Estoy en cinco minutos – @Candid_Albicans

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– ¡Hola mamá! Te llamaba para decirte que no te preocupes, que me he entretenido un poco más de la cuenta, pero que llegaré a casa en cinco minutos, te lo prometo. ¡Ah! Y de hoy no pasa, te instalaré el WhatsApp te pongas como te pongas, que estoy harta de hablar con el contestador cada vez que te llamo. Un beso.

Otra vez tarde. Sé que debería aprender a confiar un poco más en ella; ya tiene 15 años y le gusta sentir que tiene más dominio sobre su vida del que yo realmente le permito. Dentro de un par de años se irá a estudiar, y cada vez la veré menos. Hará amigos que no conoceré, y no me quedará más remedio que confiar en que el trabajo que he hecho durante estos 15 años dé sus frutos y se convierta en una mujer responsable y con una sólida autoestima. Sobretodo eso. Porque si te quieres, los obstáculos los puedes sortear con mayor facilidad, e incluso derribar de un soplo. Si no, no sólo te harán tropezar, sino que además caerán sobre ti hundiéndote cada vez un poco más en el hoyo de la autocompasión. Y por desgracia, yo sé mucho de eso.

Cuarenta minutos ya. Cuando llegue me va a oír. Encima tiene el móvil apagado. He llamado a sus amigas y ninguna de ellas la ha visto desde que se fue a la academia de inglés. Me levanto una y otra vez para mirar por la ventana por si la veo venir. Ha oscurecido bastante, y es imposible verla si viene andando. Me siento. Me levanto. Me siento. Me levanto. Miro por la ventana. Otros diez minutos. Ha pasado ya casi una hora desde que me llamó. –Silvia hija, ¿dónde te has metido?- El silencio que su ausencia provoca en la casa me está volviendo loca.

Hola, Eduardo. Soy Ana. Solamente te llamo para saber si Silvia ha ido por tu casa, o si te ha llamado para decirte algo. Hace más de una hora que me llamó para decirme que llegaría cinco minutos tarde y todavía no ha vuelto.

– Pues no, por aquí no ha venido. ¿Porqué coño no has ido tú a buscarla a dondequiera que haya ido? Es una pena que no me hayan dado a mí la custodia de la niña. Tú no sabes ni siquiera cuidar de ti misma. Todavía me sorprende que la jueza no haya querido verlo a pesar de tu historial psiquiátrico. Espero que la niña esté perfectamente, Ana, porque si no te juro que no pararé hasta conseguir la patria potestad. ¿Has llamado ya a la policía?

-No. Primero quería hablar contigo. Ha sido un error. Adiós.

Dios mío. Las manos me tiemblan tanto que no atino a marcar el 091. Me preguntarán porqué no he llamado antes, o porqué no he ido yo a recogerla a la academia. Pero si sólo está a dos manzanas de nuestra casa. ¿Con quién se habrá entretenido? Necesito un alprazolam. La ansiedad es tan intensa que me falta el aire, me ahogo. Me tomo dos, me pongo una chaqueta y salgo a la calle a buscarla. Recorro las calles por las que se supone que ha tenido que pasar para volver a casa. Paro en cada cafetería, y enseño una fotografía de ella que tengo en el móvil. Nadie la ha visto. Han pasado ya dos horas. ¿Y si ha vuelto a casa mientras yo andaba buscándola? ¿Y si está allí esperándome y yo no estoy para abrirle? Me apresuro, las piernas me pesan, corro con la torpeza que los ansiolíticos me provocan, tropezando con algunos de los adoquines que están mal colocados. Por fin llego, para comprobar que ella no está en el portal esperando a que le abra. Me dejo caer en el escalón del portal como si quisiera hundirme en él para atravesarlo. Las lágrimas no me dejan ver, las pastillas no me dejan pensar y la lengua se me traba al hablar.

-¿Policía? por favor, Silvia no está. Hace cinco minutos que debería haber llegado, pero han pasado más de dos horas. O tres. Tenía que haberla recogido yo, pero ella quiere ser más independiente. Por favor, ayúdenme. Ayúdenme…

 

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