Estúpida y sensual – @Imposibleolvido + @Mikinoff69

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   “Las cosas bellas son perecederas y los buenos tiempos jamás son de larga duración”
H. Hesse.


Doce del mediodía y sólo había conseguido un puñado de monedas en la boca del metro, la suerte le vino de cara cuando al doblar por Carreterías, una mochila solitaria lo esperaba en plena acera. De un rápido vistazo Rocco pudo ver al posible dueño, turista por las pintas, fotografiando a una rubia despampanante. No perdió la ocasión, con un sólo movimiento la colgó en su hombro dejándola descansar sobre su barriga para justo pasar por delante de la confiada pareja, apretó el paso y en menos de medio minuto empezó su carrera hacia el barrio de la Cruz Verde, hacia donde se dirigía para pillar algo de hierba.
Rocco paró en la escalinata que sube a El Ejido para coger aire y normalizar la respiración, tres escalones más arriba una chica lloraba sin consuelo, con un montón de lo que parecían apuntes sobre sus rodillas y una mochila a sus pies, era la viva estampa de la desolación.
Rocco cabeceó irritado, no le gustaban los dramas, no le gustaban las chicas fuera de cualquier club de carretera, sólo traían problemas… Y de repente se fijó en la rosa tatuada que le ocupaba todo el antebrazo, se sintió poderosamente atraído hacia aquel dibujo y casi sin ser consciente de ello adelantó su mano para acariciar el contorno de la flor. La chica levantó la cabeza que había mantenido oculta con ambos brazos y lo miró desafiante.
Rocco la cogió de la mano sin mediar palabra y ella simplemente se dejo llevar, olvidando allí las carpetas y los libros mientras secaba sus lágrimas con el filo de la camiseta.
La llevó hacia el parque y se sentaron juntos en un banco, él le ofreció un cigarro que ella aceptó mirándolo a los ojos y cuando le iba a dar fuego ella le soltó casi a la carrera: “He suspendido, acabo de enterarme de que no he pasado de curso. En casa me van a matar… (Algo dentro de Rocco dejó de escuchar… Sangre, sangre viscosa y caliente, aquella prostituta pidiéndole que no la matara, el tacto del cuchillo en su mano, el zumbido en los oídos… El mismo zumbido que no dejaba escuchar la retahíla que aquella chica de rostro dulce le estaba contando…, tragó saliva con esfuerzo e intentó concentrarse en las palabras que salían de aquellos labios rosa pastel que tenía delante) … Y eso es todo, siento que me hayas visto así, lo siento de veras, por cierto me llamo Clara”
Rocco la cogió de la barbilla y saboreó su boca, al principio la notó envarada pero poco a poco, mientras el iba profundizando aquel beso ella se dejó de nuevo llevar.
Después de conseguir que el flujo de aquella muchacha corriera entre sus dedos, sacó la mano del pantalón de ella casi abotargada por la presión de la ropa y se fijo en el sonrojo avergonzado de sus mejillas.
—Te deseo Clara.
—Yo, es que… Yo…
—¿Quieres pasar un buen día conmigo? , mañana ya pensarás como arreglar tu problema.
Clara titubeó por un momento pero aún sentía el ardor en su entrepierna y nunca había experimentado con un desconocido, mucho menos de aquella manera tan desvergonzada en plena calle, algo en su bajo vientre pedía más y se armó de valor para sonreírle a aquél atractivo extraño.
El día transcurrió entre callejones, portales, baños de bares, estaciones de metro, y en todos y cada uno de esos sitios Rocco se encargó de enardecer el joven cuerpo de Clara hasta que ella se elevaba en un sonoro jadeo y lo agarraba del pelo para mantenerse en pie.
Clara había perdido la cuenta de las veces que llegó al clímax, bien bajo sus expertos dedos o bien bajo su lengua sintiendo la necesidad de más, uno más, un poco más. Había entrado en un bucle hasta el momento desconocido para ella como si Rocco la mantuviera al filo del placer en la cima de una cresta, él la arrinconaba en un portal o la empujaba hasta el aseo de cualquier tasca del casco antiguo y la volvía a elevar de nuevo.
Clara iba excitada en todo momento esperando adivinar cuál sería el siguiente rincón en el que alzaría el vuelo.

Después de dar cuenta de unas tapas, unos bocatas y una botella de vino casi oscurecido el día ya, Rocco pidió la cuenta y entró al baño del restaurante para rebuscar en la mochila sustraída algo de dinero.

