Falta de tiempo – @soy_tumusa

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Eme

Deben de ser las seis en punto, lo sé, porque mi pierna no deja de titubear dando golpecitos con la punta de mis zapatos sobre el suelo, que nerviosa espera que me hace estar sentada y a la vez de pie, me eleva y me estremece sin apenas moverme de mi asiento. De repente, oigo su voz, pausada, serena me dice, adelante…

Sigilosa abro la puerta de la habitación y ahí está, como siempre, esperándome sentado sobre la esquina de aquella camilla, mirándome fijamente, con los ojos vibrantes, con esa quietud y paz que transmite y que hace que la habitación respire sosiego, una vez dentro, estoy a salvo. Camino despacio como saboreando el momento y me fundo junto a él en un eterno abrazo que me calma. Cada vez adoro más esa sensación de que te abracen, es como dejar tu alma descansar en brazos de otra persona que sabes que la va a cuidar, es como desprenderte de una parte de ti y respirar aliviada. Por fin me relajo, – “cuídame”.

Me falta tiempo para contarle cómo estoy, para ponerle al día mientras nos devoramos con las miradas, mientras nos acariciamos las manos y nuestras mejillas aunque no lo logren, se buscan para encontrarse y poder besarse. Siempre me falta tiempo para decirle que le extraño, que mi corazón late fuerte con el paso de los días y que le miro de la misma manera que la primera vez que nuestras vidas se cruzaron. Cada vez que acudo a él, le noto más triste, más cabizbajo; sé que espera paciente el momento justo para poder encontrarnos fuera, en otro lugar  y dejarnos llevar, salir a caminar, disfrutar del paso de la vida, de las caricias, de los besos, vivir, al fin y al cabo.

Me faltó tiempo para ver que soy su vivo reflejo, que yo he brillado porque él es luz, que yo he sonreído porque él es alegría y quisiera poder decirle que siempre suya, vacía, pero siempre suya, lejana, pero siempre suya, fría, pero siempre con él.

 

Jota

Son las seis, me digo a mí mismo, sentado en la esquina de la camilla mirando el enorme reloj que cuelga de la pared. Ahora ella estaría esperando, temblorosa, inquieta en la sala, esperando a que saliera a buscarla y poder fundirme en un abrazo enorme, de esos que tanto le gustaban porque me solía decir que se sentía aliviada. Cuánto dolor debió sentir en aquel momento para conformarse con un triste abrazo, con una simple caricia o un pequeño beso.

Me faltó tiempo para cuidarla, la tenía y no supe apreciar cada trocito de vida que desprendía por toda la habitación, sonrío al acordarme de sus risas, lloro al acordarme de sus besos y enloquezco como cada día cuando abro la puerta y ella, como cada martes, no está sentada en aquella fría silla.

Cuando vino a mí, para salvarse, jamás imaginó que a quien curó, sin estar herido, era a mí; sus ojos, sus labios, atravesaron junto con sus caricias mi alma que vagaba sola, sin sentido, y me faltó tiempo para decirle que jamás volví a sangrar, excepto el día en que ella me faltó.

Nos faltó tiempo para amarnos más de lo que deseábamos y maldito mal que no me dejó quererla más de lo que ella pensaba. Maldito tiempo que se nos echó encima y arrepentido estoy, y cabreado con esta puta vida, por ser caprichosa y no haberme puesto antes en su camino. Maldita serás tú por arrebatarme aquello que me dio la vida y dichosa enfermedad que nos permitió estar juntos y ella misma nos logró separar.

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