Escuela de gatos negros – @IAlterego84

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Para S., nos quedan muchas como ésta

INT. HABITACIÓN DE HOTEL/MADRUGADA

La escena es la siguiente:

Estamos en la habitación de un hotel. Última planta de un edificio de finales del siglo XIX. TÚ estás durmiendo. YO, en una silla junto a la ventana. Mirándote. En el aire aún flota el aroma de nuestros cuerpos y mis manos huelen a ti. Fuera está lloviendo. Sólo se se escucha el chapoteo de la lluvia en los canalones y nuestra respiración. Estás acurrucada de espaldas a mí. Lo único que veo desde mi posición es un hombro desnudo y parte de tu cuello.

Frente a nosotros, edificios algo más bajos con tejados de pizarra negra y empapada. Aún no ha amanecido. En la calle todo se resume al reflejo de las farolas en el suelo, un coche que atraviesa los charcos como una manzana atravesada por una bala en un vídeo a baja velocidad y algún peatón madrugador que camina a toda prisa hacia donde quiera que vaya.

De fondo, entre la niebla y la falta de luna, se intuye una imagen algo difuminada y borrosa. Un río ancho y de aguas tranquilas. Una isla en medio. El paisaje perfecto para un pintor de tintes bohemios.

Te das la vuelta en sueños. Sonríes. Tu cara transmite tranquilidad. Paz. No puedo evitar un suspiro. Cierro los ojos. y empiezo a hablarte en silencio de todo aquello que querría decirte, pero el miedo (o la vergüenza) me impiden. Me pongo en pie y empiezo a caminar (descalzo) procurando no hacer ruido. La película de mis sentimientos acaba de empezar y no quiero despertarte.

Subamos el telón.

(Voz en OFF)

YO:

(las manos enlazadas en la espalda)

Míranos, parecemos sacados de un guión de película de sobremesa. Escrito por un aficionado. Tú, la femme fatale que entra en un bar una noche lluviosa. Pintalabios, medias y zapatos de tacón. Yo, el hampón trasnochado que apura un whisky en la barra. Mi cabeza, un hervidero de recuerdos en la que una orden retumba como una campana llamando a difuntos: quémalo y no mires atrás.

(Me paro junto a la ventana. Las cortinas están descorridas. Miro. Veo caer la lluvia contra las farolas de la acera de enfrente)

Tú, acercándote a mí con un cigarrillo apagado. Mirada franca.

(Tus ojos verdes brillan, entre divertidos y seductores. Invitándome con un sonríe extraño, a dejar a un lado mis miserias y bucear en ellos. Me pides fuego)

TÚ:

Sabía que te iba a encontrar aquí. No nos conocemos, pero esta noche sabía estarías aquí. No. No estoy loca. No me mires así. Vamos a hacer una cosa. Apura eso.

(Señalas el vaso. Tu gesto es serio, como queriendo decir: la happy hour se ha acabado para ti)

Da un último trago amargo y nos vamos.

YO:

(obedezco sin rechistar. Un trago largo que arde en mi garganta. De fondo, suena Contigo. Quizá la peor canción de Sabina como banda sonora para saber si vamos a jugar al despiste o la sonrisa que me dedicas, habla de otras cosas que podrían resumirse en 13 horas de pasión desenfrenada y demasiadas sombras en la cabeza tratando de escapar de la melancolía)

¿Dónde vamos?

TÚ:

(entre carcajadas)

Donde tú me lleves. He venido a rescatarte de esos asesinos de sueños que te matan a diario. Mírate. ¿Así crees que vas a durar mucho? No, no me mires así. No. No, soy tu madre…

(brazos cruzados y mirada seria)

YO:

(algo en mi interior se remueve. Siento como si estuviera dando un paso previo a la infidelidad hacia los míos. Pero a la vez, la suave caricia de la mano que mueve el mundo. Dudo entre pedirme otra o hacerte caso. La voz de Sabina escupe con ecos roncos eso de «y yo que nunca tuve más religión que un cuerpo de mujer». Me dejo llevar. Dos más dos son cuatro, y entre tú y yo lo que tenga que pasar, está por escribirse, pienso).

Acompáñame, conozco un hotel aquí al lado.

(Sigo paseando por los escasos cinco metros cuadrados en los que estamos. Tú sigues dormida. Te miro y sonrío. Ha sido una noche loca y tengo miedo de que al despertar descubras que por la mañana no todos los gatos son pardos, y me toque volver a esa puta escuela de gatos negros en la que llevo tantos años vagabundeando por la noche. Consumiéndome entre mañanas de resaca, ira, rabia y mantita, recordando que una vez fuimos una misma cosa. Dos cuerpos desnudos, unidos entre sábanas blancas y el anonimato de cuatro paredes acostumbradas a encuentros como el nuestro)

Tú:

(voz adormilada)

¿Has dicho algo?

(Me paro en seco. He debido de pensar en voz alta, y no he sido consciente de ello. Abro la boca para decir algo, pero te me adelantas)

Déjalo. No digas nada. Ven aquí, conmigo. Quiero que me abraces. Me folles. Veamos amanecer, cogidos por la cintura, y luego, si quieres, me susurres al oído que me quieres. Si todo esto ha sido un sueño, no despertemos. Ven conmigo y sigamos durmiendo.

 

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