Esto nos va a doler – @candid_albicans + @IAlterego84

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Una 22 un trueno
Capaz Fernández

 

Esto nos va a doler
O no. La vida va de eso, dicen. Si te trastabillas, puedes caer. O avanzar más espacio en menos tiempo. Aunque en nuestro caso, entra en juego una tercera variable. Que nos pillen. En ese caso pasaríamos a un estado latente, a la sombra, entre rejas. Tiempo para reflexionar, ampliar la red de contactos, echarnos de menos el uno al otro, soñando con otro vis a vis, y aprendiendo la lección para no volver a cometer los mismos errores. Esto va demasiado en serio como para tropezar con la misma piedra, ¿no crees? Sí, sé que no es el momento de ponerse intenso. Toca coger el toro por los cuernos. No pensar. Actuar. Dejar que la adrenalina se diluya en la sangre. Tragarnos el miedo y todo al negro. Es una apuesta. Nosotros jugamos. La banca siempre gana, dicen, pero creo que por poner a prueba esta teoría nada perdemos. Coge la 22 de la mesilla y ven. Vamos a descubrir a qué sabe la libertad al otro lado de la frontera. Dame la mano. Vamos a follarnos a la vida y que le den por el culo al resto. Vamos…

Te tiras dos años olvidando unos meses, y cuando crees que lo has logrado, va la vida y te demuestra que estabas equivocada. Que por más que encierres ciertos recuerdos en una cajita bajo llave y tires ésta al abismo del olvido, siempre llegará un momento en el que no se sabe ni cómo ni por qué, el abismo los escupe y te da con ellos en toda la cara. Y una de dos: o te quedas como estabas, o te abres la cabeza. Otra vez. Y aquí estoy, en su cama. Evaluando los daños mientras observo su cuerpo desnudo a contraluz. En su brazo izquierdo lucen dos cicatrices como dos condecoraciones eternas, recuerdo del último trabajo que realizamos juntos. Pensé que lo había perdido para siempre en aquella fuga nocturna por las calles de Detroit. Nosotros. Un traficante desplumado. Una bolsa de papel con cien de los grandes y la policía pisándonos los talones mientras él se reía como un tarado. La risa le duró lo que tardadaron dos balas de una Glock 37 en perforarle el brazo. En un visto y no visto nos quedamos sin pasta, sin libertad, y el uno sin el otro. Juré no volver a verle. Y aquí me tiene, deseando sentirme viva a su lado una vez más, aunque paradójicamente eso sea lo más parecido a retar a la muerte.

Cuando abro los ojos, lo primero que escucho es la ducha. La habitación huele a ti. Ese perfume con el que soñé durante tantas noches mientra comía trullo. Fue un tiempo difícil. Uno tiene una fama y los mitos de las duchas y las pastillas de jabón no entraban dentro de mis preocupaciones. Lo que de verdad me preocupaba, era saber cómo estabas tú. La comunicación se cortó de raíz y no supe más de ti. Poco a poco me fui haciendo a la idea, pero al principio la situación me desbordaba. Tanto, que de haber sido un poco dramático, un filtro de cigarrillo quemado y unas venas abiertas en canal se me habría antojado como la mejor solución.
Busco el tabaco en la mesilla a tientas. La primera calada entra como un tiro. Toso, incorporándome en la cama. Miro la hora. Vamos bien de tiempo. El golpe está preparado para última hora de la noche, cuando ya no haya demasiada gente ni el objetivo ande sin blanca. En ese momento oportuno en el que podamos recoger los frutos, sin riesgo a que haya demasiados testigos con ganas de jugar a ser los héroes de turno, y nos toque abrirnos paso abriendo fuego. Cuanto menos ruido hagamos en esto, en un principio, mejor para nosotros. Me pongo en pie y doy otra calada. Después dejo caer el cigarro en uno de los tercios vacíos que dejamos anoche por el suelo. Sisea como una serpiente agonizante mientras me acerco a la puerta del baño. A estas alturas del juego, y con la que se nos viene encima, creo que darnos una ducha y un masaje para liberar tensiones juntos, es la mejor alternativa para matar el tiempo.

Analizo la situación mientras observo cómo el agua resbala por mis piernas para terminar en el desagüe, formando un pequeño remolino a mis pies. Tengo dos opciones. Vestirme, olvidarme de él y de toda esta locura, optar por continuar dando clases de yoga y salir por patas, o bien quedarme con él e ir a por todas. Donde ir a por todas significa dar un golpe en Las Vegas. Así, a lo grande. Atrás quedaron los tiempos de dar el palo a proxenetas y contrabandistas de tres al cuarto. Si el plan sale según lo esperado, nos repartimos la pasta entre los tres dementes que están dispuestos a jugarse el tipo, él y yo. Después los pasaportes falsos, un billete de avión rumbo a Europa, y esperar a que la cosa se enfríe mientras cada uno se pega la vida que siempre ha soñado. Si sale mal, pues otra vez a prisión. En el mejor de los casos con algún hueso roto, eso sí. En el peor, ya sabes, siempre podremos servir de fertilizante. El agua se cuela entre los dedos de mis pies, dibujando espirales interminables en el desagüe para acabar muriendo en el alcantarillado. Joder, qué estoy haciendo. Me giro dispuesta a salir corriendo cuando sus brazos rodean mi cintura por detrás, atrayendo mi cuerpo al suyo. Cierro los ojos y me dejo llevar por su boca. Estoy perdida. Esta noche apostaremos a doble o nada.

