Fin de fiesta – @_vybra + @Netbookk

Ricardo García @Netbookk, @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Ya se van apagando las luces de la fiesta en la plaza del pueblo. La música ha quedado reducida a un murmullo que solo unos cuantos borrachos son capaces de seguir bailando. Los que han resistido, con mayor o menor dignidad hasta el final, van formando los típicos corrillos en busca de transporte, bien para bajar a la playa en busca de algún garito abierto y ver amanecer o para que alguien les ayude a llevar lo que queda de ellos, lo más cerca posible de una cama, sea suya o ajena, que también hay quien lo intenta hasta el último momento. Como el pesado que, apoyado en la barra, no deja de tirarle la caña a la camarera a ver si se va con él o en su defecto le saca una copa gratis.

Desde mi rincón preferido, escondido en las sombras como siempre, puedo ver el final del drama que se representa en la plaza año tras año en las fiestas del patrón. Hacía ya algunos veranos que, aburrido de las mismas caras y los mismos cortos objetivos: emborracharse y con suerte pillar cacho, había dejado pasar estos días sin asomarme por el pueblo. Pero este año, como coincidía con la boda de una prima, me vi obligado a subir. Llegué anoche, de madrugada, y no había salido de casa hasta que la orquesta ha empezado a sonar esta noche. Vestido de negro, como siempre, he recibido, al aparecer por la plaza, alguna mirada de sorpresa, varias sonoras andanadas de besos de mis tías y sus vecinas, apretones de mano rudos y sinceros de los hombres del pueblo acostumbrados a ver desaparecer y retornar a los jóvenes cada verano y más de una mirada de desprecio o envidia, acompañadas por un neutro movimiento de cabeza, de algunos de los que, en su día se consideraban mis amigos.

Lo que no esperaba era verla a ella, detrás de la barra.

Ni me había fijado. Al acercarme con un grupo de colegas solo he visto, de refilón, una figura negra que se acercaba, hasta que la he escuchado saludarme.

— Que sorpresa Rafael. ¿Tú por aquí? ¿No pensabas saludar ni siquiera darme dos besos? —… y el tiempo se ha parado de repente.

Siempre sonaban dos golpes en la ventana del patio, poco antes de amanecer. Una camiseta, pantalones cortos, las zapatillas… me vestía a la carrera, para que no tuviera que esperar.

— Voy — le susurraba bajito a la tercera pedrada que acertaba en el marco de la ventana. Nunca le dio al cristal, tenía mucha puntería.

— Vale — contestaba susurrando, para luego andar hacia donde sabía que yo saltaría la tapia del patio.

Al otro lado del muro de piedra ya no hacían falta las palabras. Su sombra se pegaba a la mía y andábamos en silencio hasta salir del pueblo hacia la parte de atrás de la fuente, el lugar donde solíamos quedar, lejos de todas las miradas. Ninguno de los dos recordábamos cuándo ni quien empezó con esa costumbre, pero sí el día en el que ambos nos encontramos por casualidad allí y desde entonces lo hicimos nuestro refugio. Llovía a mares.

Flaca y flexible como una caña de rio, morena de monte y con el pelo siempre muy corto. Tu madre hacia lo que podía para sacarte adelante sin contar con un padre que, más enamorado de la botella, un día tropezó con su suerte bajo las ruedas de aquel camión y os dejó solas pero, por fin, tranquilas. Ya no hubieron más cardenales en tu cuerpo, ni más huesos rotos sin querer y tu madre ya no volvió a llevar un ojo morado.

A ti te tachaban de marimacho, a mí de raro. Siempre vestido de negro guardando luto por la suerte de mi familia que, aunque tenía algo de dinero, nunca encontró su sitio en aquel valle donde había sido destinado mi padre después de la guerra, como “recompensa” por su fidelidad a las personas equivocadas. Ese error lo pagaba con mi madre y conmigo. Que teníamos que lidiar con su eterno mal humor.

Aquella fuente, se convirtió en el hogar que no podíamos tener en casa. Fue lugar de confidencias; nave donde surcar los siete mares; biblioteca donde estudiar y hasta nave espacial donde explorar los cielos. Fue consuelo y hasta regocijo íntimo ligeramente culpable, el día que tu padre falleció por fin, después de haberlo deseado tantas y tantas veces. Aquella tarde, no pudiste dejar de llorar, mezcla de alegría y pena, inconsolable, agarrada a mi cuello.

Ambos sabíamos que no encajábamos en ese pueblo tan estrecho y sombrío, como el valle que lo acogía. Aquel no era nuestro sitio y siempre soñamos que algún día conseguiríamos escapar de allí. Pero no lo pudimos hacer juntos. La vida fue llevando nuestros caminos por senderos cada vez más separados. De esa intensa amistad infantil, pasamos a ignorarnos elegantemente en la adolescencia, aunque en más de una ocasión me pillaste mirándote a hurtadillas en el mercado. Comprobando que la niña que fue mi amiga se estaba convirtiendo en una hermosa mujer. Y poco después, te marchaste siguiendo a tu madre y al empleo que había conseguido en la ciudad.

