Es mi naturaleza – @IAlterego84

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Estoy en la terraza de un ático. Un cigarrillo en una mano, en la otra unos prismáticos. Te veo entrar al centro comercial de siempre. Por lo visto has perdido las buenas costumbres. Ya sabes, evitar la rutina. Nunca hacer el mismo camino más de dos veces en mucho tiempo. Pero claro, cruzaste la línea. Puto chivato y te vendiste a los de las placas. Apuntando en nuestra dirección. Fardos y alijos perdidos. Deudas. Gente durmiendo a la sombra por muchos años. Varias bajas inesperadas. Y todo por tu puta lengua. Me hierve la sangre. Si por mi fuera una cuerda de piano en tu cuello sería la vendetta perfecta. Un clásico. Guantes de cuero. Olor a humedad y gasolina. Sótanos plagados de ratas y salitre. La historia de siempre, pero contigo como personaje.

El peso de la Smith&Wesson empieza a molestarme. Cambio de postura. La sombra me protege de miradas indiscretas, pero aún así hace calor. La funda sobaquera se me pega al cuerpo. Una última calada y otra colilla más a mis pies. Las tengo controladas. Sé cuantas van. Cuando todo acabe sólo hay que recogerlas. El seguimiento es lo que tiene. Aburrimiento. Tentaciones para matarlo. Novatos que dejan una pila de pruebas biológicas para que los sabuesos empiecen a olfatear y acaban como acaban. Pero sabes que no es mi estilo. Siempre he sido frío, calculador. Inexpresivo también. En esta puta vida que llevamos no hay que mostrar demasiadas debilidades. Nunca sabes quién va a poder usarlas en tu contra y no tengo intención de vivir con miedo a mis confesiones. Bastante tengo con esquivar patrullas y competidores en las calles.

Os veo entrar. A ti y a los tuyos. Tu mujer es preciosa, si se me permite decirlo. A los niños. Esto ya me gusta menos. Odio a los irresponsables como tú que lleváis a pastar a vuestra prole a centros comerciales para que den por culo a otros. Con eso no puedo, aunque en el fondo la culpa es vuestra. No de esas criaturas tiernas que te miran con ojos suplicantes al pasar junto a una tienda de juguetes con más luces y adornos que un bar de carretera. Y para acabar la escena de familia feliz, tus pretorianos. Trajes ajustados y gafas de sol. El precio a cambio de tu silencio. Ingenuo. Te usarán y antes o después caerás en nuestras garras, suponiendo que vivas tanto…

Las puertas automáticas se cierran. Desaparecéis de mi campo visual. Hora de sacar el walkie y dar luz verde. Los mecánicos ya saben lo que hay que hacer. Fantaseo con poder hacerlo yo mismo. Cables de freno cortados. Testigos de posicionamiento por GPS a la espera de ajustar cuentas. Técnicas no faltan para hacerte morder el polvo delante de tus seres queridos, pero las órdenes de los de arriba han sido tajantes al respecto. Mi misión es la que es. Controlarte. Dar el aviso a los tíos que ahora mismo pululan al lado de tu Lexus. Uno tendido en el suelo. El otro controlando la zona. Las manos me sudan sólo de imaginar lo que está por venir. Sonrío. Aunque poco. Unos segundos, uno tiene una imagen que mantener. A fin de cuentas es lo que me paga las facturas y la hipoteca…

Escupo cuando veo que otros placas de paisano se acercan a los nuestros. No hay tiempo para avisarles. Esto empieza a ponerse jodido. No se contaba con esto. Ha sido un plan improvisado, y claro, estas cosas pasan de vez en cuando. Me enciendo otro cigarro. Tengo la boca seca como un muerto tres días al sol. Me cuesta tragar saliva. Es hora de improvisar y no es mi pellejo el que está pendiente de lo crédulas que resulten las autoridades. Nueva calada. Sabor a cenicero hasta en el alma ahora mismo. Tensión. Se acercan a ellos. El que está de centinela les ve acercarse. Por Dios, que no les dé por liarse a tiros. Esto es sólo un aviso, para que te acuerdes de que nosotros no olvidamos, y que cuando queramos, por mucho que te creas a salvo, antes o después acabaremos contigo como hemos acabado con otros confidentes que a estas horas están esperando a que alguien junte sus cachitos y sus familiares puedan reconocerlos en la mesa del forense.

