Es la hora – @_vybra

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Era una tarde cualquiera, de esas que jamás destacan por tener nada especial que la haga inolvidable. Una tarde, de esas en las que todo parece estar en un equilibrio estático que no admite ni una sola nota discordante. Una tarde, en la que no tiene cabida nada que se salga del encuadre que el tedio y la rutina escojan como acompañante. Y ni siquiera parecía que el cielo tuviera la intención de regalarme unas gotas de lluvia. Se filtraban pequeños rayos de sol entre las nubes, dejando pequeños destellos al trasluz, como diminutas motas de magia.

Aquí sentada, con fiebre, y con la cabeza más lejos que cerca de mí misma, intentaba poner en orden mis pensamientos. Algo difícil, para alguien que hizo del caos su orden y de la visceralidad la cordura a la hora de tomar decisiones.
La cafetería en la que dejo enfriar mi café está casi tan vacía como el parque donde se encuentra, y ambos tan solitarios como los latidos de mi agotado corazón que ya no presenta batalla, pero se niega a abandonar la guerra. Jamás me rindo. Soy tan competitiva que lo doy todo de mí hasta el último momento. Pero eso tampoco significa que no sepa perder o cuándo he de retirarme, pues también he sumado victorias a base de derrotas. Acumulo heridas en mi piel de las que no necesito anotar el día y hora que se produjeron para no olvidarlas, y son tantas como muescas de victoria esculpidas en la culata de unas metafóricas armas infalibles que me proclamaron vencedora.

Veo pasar a través de la cristalera una serie de coches que, como bien sé, se dirigen a una iglesia cercana. Está a unos cien metros de este solitario parque y su campanario sobresale, altivo y majestuoso, por encima de los árboles cuyas hojas no paran de danzar como si alguien estuviera tocando una melodía con el viento. Como si juntos bailasen una danza secreta de cortejo, o despedida.

Observo cómo, uno a uno, van ocupando su lugar los invitados a esa boda de la que quizá, de no ser la vida una broma macabra, yo sería la protagonista. El tío Miguel y su inseparable cojera suben torpemente los cuatro peldaños que lo separan de la entrada, aferrado al brazo de Julián, cuyo metro ochenta y cinco le convierte, a la vez, en punto de apoyo y red ante una posible caída. Sara y sus interminables piernas hablan con su voz estridente con Lucía, Inés y Claudia. Sonrío. Desde mi posición parecen un grupo de pavos reales cuyas plumas artificiales no consiguen captar la atención de Rubén, Ginés y Salvador. Esos tres que a veces parecen gorilas poderosos y, cuando beben, cómicos monos de culo rojo.

Bajo una enorme pamela distingo la nariz de Gloria, su madre, y hasta mi mesa llega el perfume asfixiante de su padre recordándome los antiguos dolores de cabeza que me causaba esa fragancia que, años después, sigue haciendo que mis manos busquen de manera inconsciente un ibuprofeno en mi bolso.

Y allí, junto a la puerta de entrada y acompañado del sacerdote, está él… Daniel.
Ha dejado crecer ligeramente su cabello y sus indomables rizos se resisten a la prisión que supone para ellos la gomina. Su tez pálida resalta aún más sus indescifrables ojos a veces marrones, y otras del más hermoso de los verdes. No me sorprende que su traje no sea negro y escogiera para tan señalado día un tono gris perla al que acompaña una corbata de dibujos divertidos. No ha cambiado, sigue siendo un niño pequeño a pesar de sus 40 años recién cumplidos.

Siguiendo las indicaciones del sacerdote, Daniel y el resto de actores involuntarios de la función que yo observo desde mi patio de butacas, se adentran en la iglesia y la desesperación irrumpe con fuerza en mi interior, creciendo al ritmo que mengua mi esperanza; y yo, medio escondida, me encuentro atrapada en la escena, entre el miedo y la vergüenza de saberme testigo de una historia que me convierte en intrusa, en ladrona de instantes que no me pertenecen. Y no puedo evitar que acudan millones de recuerdos a mi cabeza.

