Flores para Martina – @Candid_Albicans

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Martina nunca ha estado tan bien, mírala. Qué tranquila se la ve ahí, en el jardín, sentada en su silla blanca de plástico mirando al infinito, pensando en sus cosas. Incluso acude a talleres de dibujo con más chicos como ella que, ya sabes… que no están bien. Las enfermeras me han dicho que come decentemente. Y se le nota, ha ganado peso. Yo siempre pregunto, porque me preocupo por ella. Vengo a verla dos días a la semana, cuando el trabajo y mis ocupaciones me lo permiten. Sé que podría venir también algún fin de semana, es cierto; pero necesito tiempo para mí, un respiro. Para compensar, cada domingo le envío un ramo de peonías blancas, sus favoritas. Creo que está lo suficientemente bien atendida y ella sabe que la quiero. Que la queremos.

Ahí viene la puta. Puta. Puta. PUTA. Con sus bolsos caros, sus zapatos Louboutin y su sonrisa roja de puta de anuncio, contoneándose, agitando su cola de cascabel entre los loqueros. Siempre viene los lunes y jueves, a la misma hora, cuando a los loquitos nos sueltan en el jardín. Se queda diez minutos hablando con algún psiquiatra, bien lejos de nosotros, no vaya a ser que lo de estar como una puta cabra contagie. Yo me hago la catatónica, hasta que se larga. No quiero ni olerla.

Estoy aquí por mi bien. Me lo ha repetido hasta casi convencerme, los días que estaba tan medicada que las babas me resbalaban por los labios y el mentón, y tenía que llevar pañal para no mearme encima. Porque soy un peligro para mí misma. Porque me hago daño. Porque cuando todo el Yo que llevo dentro hace tanta presión que tengo que sangrar. Porque ella nunca ha querido contaminarse con mi sangre y porque soy la vergüenza de la familia. Ahora todo está bajo control. La loca está encerrada. Vuestra vida de fachada rococó y cimientos de arcilla continúa.

Aquí dentro estoy de puta madre, claro que sí. Me como mis chorrocientas pastillas de colores diarias que me salvan de ir haciendo ojitos a las azoteas o de liarme a hostias con los espejos. A salvo entre paredes blancas, batas blancas y gritos. Sobre todo gritos. Muchos gritos. Joder, qué de gritos. Menos mal que el haloperidol aquí no falta.

Martina no podría estar en mejores manos. De no ser por el doctor Dopico, su psiquiatra, hace meses que estaría muerta. Hablamos de sus progresos, de que está muy tranquila y responde bien al tratamiento. Dice que es aconsejable que permanezca ingresada por lo menos tres meses más, hasta que esté completamente estable y no haya riesgo de recaída. Por el bien de todos, y en especial por el de ella, decidimos que permanezca en el centro hasta que el doctor considere oportuno darle el alta.

Hoy es domingo. El manicomio se llena de familiares que hablan a sus enfermos con condescendencia y con esa sutil violencia del que se siente en posesión de la razón porque, ya sabes, no tiene el entendimiento nublado. La puta no viene los domingos. No le gusta que la relacionen con las locas. Está tan por encima de eso que en su lugar me envía una mierda de ramo de flores blancas que se mimetizan con las paredes blancas y las batas blancas, y salvo por el olor, parece que no existieran. Fíjate, como yo.

El buen doctor está a punto de visitarme, como cada domingo, tras hacer una rápida ronda de rigor. Conozco su forma de caminar cuando se acerca por el corredor, arrastrando la pierna derecha y golpeando el suelo con el bastón. Él sí sabe que existo. Vaya que sí. Siente debilidad por las chicas que están tan locas que cualquier cosa que digan podría ser una disparatada invención de su enajenada cabecita. Casi puedo oler su aliento rancio de viejo colándose por debajo de mi puerta. Tres golpes más de bastón y entrará en mi habitación. Hoy tengo una sorpresa para él.

El bisturí que me costó 4 mamadas sacarle al asqueroso celador del turno de noche se clava en su ingle como si fuese mantequilla, mientras chilla como un cerdo en un matadero. La arteria ilíaca se va a tomar por culo, salpicando de sangre mi cara, las paredes, y las putas flores blancas. Qué bonitas se ven así. Cómo echaba de menos el color rojo.

 

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