La tensión baja. Los cabrones son buenos. La película que se han montado parece haber colado. La distancia me impide oírles, pero la cosa parece clara. Algo del tipo «lo siento agente, lo siento. Se me ha caído el móvil, mire», el muy cabrón hasta le enseña un teléfono con la pantalla astillada, eso sí lo veo. Los dos policías no parecen tragárselo del todo. Hora de pedir documentación, comprobar en centralita y cacheo de cara a la pared. La gente que pasa, disfrutando como enanos. Aunque la cosa no dura mucho. El chaval está limpio. El otro ha desaparecido de la escena con disimulo en cuanto ha podido. Ése si iba cargado y parece haber evaluado sus posibilidades. Bien hecho. Chico listo.

Un par de vueltas alrededor del coche mirando con lupa para comprobar que todo está en orden. Incluso se esmeran inspeccionando un par de papeleras cercanas. ¡Qué chicos más bien adiestrados! La cosa no pasa a mayores y se largan. Ya han cantado demasiado y ahora toca pedir el relevo. Sus caras están marcadas y como medida disuasoria está bien, pero tampoco es cuestión de acaparar todo el protagonismo. Entran en el centro comercial y a los pocos minutos otra pareja de pipiolos empieza a patearse la zona. Me cuesta contener otra sonrisa. Los músculos de mis mejillas tiemblan. Deben de estar los pobres agotados tras dos sonrisas en el mismo día. Dicen que no hay dos sin tres, así que decido relajar el rictus. Ya lo dicen los optimistas, lo mejor está por llegar.

Dos horas más tarde. Un bocadillo de mortadela, una lata de Coca-Cola y los prismáticos a mano. Es la hora de comer y me toca joderme con esta mierda. Mientras tanto, tú ahí dentro: aire acondicionado en un restaurante de cadena de estas que pagan una mierda a chavales con acné que se vengan escupiendo en los platos. Tengo tiempo de sobra para degustar mi manjar. Fantaseo con un buen filete, de tres dedos de grosor, poco hecho. Sangrante. Tanto que casi oigo mugir a la ternera cada vez que le meto el cuchillo. La puta realidad se encarga de joderme el onanismo culinario. El pan está duro y la mierda de embutido no sabe a nada. Un trago para ahogar las penas. Sólo es cuestión de permanecer atento, a la espera. Todo está próximo a acabarse y en un rato estaré en la barra de cualquier bar bebiendo ginebra. En silencio. Pensando. Ahogando fantasmas y purgando recuerdos. Cuando se baja el telón y se apagan las luces, uno tiene su corazoncito después de todo.

Dos horas más tarde.

Te lo has tomado con calma, cabrón. Yo me he quedado sin tabaco y con la vejiga a reventar. Ahí he pecado de confiado. Siempre hay que traer una botella vacía para estas cosas. Pero pensaba que hoy sería como los últimos meses. Una comida rápida y de vuelta a casa con tus amiguitos. A jugar al póker o a lo que cojones juguéis para matar el tiempo. Pero al fin sales. Ellos delante. Mirada al perímetro. Todo en orden. Sale tu mujer con los niños. Uno cogido de cada mano. Una escena para enmarcar. Siento hasta cierta nostalgia de lo que una vez quise y nunca tendré. Dura poco. Te quedas hablando con uno de los pretorianos (nada nuevo, siempre lo hacéis. Debéis elegir la ruta más segura para volver a casa, porque ahí sí que andas con ojo. Eso es innegable). Tu mujer coge las llaves del coche y lo abre. Remolonea sonriéndote. Después se monta. Los críos atrás. Tres vueltas de llave. El motor ronronea y pumb. Vuela por los aires. Reina el caos. Cristales rotos. Fuego. Gritos. Alarmas sonando. Tu cara de pánico. Esa mueca desencajada al levantarte del suelo. Te sangran los oídos y tienes el traje manchado. Te veo desgañitarte mientras forcejeas con uno de los que se han acercado a la zona. De la chatarra en que se ha convertido tu Lexus escapan lenguas de fuego. Sonrío. Ahora sí, a la tercera va la vencida y es mi naturaleza hacer que las cosas cuadren. El mensaje parece haber surtido efecto. Si no podemos ir a por ti, iremos a por lo que más quieres. La venganza nunca llega tarde, ya sabes…

 

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