, y le hacía preguntas, se interesaba por ella, la cogía de la mano, la besaba no con avidez sino con ternura y cuando hicieron el amor por primera vez, Martina descubrió dos cosas: que se pueden tener orgasmos durante el coito y que el sexo no acaba cuando el hombre se corre. Un día, durante el descanso después de mantener relaciones sexuales, tumbados ambos desnudos sobre las sábanas sudadas de un estudio con vistas al parque, el hombre le preguntó por más cosas de su vida y Martina dijo: ya está, ya lo sabes todo. Fue la última cita a pesar de que Martina le esperó un día más, una tarde de otoño, en el banco del parque donde quedaban siempre.

Antes de zambullirse del todo en el agua helada, Martina gira la cabeza y mira a una ventana de un bloque de apartamentos. El reflejo del Sol poniéndose no le permite ver que no hay nadie mirando desde allí. Su cabeza se hunde dejando que por unos segundos el pelo largo flote sobre la superficie, como tinta escapándose por el papel. Fuera, alguien grita a la chica que qué está haciendo a la vez que otro alguien telefonea a la policía y un tercero está dudando si quitarse la ropa e ir al rescate. Varios minutos después, movido por la curiosidad de las luces azules y naranjas sobre el techo de su estudio, un escritor mira por la ventana con un vaso de vermú en una mano y un cigarrillo de liar en la otra. Ve que una ambulancia y tres coches patrulla se ha adentrado en el parque hasta la orilla del lago. Hay un hombre envuelto en una manta, tiritando, que le cuenta a un enfermero que no ha podido encontrar el cuerpo, y otros testigos explican a los agentes que la chica, sin más, se ha desnudado y se ha metido en el agua. Los niños del barco teledirigido están entre nerviosos y excitados, uno de ellos no dormirá bien esta noche. Otro niño mira como su padre, tiritando, se ha convertido en un héroe sin éxito y una pareja se abrazaba bajo un árbol sin hojas. Anochece rápido. La mujer que alimentaba a los patos ha recogido unas cuantas flores y, con una lágrima en cada ojo, las ha dejado en el agua del lago.

 

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