Estambul – @distoppia

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Era la una de la tarde y supe que Paula no vendría. Un 23 de septiembre y el olor a lluvia en el Bazar de las especias. Buscaba pistas a mi alrededor, cuando una señora me ofreció un ramito de lavanda. La propia Paula me había enseñado a leer los cabos sueltos que deja la realidad cuando intenta darle sentido a la vida: una noticia sobre la huelga en el aeropuerto significaba que alguien le daría plantón en los próximos días; se quemaban las tostadas y a las pocas horas otro alguien estaría muy enfadado; veía a un niño sonreír por la calle y las buenas noticias eran inminentes.

La recordé con el pelo rizado en un atardecer presuntuoso y malva de la Toscana más cruel. Hacíamos fotografías para su colección de cosas rotas y bebíamos vino en mitad de los campos de lavanda. «Yo siempre estoy a punto de huir», respondió cuando le pregunté si algún día me dejaría.

Cuatro años después, por culpa de aquella pequeña flor, entendí con exactitud lo que había querido decir. Como una verdad absoluta. La gran duda que era Paula, para sí misma y para los demás (dos dudas, en realidad), tomaba decisiones por las esquinas, en cada taza de té, a cualquier hora, en cualquier lugar.

Calaba la lluvia fina como calan las certezas. Paula, si aparecía, ya sería otra. Vendría con la mirada firme y sin ganas de jugar. La imaginé enferma de la peste del insomnio, leyendo a deshoras cualquier encíclica cantada y con ganas de comer yeso y tierra. En la habitación de su hotel, como yo lo había estado en la mía, pero sin disfrutar de las horas previas a encontrarnos. No. Más bien murmurando un recuerdo al espejo de la pared. Decidiendo. Siempre a punto de ocurrir. Como un desastre inevitable.

Me dio por soñar. Habría querido que la señora del ramito de lavanda volviera insistir y que yo, tratando de ser educado, me disculpara una y otra vez, hasta que viera que, además de la lavanda, me estaba ofreciendo una grulla de papel. Entonces un huracán de emociones desbocadas me desordenaría el pecho y la mirada. Mi parte adulta y sensata sacaría el dinero y le daría las gracias a la mujer. Mi parte insensata e infantil sonreiría una puta barbaridad y rompería un poco la grulla al abrirla sin cuidado ninguno. Uno de los juegos estúpidos juegos de Paula empezaría justo allí, como antes, como siempre.

La llamada a la oración lo silenció todo y me devolvió a la lluvia gris. «Estambul, porque estamos lejos, pero no tanto».  Eso dijo por teléfono seis meses antes, cuando quedamos en vernos con una de nuestras confusas conversaciones llenas de torpezas y malentendidos. Atrás quedaban los años de vino y rosas, de entendernos sin hablar, de jugar a perseguirnos por ciudades europeas dejando a nuestro paso un rastro de grullas de papel y botellas vacías. Ahora, más que lazos de seda, las ganas agrietadas que nos teníamos parecían grilletes en los pies. Y ya apenas levantábamos el vuelo a un palmo del suelo. Y ya apenas salíamos a bailar cuando no sonaba música. Y ya apenas recordábamos querernos entre tanta desilusión.

Se acercó desde lejos un paraguas verde con persona en su interior. Me fijé con violencia en él porque era una incoherencia entre la gente: parecía estar en otra ciudad o en otro planeta. Sólo podía ser ella y lo fue. «¿Tú también eres de los que sólo se mojan por fuera cuando llueve?». Y yo, como un tonto, me olvidé de la lluvia y me olvidé de las grietas. Teníamos por delante cinco días en Estambul para destrozarnos por dentro entre tazas de té de hibisco y fotografías de mezquitas. Aquella fue la última vez que fingimos ser felices.

Ya en el aeropuerto y a quemarropa Paula disparó. «No podemos pasarnos toda la vida creyendo en el amor».

 

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