La nostalgia inunda mi pecho y mi mente huye de todo lo que me rodea para volver a llevarme ante su risa. Esa que colorea mi alma y todo alrededor, pues Daniel ama como colorea un niño, sin tener en cuenta los límites. Me lleva a aquel viaje a Nueva Zelanda, perdidos de la mano disfrutando de sus paisajes. A aquel verano que pasamos en una playa de la costa mediterránea. Al sofá de su piso en el centro de Nueva York. Es curioso, apenas recuerdo gran cosa de esos lugares, pero me atrevería a decir que todos fueron para mí un hogar, pues estaba siempre entre sus brazos.

Nunca supe cómo conseguía despertarse diez minutitos antes que yo, para traerme un café a la cama, pero adoraba que lo hiciera. También extraño su manía de bailar mientras cocinaba, o cómo tarareaba canciones para que yo las adivinara. Sabía que no podía ganarme, pero él decía que regalarme una sonrisa siempre era su mayor victoria. Y siempre me las regalaba. Odiaba cuando me hacía rabiar, hasta sacarme de quicio. Pero adoraba ver cómo sus ojos me atrapaban pidiéndome perdón sin palabras. Daniel es de esas personas que siempre han hablado bajito y jamás nadie ha necesitado pedirle que hable más fuerte. Siempre ha sabido hacerse escuchar. Y es de esas personas que sería capaz de escribir un texto con un silencio y treinta y nueve miradas.

El ruido de un coche acercándose a los pies de la iglesia devuelve mi mente a esta tarde. Una de esas en las que incluso el aire parece arder para ir arrasando, sigiloso, cualquier forma de vida que implique esperanza.
La puerta del coche antiguo se abre y de él emerge ella. Su delgada figura luce, etérea, en un sencillo vestido blanco que no precisa de adornos para hacerla bella. Su pelo negro parece no tener fin, pese a estar recogido en un complicado moño hecho de diminutas trenzas que nacen en sus sienes. Sus ojos marrones parecen desafiar al tiempo, protegidos tras unas enormes pestañas tan azabaches como su pelo; y sus labios carnosos y seductores han cedido, al maquillarse discretamente, el protagonismo al café de su mirada. Se parece a mí, qué cabrón… es tan leal que incluso ha cumplido nuestra última promesa.

Esa tarde, esa sí era distinta, llovía a cántaros mientras nuestro orgullo e ira se empeñaron en convertirnos en dos kamikazes suicidas que deciden que morir matando es la única salida.
Y así, entre gritos y reproches, llantos ahogados y puñales de ironía, mi voz se alzó sobre la suya con un ruego, una súplica.

– Ve y búscala. Libérame, te lo suplico. Ve y encuéntrala. Que se parezca a mí en cada maldito detalle que te mantiene aferrado a mí. Sedúcela, muerde sus labios con la pasión con la que besas los míos y, mientras te la follas, olvida que me amas y que son tuyos cada uno de mis latidos. Promételo.

Y la inconsciencia de su alma herida solo supo responder con un escueto «Prometido», tras el cual enmudecieron las palabras y se hizo un bloque inmenso de hielo del fuego que había entre nosotros. Desaparecieron los «te echo de menos», los «¿cómo estás?» que no te esperas, las llamadas a media mañana para reír entre prisas y las noches en las que nuestros gemidos componían una melodía.

Han pasado tres años de esa promesa suicida y ahora sube las escaleras sin ser consciente de que ella fue tan escogida como impuesta.
Suenan las campanas a su entrada a la iglesia y las lágrimas hacen acto de presencia, surcando mis mejillas.

Me levanto, con la poca elegancia que me permite el temblor de mis rodillas y, sin mirar atrás, me alejo de Daniel y de sus besos, de sus caricias y nuestros juegos de cruzar de dedos, de los despertares en los que su abrazo ahuyentaba mis pesadillas y de su voz haciéndome sentirle cerca cuando las circunstancias convertían los días en lejanía.

Huele a incienso, y una música de violín hace que levante mi vista del suelo para descubrir que mi corazón ha guiado mis pies en sentido contrario a lo que dicta mi cabeza.

Es la hora…

Y, sin un atisbo de cordura, abro de par en par la puerta de esa iglesia que me devolverá al hogar que deseo encontrar entre sus brazos, o al más cruel infierno de su rechazo.

 

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