Volvías en verano y siempre supe, por nuestras miradas, que quedaba entre nosotros algo de lo que compartimos años atrás. Pero llegaron otros chicos, más altos, más guapos, con moto… y otras chicas, más rubias, más elegantes, con muchos menos sueños en la cabeza, pero formas más exuberantes y risas más fáciles, y ambos nos dejamos llevar.

Hasta las últimas fiestas del pueblo, el verano antes de que me marchara a la universidad. Ese año llegaste convertida en una mujer muy atractiva. Habías crecido por todas partes, y el vestido negro se ceñía a tus nuevas formas como un guante. También era nuevo el tipo que te acompañaba. Bastante mayor que tú, con pinta de macarra mal tatuado. Las verbenas y las juergas sin embargo, nos dieron la oportunidad de recuperar una última noche juntos. Tu amigo se emborracho pronto y la rubia que me acompañaba se lio con uno del pueblo de al lado. Ambos decidimos volver a casa dando un paseo.

Acabamos en nuestro refugio, mirando las estrellas y allí nos contamos nuevos sueños. Los de tus estudios de baile y arte dramático en una academia bastante reconocida y los de mis edificios todavía por construir. Durante un instante me miraste de forma diferente, yo alargue mi mano para acariciar tu pelo corto intentando atraerte para darte un beso, pero te levantaste sin darme opción a acercarme más… justo cuando había reunido el valor y la locura suficiente…

— Ven — me dijiste tendiendo tu mano, — acompáñame. Tengo una sorpresa para ti.

Te seguí sin rechistar. En esos instantes hubiera podido seguirte hasta las puertas del mismísimo infierno, pero tú tenías otros planes y habías decidido llevarme directamente al paraíso que nunca, hasta esa noche habíamos podido compartir. Entramos en tu casa y cogiste una silla. Todavía de tu mano, salimos al patio lejos de las miradas indiscretas de los vecinos. Una hermosa luna llena iluminaba la escena, y sin decir nada más, me hiciste sentar en el centro, cerca del limonero.

Primero fue uno de tus pies los que subieron hasta el asiento, obligándome a separar las piernas para dejar sitio a tu zapato. Quería mirarte a los ojos mientras te inclinabas a desatar las correas de la sandalia, pero era inevitable la tentación de tu minifalda levantada dejándome ver la longitud de tus preciosas piernas y la oscuridad de su centro. Luego fue la otra sandalia y cuando descalza, te acercaste un poco más, subiste tu falda para sentarte de frente, encima de mis piernas, mientras mirándome a los ojos me echaste lentamente los brazos al cuello, acariciaste mi nuca y me regalaste tu primer beso. Mientras tus labios se fundían con los míos, escuché el sonido de una cremallera. Cuando abrí los ojos, me di cuenta de que te habías quitado el vestido y tu piel lucía, en todo su esplendor bajo la luz de la luna.

— Puedes tocarlos — me dijiste, mientras acariciabas mi cara asombrada, con los ojos abiertos como platos disfrutando de la tinta adornando tu piel — en parte, cuentan la historia de mi vida hasta volver aquí…

Multitud de tatuajes recorrían tu piel. Fascinado por su color y el brillo a la luz de la luna, por el contraste con tu piel morena, no podía dejar de tocarlos, repasarlos con las yemas de mis dedos rozando suavemente las líneas y los contornos. Tú, sencillamente me dejaste hacer mientras me mirabas a los ojos, de pie delante de mí, completamente desnuda y radiante de felicidad. Sonreías como nunca te había visto hacerlo, mientras te acariciaba con delicadeza, siguiendo el contorno del dolor que fue y que ahora era recuerdo.

Había algunos dibujos que nos eran comunes: allí estaba Casiopea la constelación que tanto nos fascinaba de niños; el relieve de la montaña que, orgullosa presidía la entrada del valle. Pero otros hablaban de tu vida lejos de allí. La rosa abierta sobre tu corazón, una Geisha en tu brazo, símbolo de sabiduría y paciencia. La diosa Hindú Sarasvati ocupando toda tu cadera y las mariposas con los símbolos guerreros japoneses, justo al límite de tu sexo, simbolizando, a la vez, su fragilidad y fortaleza.

Te di la vuelta despacio dejando que la luz de la luna revelara el otro lado de la vida que habías llevado lejos de aquí. Y me dejaron sin habla los colores de las Carpas, las máscaras de Teatro y las katanas Japonesas. Pero el dibujo que más me impactó fue el maravilloso Ave Fénix y, entre sus alas una frase que me hizo pensar en lo dura que había sido tu vida: “Las personas heridas son peligrosas, saben que pueden sobrevivir”.

