Fiebre – @soy_tumusa

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Nunca había tenido la sensación de no sentir nada, ni frío ni calor, ni dolor ni pena. Que extraña se llega a sentir una cuando tu cuerpo y tu mente al fin, están en paz.

Desde aquí todo se ve desde una perspectiva diferente. Debería sentirme mal, pero desconozco sentimiento alguno, ya nada es como antes, no sufro. Mirando a mi alrededor consigo darme cuenta de que sigo aquí a pesar de que ya no estoy. Mamá sigue apretando fuerte mi mano, con rabia y entre lágrimas no me dejará marchar, yo se que no quiere que me vaya, pero es inevitable. Desde aquí, no puedo ni imaginar las caras que pondrán los demás, cuando se den cuenta de que ya me fui.

Era verano, recuerdo levemente. Ya no había clases y mi hermana mayor y yo hacíamos el vago casi todos los días en el jardín tumbadas en el césped mientras los gemelos jugaban con los aspersores que puntuales lo regaban. Aquel día fue mi primera vez, sentada en el borde de la piscina observaba mis uñas de los pies recién pintadas mientras unas pequeñas gotas de sangre empapaban poco a poco el gres del suelo y terminaron por teñir el agua de rosa. Aquella primera vez me asusté tanto que no paraba de gritar. Las siguientes veces, ya era algo “normal”, en esta vida terminas acostumbrándote a todo, incluso al despiadado color rojo de la sangre.

Era fiebre, nada más; todos pensaron que era un simple catarro de verano, pero a mi no me dolía la garganta como en otras ocasiones, lo único que sentía era cansancio. No podía realizar las tareas de casa sin descansar cada diez minutos y cada vez me apetecía menos correr detrás de los gemelos, jugar o nadar en la piscina, me sentía demasiado fatigada, <<será el calor>>, decían, recuerdo que aquel verano fue el más caluroso en muchos años, en el telediario de las tres, no paraban de recordarlo. Justo unos días antes de nuestro viaje de vacaciones, mamá decidió llevarme al médico, el cansancio, la fiebre y mi falta de apetito hicieron saltar todas las alarmas, sería una simple gripe veraniega, pero ella, precavida, prefirió no emprender el viaje sin consultar al médico. Aquel viaje a la Costa de los Etruscos, jamás se realizó.

Era verano, recuerdo levemente, pero nunca olvidaré la cara del Doctor, o la de mamá o la de mi hermana; ese tipo de rostros rotos, jamás se pueden olvidar. Sentada en aquella salita de espera, María me apretaba la mano fuertemente, como si no quisiera dejarme nunca, apenas había mostrado gestos de cariño hacia mi desde que llegué al mundo; era la mayor y vivía ajena a los problemas de los demás, sabia y serena, ahora estaba en esa etapa de rebeldía como decía mamá, en la que pasaba de todo y de todos. Acariciaba  mi pelo con su mano como queriendo consolarme por no haber estado más conmigo, en ese mismo instante supe que ella sabía que algo no estaba bien. Desde esa habitación ajena a todo, oíamos el llanto amargo de mi madre, de mi padre, y ella fuertemente me apretaba las manos, serena y contenida sonriéndome  <<…todo va a salir bien pequeña>>.

Era fiebre, eran hemorragias, era pérdida de peso y anemia, era leucemia. Esa palabra tardó mucho tiempo en entrar en mi casa, pero poco a poco y cada día estaba más presente, sobre todo en los rostros desencajados de mis padres que aquel fatídico verano, lo dedicaron a visitar a mil médicos, a pedir segundas opiniones, a viajar al hospital. Yo no entendí esa enfermedad, porqué a mí, porque ahora; sólo quería hacer las mismas cosas que había estado haciendo, pero cada día me sentía más débil y apagada, poco a poco me fui dando cuenta de lo fina y frágil que es la vida y decidí estar con ellos y estar bien, para poder verles sonreír, fingía no estar cansada, comía sin apetito y vomitaba en silencio para no hacerles sufrir más dolor. Aquel fatídico verano, de repente ya no me pareció tan caluroso.

Era verano, casi finales, recuerdo levemente cuando en una de las asiduas visitas al hospital, me quedé más de lo acostumbrado, mi pálida piel delataba mi tremenda enfermedad y eso hacía compadecerse más a las personas que me rodeaban. Ya no podía fingir más, el dolor me llevaba lentamente, los tratamientos era inútiles y mi alma decidió que ya no más. Lamento que mi familia no pudiera entender que yo ya no era la de antes, me miraba al espejo y nunca reconocía mi cara, mi pelo destrozado por la quimio afeaba mi demacrada faz y cada día me daba más cuenta que yo ya no quería seguir viviendo así, entre sueros y medicinas, entre análisis y radiaciones. Mi alma decidió, aquel fatídico verano, dejar de caminar.

Desde aquí, todo se ve desde una perspectiva diferente, oigo sus lamentos, sus llantos, casi puedo palpar con el alma,  la rabia que tienen, pero yo no siento nada, me gustaría abrazarles y decirles que estoy bien que creo saber lo que es sentir por primera vez en ese largo verano lo que es la paz. Si pudiera conseguir que me miraran por ultima vez y pudiera aliviar con un “os quiero” ese dolor, sería la mejor de las despedidas, pero lamento que mi cuerpo esté ahí frío, inmóvil,  sin que ellos sepan que mi alma, que es lo más valioso, les acompaña en su pesar. Lamento haberme ido tan rápido y sin despedir, pero tanto dolor no debería caber en una persona. Mi adiós se va, pero me queda el consuelo de haber dejado un pequeño trozo de alma en cada uno de ellos.

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