Filófobos de bar – @LaBernhardt

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—No, no, así no se puede fundar nada. Si no te callas esto no tiene solemnidad ni pollas.
—Madre mía, lo tuyo debe de estar escrito en algún tratado de medicina. Que sí, que me callo y firmamos.

El 20 de febrero de 1.993 dos filólogos fundamos El Club de los Filófobos de bar. Ésta es nuestra historia…

…Yo era un guapo de pueblo, el pez gordo de los 5 bares que había abiertos entonces.
No llevaba la cuenta de las tías a las que magreé hasta los 18 pero entre ellas estaba Gema, dos años mayor que yo, que me enseñó a meterla bien.
Cuando llegué a Alicante me cagué vivo porque nunca había salido de mi pueblo y ya ves tú, que no es Barcelona o Valencia pero para mí fue salir de una charca para meterme en el mar.
Mi primera novia me destrozó: niña rica y malcriada a la que se le antojó liarse con un tipo como yo. Le dije Te quiero. Se lo dije la segunda vez que follamos y ella sonrió. Me dejó en enero, justo cuando más frío hace, incluso en Alicante…
…Por eso se estaba tan bien en la cantina de Calixto, tanto que no iba a clase. Pasaba de Literatura Inglesa I y del mundo; para qué si Marta no me quería.
El quinto café de la mañana me abrió los ojos y la vida y todo porque decidí dejar de llorarla y no volver a decir Te quiero nunca con la fuerza de los jamases a los 19.
Para las 12 de la mañana ya era un devoto de la insensibilidad y entonces llegó ella.
Y ya sé que suena a peli de los sábados en Antena 3, rollo Amor en los Fiordos y tal pero es que a veces la vida se hace cuento, qué queréis que os diga.
A Sole, 1º de Filología Hispánica, la rompieron en diciembre, vaya mierda, compañera, justo cuando empieza el invierno.

—No supe reaccionar, tío, porque yo creía que me quería aunque no me lo dijera.
—Vaya con la filóloga, parece mentira que no hayas aprendido nada de los grandes.
—Oye, que yo devoro libros.
—No lo dudo pero fijo que las biografías, ni con un palo. Te veo más de llorar con Jane Austen o Bécquer…
—Mira qué gracioso, el manchego.
—Lee la vida de Byron, de Poe, de O’Brien, de Larra, de Valle-Inclán, amiga. Igual te espanta la tontería.

Nos reímos contando nuestras desgracias en la gran ciudad, que qué jodido pillar el bus, ¿cuántas paradas hay hasta llegar a la estación?, ¿18.976?
Y como eran las 2, nos pasamos a las cervezas para que no se nos atascara el bocata de lomo plancha, tomate y queso.
Fue una amistad a primera vista y a las 8 de la tarde, después de fundirnos casi la paga de enero, madre mía, por tu culpa voy a pasar el mes comiendo arroz blanco a palo porque ni para tomate frito me va a quedar, decidimos bajar al Barrio, así, a lo loco aunque fuera martes y nuestro bote solo llevara 1000 pesetas; Kamikazes de la bancarrota.
Me gustó eso de salir de fiesta con una tía y no querer follármela. Era como yo pero con tetas, culo en su sitio, melena castaña y una sonrisa que te cagas de bonita.
Y no, no me fijé entonces. Eso vino después.
En febrero fundamos El club de los filófobos de bar porque para entonces éramos unos haters del amor, toma Twitter, chúpate ésa, que Ada y yo lo inventamos antes que tú.
Llevábamos una libreta, tú la tuya y yo la mía y sin hacer trampas, González, que te conozco, en la que apuntábamos el número de “víctimas”. A veces desaparecíamos y quedábamos a las 6 de la mañana, en el Mercado Central y mientras nos comíamos un bocata de calamares nos contábamos las caras de “¿En serio te gusto?” que nos ponía la gente cuando la atrapábamos entre una cerveza y la barra. Nos reíamos tanto…

…Hasta que yo rompí una de las reglas: no quedar con nadie más de tres veces.

—Es que no te entiendo, tío, ¿qué le has visto? Pero si es una pava, si cayó en cero coma el otro día. No puedes romper las reglas, González.
—No, si ya sé que ni de coña es mi tipo pero tiene algo que me mola. Y deja de controlarme, que no eres mi padre.
—Vale, yo también romperé las reglas que me salgan del coño.
—Qué ordinaria eres, Ada.
—Y tú qué capullo.

Para Hogueras yo ya era novio oficial de Eva, Joderesquenopuedesermástontatunovia, y Ada era la reina absoluta de los filófobos de bar.
La noche de la Cremà, antes de recoger a mi chica, estuve con Ada. Quedamos en Canalejas para el botellón y joder, qué guapa estaba.
La vi de lejos, rompiéndole la vida a uno. Tan tranquila, tan fría como enero pero en junio.
Me vio y dejó al pobre desgraciado con la palabra en la boca.
La boca, su boca, mis ganas de mordérsela y las 7 cervezas que me había tomado, todo fue un desastre, el mejor de ese curso.
Acabamos follando en la playa y no volví a acordarme de Eva.

—¿Qué haces este verano, González? Yo me voy a Dublín, al final me han dado la beca para julio y agosto.
—Este verano haré el Camino de Santiago con Ángel en julio y en agosto me voy a Londres.
—Guay.
—Guay.

No le dije que en septiembre me iría a estudiar a Valencia. No le dije que ya no nos veríamos.
Aquel verano del 93 fui un jodido filófobo de bar, el mejor de los peores.
De vez en cuando me acuerdo de ella. Siempre que releo a Jane Austen. Siempre que me enamoro.

 

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