Sin darme cuenta me había puesto de pie y, al darte la vuelta nuestros labios se encontraron de forma inevitable. Tu lengua recogió una lágrima que rodaba por mi mejilla mientras me desabrochabas los pantalones.

— Cariño — te susurre al oído, mientras tú cogías mi sexo excitado — ahora me hago una idea de cuan perdida has estado, hasta reunir tus pedazos y pintar con ellos tu piel.

Ella había vivido ya mil vidas mientras yo apenas había comenzado a vivir la mía y, sin embargo, me estaba haciendo un regalo que me convertía, a sus ojos, en inmortal.

— Tú no acabarás en mi piel — me dijo temblando — esta noche no quiero tatuarla, porque tú ya formabas parte de mi desde siempre. — me dijo en el instante en que la luna volvió a brillar con todo su esplendor tras el paso de una nube. Se abrazó muy fuerte a mí, y desde ese instante sobraron las palabras. Excitados los dos, me empujo suavemente para que me sentara y moviendo sus caderas mientras sujetaba mi cabeza contra la rosa de su pecho me dejó entrar hasta el fondo, en su secreto, justo antes de que cantara el primer gallo.

El amanecer nos sorprendió, desnudos y abrazados en el patio, tiritando de placer y de frio. El brillo de la última luz de la luna adornaba nuestras pieles, satisfechas y todavía sudorosas. Mientras recuperábamos la respiración me dijo:

— Debes marcharte. El autobús saldrá pronto. Tienes una vida que vivir, pero quiero que sepas que vayas donde vayas, siempre estarás conmigo, a ti no necesito tatuarte en mi piel, te llevo más adentro. — Y me besó dulcemente antes de recoger su ropa y subir corriendo a su habitación.

Antes de salir de casa de su madre, volví la mirada para fijar en mi mente, y recordar para siempre, ese patio adornado por la luz de la luna llena…

— Se acabó lo que se daba, — pensaba mientras apuraba el último cigarro de la noche, según la costumbre. — Las últimas caladas suelen coincidir de forma armónica con el final de “My Way” de Nina Simone, la canción con la que el DJ de la discomovil cerraba siempre la sesión.

Correspondiendo a su gesto, ella le lanza un beso distraído con la mano, mientras va repasando las cámaras que se tienen que quedar llenas para mañana. Se le nota el oficio, es una profesional y me han contado que los festeros, sabedores de sus habilidades detrás de la barra, la han contratado para sacar todo el dinero posible a los parroquianos. Ella, abstraída en su tarea, no ve como el pobre DJ la está buscando con la mirada para probar si esta noche… pero esta noche no será chaval, le digo mentalmente.

Desde las sombras, sonrío de lado pensando las veces que había visto la misma escena en el pasado… en otras fiestas de pueblo, en otros años, con otras camareras…

— La vida es una fiesta a la que todos estamos invitados. Tan solo debemos ser cuidadosos con las personas con las que cerramos el baile — te he podido decir antes, entre el ruido y la gente.

— ¿Y vas a esperarme para bailar la última juntos? — me has preguntado, antes de marcharte. Yo he levantado mi copa e inclinado la cabeza y tú te has reído

El final de la fiesta puede ser tan breve como el tiempo que tarda una colilla en caer desde los dedos que la lanzan, hasta llegar al suelo… así…

Y en el tiempo que la colilla de mi último cigarro traza una parábola de chispas antes de llegar al suelo, me he acercado a la barra, he recogido tu bolso sin que me vieras, y me he sentado, entre las sombras, en una silla que había al lado. Al terminar el trabajo y buscar tus cosas te has extrañado hasta que, al levantar la vista, me has visto allí, sentado en la silla con tu bolso en el regazo. Sólo han sido dos segundos… hasta que te has echado a reír al ver cómo mi dedo señalaba al cielo, recordándote la luna llena de hoy. Sonriendo de medio lado, has cogido una botella empezada y te has venido hacia mí, moviéndote muy despacio sabiendo que estaba atento a todos y cada uno de los contornos de tu cuerpo.

— Qué curioso — te he dicho al darte el bolso, — esta noche también hay luna llena…

— Si, mucho… — me dices acariciando el pelo de mi nuca mientras te acercas para susurrarme al oído — y tengo varias cosas que enseñarte…

— Y yo a ti — te contesto abriendo el cuello de mi camisa para dejarte ver una luna llena tatuada con todo detalle en mi pecho. — Creo que esta noche no nos hará falta ninguna silla…

Y tu risa ilumina la plaza mientras mi mano, apoyada firmemente en tu cadera, marca el rumbo de nuestros pasos de este inesperado fin de fiesta.

¡Gracias @_vybra, por dejarme acompañarte en la aventura que supone escribir y compartir cualquier momento contigo!

 

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