Flores para Martina – @Moab__

Moab @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas Deja un comentario

(Continuación de “Ella es música”)

Las primaveras en fa menor de los ojos de Irina se desgranan en el viento, mezcladas con  el humo de los cafés y el vaho de las respiraciones, entrecortadas por el frío. La melodía llega a todas partes, pero me doy cuenta de que la poca gente que queda en la plaza no puede ver a Irina. Me da rabia y me entristezco porque no entiendo cómo pueden caminar por el mundo sin un atisbo de sensibilidad ni empatía. Ya sé lo que viene a continuación. Súbitamente, la mano de Yuri se detiene en una nota alta que vuela como una golondrina entre las mesas. Aún continua su aleteo cuando guarda su violín, se levanta y se va sin mediar palabra. El aplauso se pierde en el profundo silencio que ha dejado el repentino mutismo de Irina y una lágrima se empeña en seguirla allá donde sea que haya ido. La imagino, bailando con ella, en el prado cubierto de caléndulas de su mirada.

“Flores”.

Es hora de recoger la caja de la lavadora y marcharse a otra parte, me esperan en otro bucle.

El último sorbo al té lleva escrito “Bébeme”, obedezco y mehago chiquitita dentro de la bufanda y el gorro. Empiezo a andar deprisa, con las manos en los bolsillos y un silbido en los labios. “¡Ay Dios! ¡Ay Dios! ¡Voy a llegar tarde!”, dice el conejo blanco de Alicia desde su rincón en mi cabeza.

Los noctámbulos se deslizan a mi alrededor como fantasmas, pero la sombra más oscura es la mía y por eso yo puedo verles aún prestándoles atención sólo a medias mientras que ellos a mí no. Veo de refilón a una pareja que me resulta interesante y ficho su bucle para otro momento. Ahora tengo demasiada prisa como para pararme.

El Retiro es un punto desesperadamente pequeño en la distancia, pero aprieto el paso hasta la velocidad de la desesperación y milagrosamente crece y crece. Al fin alcanzo la puerta principal y paso de largo. Está cerca, pero no tan a la vista. Sonrío tristemente al cuello de mi camisa. Parecía que no, pero llegaré a tiempo. ¡Espera, con tanta prisa casi me paso de largo!

Me acerco a la cafetería más cercana y pido un café para llevar. Mientras me lo pone, zapateo impaciente el suelo y (deformación profesional) observo a la camarera. Tiene la mirada cansada de todas las noches. En las bolsas bajo los ojos se le notan los muchos niños y el poco descanso y, en la sonrisa privada, un secreto que la hace feliz en silencio. Estoy segura de que se ha enamorado y me alegro una vez más por ella.

Me siento en el banco de siempre y le doy un sorbo al capuccino tremendamente caliente. La noche merece tal calidez, respiro hondo, siento que todo está en su sitio otra vez. Me encanta la ironía de que el café me abrase en la noche gélida.

“¿Dónde está? ¿Llega tarde? ¿Llego tarde yo? ¡No, mira! ¡Ahí se acerca!”

Ella baja la calle arrastrando los pies y los ojos por la acera. Lleva un ramo de tulipanes amarillos en la mano que son como un amanecer en mitad de la oscuridad.

No mira al frente porque mirar hacia delante es imposible cuando el pasado te atrapa con asfixiante abrazo. Se para y posa la mano libre de flores sobre una farola en una triste caricia. Es una farola muy especial. Una a la que, cada sábado por la noche, le nacen flores frescas.

Mientras bebo mi café mirándola sin parpadear, ella se sienta en la acera y apoya la cabeza en la farola casi con ternura, moviendo los labios en un susurro casi imperceptible. Con delicadeza, desata las flores de la semana pasada, ya sucias y marchitas, y ata con mimo el nuevo ramo de pequeños y radiantes amaneceres. Mientras lo hace, no deja de murmurar dulcemente, demasiado bajo para que la escuche el viento, perosuficientemente alto para mi imaginación.

 

“¿Te acuerdas, mi niña, de tu amiguita Amelia? Pues su mamá me ha contado que ha sacado unas notas estupendas en matemáticas. Recuerdo cómo odiabas hacer sumas y fruncías tu naricita ante el reto de las restas. Ah, también he visto a Raúl, está guapísimo. Qué gracia me hacía veros salir de clase cogidos de la mano y cómo decíais, con esa seriedad tan adulta que tenéis los niños, que eráis novios y un día os casaríais. Y, ¡oh! Ayer se coló una mariposa en tu habitación. Una mariposa en medio de Madrid, ¿te lo puedes creer? Revoloteó por toda tu habitación hasta posarse sobre tu foto. Fue una señal mi niña. Lo viste, seguro que lo viste. Estabas allí, te sentí. Tú eras la mariposa”.

 

Entonces empieza el sollozo ahogado, los hombros convulsionando al ritmo de las lágrimas bailando la danza de la tristeza.

Quiero acercarme a ella y abrazarla, enjugar sus lágrimas con mis labios. Quiero decirle que estoy aquí, que no está sola y que también la quiero a ella, pero solo puedo quedarme quieta mientras otra lágrima, idéntica a la que viajó con Irina, se desliza por mi rostro de donde la arranca el viento y se va tras ella, que ya se levanta y se aleja a trompicones calle arriba, sin dejar de arrastrar los pies, la mirada y su vida entera.

Cuando la pierdo de vista, me levanto y me acerco a la farola. Aún se nota la abolladura del coche y la pintura desconchada. Acaricio con mano temblorosa los tulipanes y de entre ellos saco la foto de una niña de pelo castaño en un columpio tocando el cielo con su risa. Sus labios son cuarto creciente en la noche estrellada y sus ojos, orquídeas a la luz de la luna.  Le doy la vuelta y en el reverso hay escritas unas palabras con letra desigual.

“En mi corazón siempre estarás viva. Te amo, mi pequeña Martina”.

 

Puedes leer la primera parte, “Ella es música”, aquí.

 

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