Te atraigo hacía mí con fuerza. No opones resistencia, más bien te limitas a girarte y besarme. Las gotas de agua corren por tu cara a la misma velocidad que mis manos lo hacen por tu cuerpo. Me muero de ganas por volver a sentirme dentro de ti, escuchar tus jadeos y notar cómo poco a poco, las contracciones dan paso al orgasmo. Pero hay tiempo. Puede que sea la última vez que podamos vernos en una situación como ésta, y quiero jugar. Lamo tu cuello, bajando por tu pecho hasta llegar a tus pezones. Cuando los muerdo, me agarras la cabeza y me aprietas con fuerza contra ti, al mismo tiempo que mis dedos acarician tu sexo. Estás empapada, y creo que en esta ocasión no es por el agua de la ducha. Separas las piernas, y te acaricio los labios en una espiral, mientras nos miramos a los ojos, apoyados contra los azulejos de la pared. Gimes de una manera que hace que pierda el control por momentos. Joder, si en unas horas voy a estar viendo crecer las flores desde abajo, quiero llevarme este rato contigo como recuerdo. Recorro tu abdomen con la lengua, hasta llegar a tu clítoris y te lamo con ansia. Tus manos me agarran del pelo, marcándome el ritmo adecuado. Me dejo guiar, follándote con la boca como siempre has sabido que me gusta hacerlo, y, a juzgar por cómo se acelera tu respiración, algo me dice que a ti también te está gustando.

Nos vestimos sin articular palabra, casi sin mirarnos. Ambos sabemos que quizás ésta haya sido la última vez. Prefiero no pensar en ello. Cojo el arma que está sobre la mesilla, compruebo que está cargada y la deslizo en la funda del muslo, bajo la falda. Una sonrisa, un guiño, toda esa seguridad en sí mismo que me fascina y me aterra a partes iguales. Un ‘dame la mano, no tengas miedo’ y en un abrir y cerrar de ojos estamos atravesando el desierto de Mojave en un viejo Chevrolet, camino de la ciudad del pecado. Repaso mentalmente el plan. El suyo y el mío. Porque siempre hay que tener un plan B en la recámara, ya se sabe, por si las cosas se tuercen. El sol se ha puesto hace ya un par de horas y ya se vislumbran las luces del bar de carretera donde nos esperan nuestros socios. O eso por lo menos era lo acordado.

El tiempo pasa y los nervios se tensan. Las cervezas hace rato que están calientes y la impaciencia empieza a ser un hecho. Siempre he soñado con un golpe como éste. Desde que dejé atrás el taller mecánico en el que empecé mi vida adulta, hasta que llegó el momento de salir de la trena. Resoplo. Sólo es cuestión de controlarse. Encenderse otro cigarro y mirar de manera compulsiva a la puerta. Cuanto antes lleguen, antes empezaremos y antes acabaremos. Doy otra calada, y les veo entrar. Al fin han llegado. Nos saludamos con un gesto y ellos se acercan. Tú estás de espaldas a ellos, no les ves. Hay algo en todo esto que no me cuadra mucho. No lo sé explicar, pero no me cuadra. Intento llamar tu atención para avisarte. Pero no hay tiempo…

No sé si es por los nervios, o el calor, no soy capaz de pensar con claridad. Por momentos siento el impulso de salir corriendo, pero ya es demasiado tarde. Y la expresión de tus ojos indica que algo no va bien a mis espaldas. Conozco esa mirada. Sin pensarlo dos veces tanteo la 22 debajo de mi falda, le quito el seguro, me giro, apunto, y sorpresa, me encuentro con una placa y el cañón de un arma entre las cejas. No hay plan B, no hay plan, no hay nada. Ni futuro. Ni tú y yo. Ni una nueva vida. Nada. De nuevo. A mi cabeza acuden las palabras que pronunciaste justo antes de empotrarnos con el coche en aquella persecución en Detroit: ‘Agárrate, esto nos va a doler’. No escucho lo que dicen los policías, las lágrimas empañan mis ojos y la rabia me nubla la mente. Aprieto con fuerza mi 22 y te miro. Esto nos va a doler.

Las balas rebotan por todas partes. Esto parece una puta película del oeste. Uno de nuestros socios nos la ha jugado. No hay tiempo para ponernos a analizar la situación. El hecho es el que es. Nos la han metido doblada y ahora vienen las consecuencias. Sin mediar palabra me tiro encima de ti y trato de volcar la mesa. Tampoco es que vaya a servir de mucho, pero al menos es una manera de autoengaño más creíble que la de pensar que vamos a salir de aquí por nuestro propio pie y no dentro de una bolsa de plástico. No sé cuántos son. Lo único que sé es que las balas empiezan a escasear. Nos miramos a los ojos y los dos lo sabemos. Éste es el fin. Cambias el cargador de la 22 y yo hago lo mismo con mi 45. Una última jugada desesperada. Aprieto los dientes. Respiro hondo y a mi señal nos ponemos en pie, dispuestos a vender cara nuestra piel. La idea era apostarlo todo al negro, y mira tu por dónde, la ruleta del destino por una vez parece que va a fijarse en nosotros y va a salir nuestro color. Vamos muñeca, que siga la fiesta…

 

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