Eva tiene dos desastres – @Candid_Albicans + @tearsinrain_

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Según el calendario cósmico, en relación al origen del Universo (el momento del Big Bang), el transcurso de la vida humana más larga dura un cuarto de segundo. Esto es, algo menos de lo que se tarda en pestañear. Ahora imaginemos, durante un momento, lo que tardarían las fuerzas del destino en decidir si el tiempo de un ser humano ha llegado a su fin. Lo que para nosotros serían unos segundos eternos y decisivos, para el Universo no significaría nada. Las vidas se apagan porque su hora ha llegado. Para mantener un equilibrio. Porque sí. Porque nada es eterno. ¿Pero qué o quién decide cuándo y cómo debemos apagarnos?

Un lunes como cualquier otro, Eva vuelve del trabajo. Tiene 45 kilómetros de autopista por delante. Hoy no hay mucho tráfico y decide pisarle un poco más de lo habitual al acelerador. Es tarde ya y tiene ganas de llegar a casa, darse una ducha y comer algo. La rutina de siempre. Mientras pone algo de música piensa que la vida se le está escapando entre los dedos, como lo hacía la arena de la playa cuando jugaba de niña. Cierra los ojos dos segundos, dejando escapar un suspiro. Al volver a abrirlos se encuentran con los de un animal, un perro, que la mira despavorido, quieto, las patas flexionadas, la cola entre las patas. Giro de volante, demasiada velocidad, el coche gime, Eva grita, el cielo se vuelve suelo y el suelo cielo, una vez, otra, otra y otra en un baile solitario del vehículo en su camino hacia convertirse en chatarra. El cinturón le magulla el hombro y la cintura, la pierna derecha se queda atrapada, la cabeza golpea primero contra el airbag que se ha abierto a la segunda vuelta de campana, luego contra el reposacabezas, después contra el cristal de la puerta del conductor, que se fractura, la cabeza y el cristal también. La vida no le pasa por delante de los ojos, le pasa un miedo atroz y después de la contusión todo se ralentiza: gotas de sangre flotando en el aire, tal que estuviera en una nave espacial sin gravedad, los objetos que reposan en el salpicadero, en la guantera, que estaban en el bolso, restos de cosas que debía haber limpiado, todo se mueve en una danza ahora coral. “Todavía no”, dice una voz en su cerebro, “es demasiado pronto”.

En esa escena para él minúscula, el Tiempo se pregunta porqué esa reacción de esquivar el perro. Esa elección instintiva de girar el volante bruscamente para salvar a un animal vagabundo que si no muere ahora lo hará de hambre o de alguna enfermedad en breve, en lugar de seguir recto o intentar esquivarlo con suavidad. Es el instinto humano a huir de los obstáculos como primera reacción, la de atender antes al miedo que a la razón. Para la mujer esto sucede en unos cuantos segundos que le parecerán eternos. Para él es un suspiro en el que se detiene a contemplar cómo sale el aire. Ha seguido con el dedo las vueltas de campana, tal que el titiritero envolviendo el hilo en su muñeco de madera, ahora solo queda decidir si apretar fuerte y no dejar títere con cabeza o detenerse. El Tiempo recuerda lo difíciles que fueron aquellas decisiones hace tiempo, al principio, la muerte de cualquier ser vivo creado por Naturaleza le parecía una crueldad y dictaminar si vida o muerte suponía un auténtico dilema. Entonces Naturaleza, por Ella, siempre tan bonita, siempre tan salvaje, siempre tan despiadada y a la vez capaz de la belleza más increíble, le decía que era necesario matar para crear, morir para nacer, que había que eliminar a los peces que se negaban a salir del agua, a los monos que no bajaban de los árboles, a los humanos que no controlaban el fuego, para que los que sí, los listos, los fuertes, tomaran el relevo y para mostrar su compasión, Ella dejaba muestras de vida entre los débiles y los torpes: seguía habiendo monos sobre los árboles y peces dentro del agua. La muerte es necesaria para la evolución, dijo con su pelo rojo, su piel parda, sus ojos verdes, y la evolución, querido, es tu trabajo. Si no, para qué existe el tiempo si no va hacia adelante. Y él sucumbía a su voz de escarcha y brasa, a su aroma de corteza y lluvia y mataba. Con el tiempo, el Tiempo se habitúo, las especies evolucionaron, se multiplicaron, la Tierra se pobló hasta resultar peligroso y la criatura preferida de Naturaleza, los Humanos, a los que odiaba y amaba a partes iguales en aquellos atisbos de locura, de la ira convertida en mimo y el cariño transformado en cólera, eran ahora su principal trabajo. Y ahora le había tocado a Eva y el Tiempo era el ser gigantesco que podía decidir qué hacer, déjala vivir, tiene familia y amigos; déjala morir, no llegará más lejos, ya no es necesaria. Entonces las nubes se abrieron y sopló la brisa, y Ella le sonrió y preguntó: ¿con quién juegas?

¿Cómo no lo iba a saber? Eva era una de sus favoritas, un ser casi perfecto. Naturaleza se había esmerado con ella concediéndole la mejor herencia genética posible. Inteligente, atractiva, sana… No como los otros a los que creaba y que inclinaban la balanza hacia el lado opuesto con el fin de mantener un equilibrio. Este no era el caso. Tiempo estaba jugando con Eva porque además le gustaba provocarla a Ella.

