Extranjero – @relojbarro

relojbarro @relojbarro, krakens y sirenas, Perspectivas

Mira por la ventanilla, con un aire de serenidad que solo lo dan las arrugas y el agotamiento tras darlo todo, y no tener ya nada que perder. Piensa en cómo han cambiado los trenes desde que cogió el último en sentido contrario. Piensa en la última vez que vio esas mismas montañas al fondo y esos campos, ahora más pequeños y, puede, menos verdes. Ve grandes pueblos que antaño eran pequeños, carreteras que no existían entonces, y volvió a sentirse como cuando llegó a otro país, extranjero. Sonrió por lo irónico, marchó como extranjero y vuelve como un extranjero a su propia tierra.

Rememoró el camino recorrido de joven, ese camino de huida con destino a un lugar mejor, empujado por la fuerza del hambre. Pensaba entonces, ingenuo, cuando aún creía en cuentos, que solo existía un destino.

Pensó entonces en los destinos a los que consiguió llegar. Llegó a cambiar de color favorito, a no poder escoger una comida, una película o una canción favorita, por suerte. Llegó a ser aliento para los suyos, a pasear de noche bajo la lluvia asido a una mano que juró no soltar nunca, a aventuras de pasadizos secretos, a una noche en un calabozo por algo que nunca hizo, a hacer de su casa un hogar, a aprender que «nunca» es mucho tiempo y «siempre», más. Llegó a notar la adrenalina correr por sus venas mientras seguía acelerando hasta adelantar a su propio miedo, llegó a olvidar pesadillas y recordar sueños, a desandar lo andado y escoger otro camino, a evitar laberintos y calles sin salida. A dejar el reloj en la mesita y medir su propio tiempo.

Y su destino fue también, cómo no, una mujer con el diablo en la mirada, música en los labios y el infinito en las manos. Cuellos mordidos, camas desechas, manos entrelazadas, suspiros anhelantes, insinuaciones captadas, pudor superado, miradas furtivas, belleza salvaje, gritos ahogados, piel erizada, límites traspasados, cicatrices besadas, bailes sin música, abrazos de madrugada, música compartida, duchas a deshoras, rastros de ropa en el suelo, velas fundidas y marcas en el cuello.

Y caminó por la senda de la deriva, tras perderse a sí mismo en otra persona, en un suicidio necesario, alejándose a cada paso de sí mismo, con rumbo decadente que no parecía tener fondo. Y pensó entonces, sarcástico, que llegó a ser un desconocido para sus amigos, un extranjero en su propio hogar, en su cuerpo, en su mente, en su espejo. Aprendió que en el camino hacia uno mismo no hay atajos y que solo se encontró cuando dejó de buscarse en otra persona.

Y recordó el camino disfrutado con los amigos, la belleza del arte embriagándole, los viajes hechos, los rincones encontrados, los silencios disfrutados, el vino compartido y el camino desgastado por sus pies cansados, que no todas las lágrimas son amargas, en la gente que se separó de su camino y…en la gente que se quedó en el camino, de la que no pudo despedirse aunque nunca podría haberlo hecho, a los que seguía echando de menos.

Meditando en su camino se encontraba, cuando vio algo reflejado en la ventanilla, y poco a poco se vio a sí mismo, se reconoció en el leve brillo de unos ojos que le devolvían la mirada, con la luz de antaño. Sonrió de nuevo al pensar que toda su vida había sido un extranjero, hasta que entendió que los 21 gramos seguían dentro suyo, que siempre habían estado ahí, escondidos en sus ojos y, mientras, como en un sueño, creyó escuchar una voz en su lengua materna diciendo «Caballero, el tren ha llegado a destino. Esta es la última parada.». Sin desviar su mirada, no pudo evitar sonreír mientras pensaba que ni él mismo lo habría dicho mejor. Y vio cómo el ahora titilante brillo de sus ojos se fue apagando, mientras su mano cayó a su costado, soltando un billete de tren doblado que bailó en el aire hasta posarse en el suelo, dejando entrever una pequeña foto en blanco y negro de un niño en una estación, con los ojos vivamente brillantes de emoción.

 

Visita el perfil de @relojbarro