Extrañas coincidencias – @distoppia

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Cuando Álvaro subió al vagón de metro, notó que la realidad se debilitaba. Eran las 7 y media de la mañana y la línea 4 no perdonaba. Las caras de siempre en la estación de Arturo Soria, todo sueño y todo ojeras, hasta el trasbordo en Avenida de América, donde la marabunta de la línea circular le arrastraría hasta la misma clase de su facultad. Aquellas cinco paradas de metro eran su ratito de paz de cada día.

Sacó de la mochila un libro, El mundo de Juan José Millás, y, antes de ensimismarse en la lectura, saludó con una mirada fugaz a su pequeña familia de viaje. Nunca nadie saltaría la barrera de la indiferencia, pero daba cierta sensación de paz interior y orden mundial ver a las mismas personas todos los días, aunque fueran completos desconocidos. Sentado en la posición de todos los días, el moño con señora aburrida de vivir y su chaqueta de cuadros se miraban los pies y contaban las paradas. De pie, moviendo los dedos al ritmo de su música, el chico joven que sonreía sólo a las guapas. En el asiento de enfrente el señor menudo y desgarbado que leía con ahínco su novela como si no existiera nadie alrededor.

Justo en este momento la realidad de Álvaro se volvió sospechosa. Contaría después que los ojos se le quedaron clavados en la maldita casualidad de estar leyendo el mismo libro que él. Ambos habían elegido a Millás para su desayuno literario. Se dijo que era un libro muy popular por haber ganado el Premio Planeta y que, por su calidad literaria, era de sobra conocido por todos los madrileños. Casi todos los madrileños. Muchos de ellos. Era la novela que cualquier persona habría decidido coger de su estantería para leer en el Metro de camino al trabajo. Aquello apenas contaba como coincidencia. Pero la duda no le dejaba respirar. Miró la cara del señor, quien le devolvió la mirada haciéndole saber que no estaba cómodo con el escrutinio al que estaba siendo sometido. La mirada enrabietada del señor celoso de su privacidad mental vino a decirle que se fuera a la mierda y se preocupara de sus propios asuntos. Sacó su ejemplar y lo blandió como quien blande una espada por primera vez, casi en defensa propia, quería explicarle, hacerle partícipe de la grieta de la realidad, justificarse. El señor flaco con gafas que leía El mundo levantó una ceja al ver el libro de Álvaro y volvió a la historia del Vitaminas sin contemplación. Dejó entonces él su mochila en el suelo y buscó una postura cómoda en el asiento. Hay pocas personas capaces de pedir perdón abriendo un libro.

Después de aquella primera mañana, intentar adivinar qué leería el extraño del metro se convirtió en el juego favorito de Álvaro. Se acordaba de él antes de salir de casa y jugaba a predecir sus decisiones literarias. Probó sin suerte con varios autores: Kafka, Faulkner, Dostoyevski. Apareció él con Cela, Umbral, Unamuno. Basaba sus predicciones en la ropa (gabardina gris quéascodemundo, zapatos iguales por ser comunes, no por ser de un mismo par, la clase de peinado que bien podría ocurrirle a cualquier otra persona), en los gestos, en su forma de despreciar a la humanidad en su conjunto. Quiso probar con Joyce, por si todo fuera un chiste de mal gusto, pero no se atrevió a llegar tan lejos. Le desesperaba no ser capaz si quiera de coincidir en el mismo autor o la misma época. Qué maldito misterio. Qué manera de fracasar. Pasaban los meses y el señor ya no era un señor cualquiera, era su extraño favorito.

Diría después que no pudo ser casualidad que aquel martes de marzo escogiera antes de salir de casa El túnel de Sábato. Y acertó. Tan increíble como extraordinario. Seis meses después de Millás, el pintor que mató a María Iribarne se encontró a sí mismo viajando dos veces el mismo viaje. Álvaro, enajenado por su triunfo, se volvió pura duda. La realidad había dejado de tener sentido. Sin embargo, lució con orgullo su ejemplar y miró con cierta alegría tenebrosa al señor del asiento de enfrente, quien se limitó, de nuevo, a levantar una ceja escéptica en mitad de una cara de pocos amigos. Celebró Álvaro la victoria que tanto anhelaba dejándose arrollar por el tren del pensamiento abstracto.

Todo podía ser. El extraño de la línea 4 conocía el juego de Álvaro y, hasta entonces, había tratado de despistarlo. O tal vez había sido el propio extraño quién había creado el juego y se hacía el loco para despistar. Del mismo modo, Álvaro sólo podía acertar si conseguía entender el criterio que el señor seguía para escoger un libro. También era cierto que, dentro de cada autor, apenas seleccionaba las rarezas, sino las obras más representativas. Revisaba de cuando en cuando las notas sobre el asunto que escribía con pulcritud en una pequeña libreta de viaje. Jamás leería a Panero o a Bukowski, ni a Neruda o Benedetti. Tampoco Stendhal o Dickens serían santo de su devoción. Quizá todo era una broma de los propios libros que habían tomado vida y decidido, en asamblea, pasar parte de su eternidad obligando a dos desconocidos tan diferentes a coincidir en algo tan importante. O los propios autores, quién sabe. El señor de mirada férrea y gesto seco no parecía enterarse de nada y Álvaro se sentía violento, por eso había desarrollado diferentes tácticas para mirarle sin ser visto. Llegó a pensar, incluso, que el extraño de la línea 4 era él mismo de mayor y que no podía saludarse, ni ser amable, ni mucho menos entablar una conversación, si no quería hacer saltar por los aires todas las certezas del universo. A estas alturas, la metafísica del asunto era lo más interesante que le había ocurrido a Álvaro en mucho tiempo.

El perfil se volvía más claro con los días hasta que la realidad, de repente, decidió dar un paso atrás. El 16 de abril el señor pequeño con maletín, gafas y aspecto de profesor terminó de leer La ciudad y los perros y Álvaro sonrió. Sabía con absoluta certeza qué libro debía llevar el martes 17 y no se equivocó. «Buenos días, Aureliano», dijo para sí mientras llegaba a la estación. Brillaba Macondo como brillan los diamantes. Gabriel García Márquez, muerto tal día como aquél dos años antes, se encontró consigo mismo en Arturo Soria para celebrar de nuevo su propio funeral.

Emocionado por las extraordinarias circunstancias, Álvaro hizo entonces algo sorprendente.

 

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