Observa, ¿no te parece fascinante? Esta criatura tuya. Es joven y fuerte. Tenía toda una vida por delante hasta que cerró los ojos para arrepentirse de sus elecciones durante dos segundos. ¿Crees que si tuviese más tiempo seguiría viviendo como hasta ahora? ¿Con su trabajo de 9 a 5, sus clases de 7 a 8 y un marido que no la ama y al que le es infiel los sábados por la mañana? ¿O por el contrario crees que el hecho de haber acariciado a la Muerte con la yema de los dedos le hará cambiar de trabajo, de rutinas, e incluso de amante, para volver a equivocarse con la ilusión de la primera vez? Paradójicamente, si muere serán las vidas que deja atrás las que cambiarán, para bien o para mal, y nunca lo sabrán. La muerte. El cambio. Un ciclo. Y vuelta a empezar.

Tiempo observaba a Eva. Su boca abierta en un grito estático, los ojos apretados y toda ella herida de muerte, esperando la absolución o la condena. Y Naturaleza observaba a Tiempo.

Te estás recreando demasiado con ella, hermano. Ya no hay nada que hacer. Haz tu trabajo y deja que yo haga el mío. Cenizas a las cenizas y polvo al polvo. Como siempre ha sido, como tiene que ser y como siempre será. No prolongues inútilmente su sufrimiento. Sabes que no puedes salvarla.

Hijos gemelos de Caos y Orden, una hecha para que crear el Río de la Vida y el otro para que éste fluyera. Y al principio todo fue muy divertido. Naturaleza bailaba riendo mientras de sus cabellos rojos salían miles de ideas en forma de paisajes y lugares y de eso salían otros miles de ideas de los seres que los habitaban, cada vez más imaginativa y contenta en un espiral de satisfacción que la convertía en algo tan hermoso que solo era capaz de crear cosas hermosas: cascadas, bosques, montañas, el mar (Tiempo recuerda especialmente ese día, uno de los primeros, cuando sentados frente al recién creado desierto ella pensó que podía regalar a sus padres algo que reflejara la belleza del cielo e hizo aquel espejo gigante y después se dio cuenta de las posibilidades que tenía y pasó mucho tiempo dedicada a las más variopintas criaturas). Y sus padres estuvieron encantados, claro, pero al mismo tiempo avisaron de que si Ella se pasaba el día creando vida y esa vida crecía y cambiaba con el Tiempo, era necesario compensarlo de alguna forma, todo Caos necesita un Orden y todo Orden necesita un Caos. No entendieron de qué hablaban hasta que les regalaron la Vara, establecida como un palo horizontal sujeto sobre la punta de un triángulo isósceles. Esa vara no debía de caer nunca, y caía si se desequilibraba demasiado. Y para poder evitarlo, le dijeron a Tiempo que sería el encargado de la longevidad de los seres vivos y le dieron un poder que no quería, el poder de matar, bastaba con tocar con sus dedos una vida. Nunca fue divertido para Tiempo, nunca le gustó hacerlo, pero Naturaleza quería seguir creando y llegaron al acuerdo de que entonces Naturaleza dotaría a algunos de estos seres de capacidades especiales, de dones y privilegios para persistir y para firmar el acuerdo, ambos crearon la Historia.

El coche se ha detenido, ha dejado de dar vueltas. Eva está inconsciente, no tardará en despertar y el dolor será agónico. Naturaleza ha puesto al perro en medio de la autopista por celos, Tiempo lo sabe, a él Eva le gustaba demasiado, ahora él la tomaría de la mano para ayudarla a salir, pero si la toca, la mata.

Su cabeza reposa lánguidamente sobre un hombro. Sus cabellos tapando parcialmente su rostro ensangrentado. Su vida abandonándola, tiñendo de un rojo cálido su ropa. Su pulso, que un día latió fuerte como los tambores tribales que invocaban la lluvia, ahora asemeja el goteo de un grifo mal cerrado que está a punto de dejar escapar la última gota. A Tiempo la estampa le produce una ternura infinita. Eva se le antoja como una muñeca que Naturaleza ha roto por capricho ¿Cómo podría matarla?

— Su hora ha llegado, hermano. Hazlo —su voz fría como el hielo le quemaba por dentro.

— No.

Y el tiempo se detuvo ante la mirada atónita de su hermana Naturaleza. Cortó sus propias alas para no volver a volar. Y entonces los ríos dejaron de fluir, el mar dejó de rugir, el viento dejó de soplar, el fuego dejó de arder y los pájaros dejaron de cantar. Ya no habría más lluvia, ni desastres naturales que lo equilibrasen todo, ni animales que cruzasen carreteras para ser atropellados por quienes ofrecen sus vidas por ellos inconsciente e instintivamente. Porque sin Naturaleza el Tiempo puede seguir avanzando, pero sin Tiempo la Naturaleza es una acuarela de naturaleza muerta.

Eva y la vida misma se habían convertido en una fotografía. Y ellos, en sus dos desastres.

 

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