Femme fatale – @IAlterego84

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Un segundo. Es lo que tarda la vida de una persona en cambiar de forma irreversible. Un segundo. Nada más. Sólo eso. Desde un te quiero a un te odio. Desde un latido a una parada cardiorrespiratoria definitiva. Desde el soñar al despertar. Del sonreír al llorar o simplemente (alerta de spoiler) cruzar una calle sonriendo al verme sentada en una cafetería, hacerme un ademán a modo de saludo y que tus sesos acaben despanzurrados en mitad de la acera y tu cuerpo se convierta en pasto de gusanos.

Aunque dejemos que la cosas sigan su curso. Hay tiempo. Hemos quedado a las cinco. Son las cuatro y media. Tengo tiempo para tomarme un café, dejando en la taza un cerco de carmín y fumar mientras te espero, encanto.

 

Pero vayamos por partes. Tú no lo vas a entender, lo sé. El amor es ciego y ya sabes lo que dicen: hay amores que matan, aunque yo creo que es más correcto decir que hay perversiones que matan y deudas adquiridas que se saldan con una ración de plomo y el cuerpo convertido en un aspersor de fluidos corporales. Eso sí que lo sabes. Tus ojos asustados… Tu respiración entrecortada… Tu olor acre, a miedo… Tú en general la última vez que nos vimos en aquella pensión de la zona centro…

 

Es pensarlo y me hierve la sangre. Pusiste mi pellejo en juego. Me follaste con ganas, hasta dejarme destrozada. Rota en la cama. Y a las primeras de cambio, en cuanto hicieron la presencia las primeras patrullas te escapaste corriendo por los tejados mientras yo dormía soñando contigo, acariciando tu aroma en la almohada y tu vacío en la cama. Un 38 presionando mi sien a modo de despertador y una linterna en los ojos. Yo deslumbrada y desnuda. Tratando de salir de allí luciendo mis encantos. Todo para nada. Con esos no valían aires de damisela asustada con ganas de ganarse los favores de la autoridad y un lefazo en la cara. Me ignoraron pronto. Me jodió bastante, no vamos a mentir. Pero es lo que tocaba. Te querían a ti, no a mí. Y lo único que hice fue lo que cualquier mujer enamorada y preocupada por su amante haría: escuchar. No estuvieron mucho, pero si el tiempo necesario como para pillar por dónde iban los tiros: juego… una mala racha… un encargo para ayudar a que la Fortuna te sonriera… el hijo de un policía convertido en serrín… la pasma de la ciudad queriendo disolverte en ácido (no estoy segura de si era vivo o muerto, eso no lo apuntaron muy bien)… recompensa… vivo o muerto (esto sí que lo oí) y algo en mi cabeza ganando peso.

 

Doy un sorbo a mi café. Está empezando a enfriarse. El camarero con acné que me sonríe me pregunta que si quiero otro. Niego con la cabeza, el codo apoyado en el mostrador de cinc y un cigarrillo humeando entre mis dedos. La puerta se abre y alguien entra. Trago saliva asustada, temiendo que puedas ser tú. Parecías tan… tan cariñoso por teléfono… tus ganas de verme… de acariciarme… Pero no. No eres tú. Es mi contacto con la gente a la que he vendido tu cabeza en bandeja. Lleva una maleta aparatosa. Se acoda en la barra a mi lado. No me dirige la palabra. Pide un whisky doble. Enciende un cigarrillo y da una calada larga. Parece aguardar el momento adecuado para hacer la entrega. Todo está hablado y bien hablado. Sin fallos en los que podamos dejar una vía libre para la improvisación. No. La gente que paga lo quiere todo atado y bien atado y a eso estamos jugando. Él se gira. Finge chocar conmigo. Un «lo siento, señorita» precede a su sonrisa. Dientes amarillentos y astillados. Aliento que apesta a alcohol barato y un guiño rápido. Después se marcha por donde ha venido. Todo ha salido a pedir de boca. Apuro el café y me acerco a la Juke Box. La música empieza a sonar. Un piano… algo de jazz…

 

El ruido de mis tacones golpeando el cemento del suelo retumba en el pasillo por el que nos movemos. Me acompañan dos centuriones de paisano. Corte de pelo a navaja… Camisas blancas impolutas de las que cuelgan fundas sobaqueras que apestan a pólvora y aceite para armas. Nos detenemos frente a un despacho. Una luz amarilla que se filtra por debajo nos dice que alguien nos espera dentro. Uno de mis acompañantes llama con educación. Toc. Toc. El corazón me late deprisa. Siento que el precio de la traición acelera mi pulso. La boca se me seca y las manos me sudan por momentos. Cojo aire. Un «adelante» nos dice que ha llegado el momento. Tu cabeza tiene cotización al alza y aquí estoy para saber cuánto embolsarme. No es nada personal, encanto. Es en lo que se basa la economía. Oferta y demanda. Traiciones y venganzas. Dinero…

 

La canción se acaba. Dejo de marcar el compás con el pie. Es la hora. Te veo al otro lado del ventanal. Sabes que pese a mis aires de femme fatale tengo mi corazoncito. No puedo evitar una sonrisa. Me has hecho caso. Te has puesto ese traje que tanto me gusta. Sé que la imagen es algo importante para ti, y mañana, cuando todos los periódicos te dediquen su primera página querrás salir guapo, aunque ésta sea de hombros para abajo. Del resto de tu cuerpo no quedará mucho más. Sólo sangre y pulpa.

 

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