Entró al cubículo, cerró tras de sí y vació el contenido en el suelo.
Una funda de gafas Hugo Boss, una pitillera de plata, una camiseta blanca, un plano de la ciudad enrollado, un mechero y un extraño cajetín que pesaba mucho, lo abrió con curiosidad y una pequeña Glock apareció en escena. Después de comprobar el cargador y  ver las balas… Un escalofrío de placer recorrió su espina dorsal… (la prostituta no deja de gritar, la sangre le cubre todo el rostro, él la mira desde arriba, cuchillo en mano, le arranca de un tirón la parte superior del vestido y entonces la ve: una rosa roja tatuada a lo largo de la clavicula izquierda, por un segundo se queda hipnotizado por aquella flor, la que le guía el movimiento de muñeca, mortal y certero sobre el corazón… Y justo en ese momento nota como el semen moja su ropa interior. Placer máximo. La visión de la sangre, la manera en que la respiración se apaga..  Música para sus oídos) vuelve a la realidad guardando de nuevo la pistola en su funda, mete todo en la mochila y se queda la cartera que introduce en el bolsillo trasero del pantalón.
Clara tiene la misma rosa tatuada.
Sonríe frente al espejo del lavabo y sale con paso firme hacia la mesa.
Clara sonríe ensimismada, los orgasmos, el vino y la comida han relajado aún más a la muchacha.
—Clara, necesito dormir contigo, sólo esta noche, tú y yo, ¿qué me dices?
Ella piensa fugazmente en sus padres, deben andar preocupados pero olvidó el teléfono en la mochila junto a todos sus libros, por un momento fue consciente de todo lo que se le venía encima al haber suspendido la selectividad, al haber perdido el teléfono, los libros… ¡Todo! a lo que habría que sumarle la escapada de hoy, el castigo ya era una apuesta segura así que, ¿qué más daba una noche más sumada al castigo?
—Sí, vámonos  yo también te necesito.
Habían decidido pasar la noche juntos, pero Rocco se había empeñado en ir a una pensión de mala muerte.
Al llegar, entrada ya la noche, se adentraron en una oscura y fría portería. Un pasillo de escasos metros llevaba hasta una cochambrosa recepción. Todo allí era suciedad, empezando por los dientes y uñas del señor que les atendió.
A Clara le producía tanta repugnancia aquel lugar como excitación aquella situación, el estar allí con Rocco. Sentía un nivel de depravación que la poseía y, aunque hubiera querido, no habría podido marcharse en aquellos momentos, sólo ella misma se lo impedía.
     La habitación era la misma pocilga que toda la pensión. Al encender la luz, dos cucarachas corrieron a esconderse entre los huecos de la pared, introduciéndose por los múltiples agujeros que había en ellas. La cama era un catre con sabanas sucias, llenas de rodales de fluidos de batallas pasadas. Toda la escena era deprimente, cutre y maloliente, pero había algo poderoso que atraía a Clara de toda aquella herrumbre.
     Rocco empezó a besarla sin mediar palabra. La agarraba fuerte de la cara y le mordía los labios. Sus lenguas luchaban en una épica y húmeda batalla. La fue desnudando entre tirones y lamidas hasta que Clara quedó completamente desnuda en medio de aquel podrido lugar. Fue entonces cuando Rocco sacó el revólver. Clara se sobresaltó, su corazón se aceleró y preguntó: “¿Qué es eso, Rocco?”. A Rocco se le dibujó una sonrisa que dejaba ver un colmillo afilado mientras la miraba como un loco peligroso, como un psicópata hace cuando encuentra una presa. “Es un juego —respondió Rocco—. Un revólver con una sola bala”. Clara seguía en tensión, no entendía nada y sólo alcanzó a preguntar con temblorosa voz: “¿Un juego?”. Aquel juego no era como los anteriores, Clara lo sabía, aquí el riesgo era real, pero eso comenzó a atraerla aún más de manera inexplicable. “Sí, un juego… La ruleta rusa. El tambor tiene seis balas, seis cámaras, pero este revólver sólo tiene una bala en una de esas seis cámaras, le daré así para que corra y quede en una posición al azar —hizo girar el tambor mientras le explicaba a Clara en qué consistía el juego— y, entonces, nos la pondremos en la sien una sola vez cada uno y apretaremos el gatillo”. Clara se estremeció al oírlo y un sudor frío comenzó a recorrer todo su cuerpo. Estaba aterrorizada, pero algo en ese terror la atraía cada vez más y más. Rocco continuó: “Para que tengas más posibilidades, te dejo empezar a ti, así yo tendré una menos. ¿Te atreves, Clarita? ¿Lo harías por nosotros? Es una prueba del destino”. La miraba directamente a los ojos, buscando su rendición y total entrega a tan macabro juego, bañándola en un mar de sensaciones inventadas para un único fin.
     Clara aceptó… Pensó en el nivel de adrenalina cuando todo hubiera acabado y en cómo se desfogaría toda la noche con Rocco, poseyéndolo, amándolo. Cogió el revólver y se apoyó el cañón sobre su sien derecha. Miró a Rocco, que estaba justo delante de ella, le sonrió y dijo: “Te deseo” a la vez que apretaba el gatillo.
     El estruendo del disparo se escuchó en todo el siniestro lugar.
Rocco miró a Clara con la asesina sonrisa que no había perdido en ningún momento. Clara yacía con los ojos abiertos, desnuda, con el revólver en la mano, sobre un charco de sangre que se iba expandiendo. El pantalón de Rocco mostraba la evidencia de su propio éxtasis.
En el revólver aún quedaban cinco balas…
Rocco salió huyendo de la habitación, no sin antes mirar de nuevo aquella rosa. En las escaleras, derribó de un empujón al flacucho y sucio gerente del hotel infierno, que acudía alarmado por el disparo después de haber llamado a la policía. Rocco desapareció corriendo por las calles estrechas y oscuras. El gerente se asomó a la habitación y, tras contemplar tan espeluznante y dantesco cuadro, se dijo para sí: “Estúpida y sensual manera de morir…”, mientras ya se escuchaban a lo lejos las sirenas de la policía.


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