¿Es grave, doctor? – @Moab__

Moab @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas

Pues mire doctor, le cuento.

Le miro a los ojos y el roble enmohecido y laberíntico de su mirada me encierra en un mundo de amor desmedido, un mundo de una dulzura tan inmensa que no entiendo cómo he podido estar sin ella toda mi vida. Al amparo de su abrazo he conocido tal comprensión y ternura que el sabor amargo de las lágrimas se torna dulce miel al ser ellas las que me llevaron a él. Me siento completa entre sus brazos, niña en su risa, mujer en sus manos, feliz en su mundo… Sin embargo, aquí me encuentro, en una vida que no me llena porque es la única que conozco desde hace tanto que ya se me ha olvidado lo que es realmente estar viva. Le he cogido tanto miedo a la felicidad por las veces que la he rozado y me la han arrebatado que ya, quizás, no sepa reconocerla cuando la veo. Recuerdo el día que llegué a esta ciudad, con una sonrisa en el rostro, la maleta cargada de sueños y esperanza en la mirada. Parece que fue ayer y, a la vez, hace siglos, en otra vida… Por desgracia, también recuerdo exactamente el día y casi la hora en la que descubrí el fraude de mi felicidad, la gran red de mentiras en la que, como una sirena con los ojos vendados de amor y confianza, estaba atrapada. Ahora que lo pienso, más que una sirena, dada mi estupidez (o candidez, o credulidad… Llamémosle X), me parecía más a un atún.

¿Alguna vez, doctor, se ha querido usted morir? Yo me quería morir…

Era un puto atún falto de fuerzas y ganas de vivir en una red de la que no se podía escapar clamando al cielo para que algún dios misericordioso lanzase un rayo que le atinara en su estúpida cabeza. Porque, total, ¿de qué le servía?

En fin, doctor, que me ando por las ramas. Qué gracioso, un atún andándose por las ramas… El increíble atún trepador… Perdón.

Ahora, la verdad es que la cosa no está así de mal, he conseguido adaptarme a un continuo esquivar recuerdos dolorosos que se agazapan en cada rincón de mi mente tratando de apuñalarme en los riñones y robarme la cartera. Podríamos decir que he aprendido defensa personal mental, sí. Mi mente era el niño gordo al que apuntas a judo con la esperanza de que deje de parecer una albondiguilla. Ahora es una killer, una ninja que zigzaguea entre  recuerdos que son banda armada hasta los dientes. Pues, como le decía, esto no lo he podido hacer yo sola. ÉL me ayudó. Él fue mi amigo desde el primer cruce de palabras por escrito. Él, con paciencia milenaria, me acunaba con su cariño para que me durmiera esbozando una sonrisa como un sol naciendo entre la tormenta de lágrimas que no le pertenecían, a 400 kilómetros de distancia sentía cómo extendía su mano para tranquilizarme hasta caer rendida… Él, primero con su amistad y después con su inesperado amor, convirtió al atún en sirena de nuevo…

Y, pues nada, que aquí estoy, porque en el fondo sigo siendo un atún atrapado en una red porque no hace más que pedirme que me vaya con él, decirme que seremos felices juntos, que me amará eternamente y nunca permitirá que nada me haga llorar… Pero yo no puedo doctor, no puedo irme y dejarle aquí, solo… Porque él (el otro él, claro) también está solo, atrapado en su propia red… Me necesita… Necesita estar siempre conmigo para que le proteja de sí mismo… Voy con él a todas partes y él, a partir de hoy,  me acompañará siempre a mí. Hoy ha venido aquí conmigo, está feliz de poder ayudarme a superarlo todo porque en el fondo siempre me ha querido y nunca ha sido su intención hacerme daño… Por cierto, ya que es usted médico, aunque éste no sea su campo, ¿podría darme su opinión sobre una cosa?

Sara se inclina y saca un bulto de dentro de la mochila que reposa junto a la pata de la butaca. Está envuelto en plástico negro y, lo maneja con tal delicadeza, que parece que tiene entre las manos un jarrón de cristal de Bohemia envuelto en terciopelo. Mi mirada se distrae con el plástico que cae al suelo. Levanto la vista y unos ojos muertos con el rictus de terror más horrible que he visto nunca me devuelven la mirada. No puedo moverme, horrorizado. Mis ojos van de la cabeza al plástico, del plástico a Sara, de Sara a la cabeza… y en ese bucle me quedo lo que a mí me parece una eternidad, aunque bien podría ser un solo segundo hasta que su voz, perfectamente tranquila y animada, rompe el macabro embrujo.

No me gusta el aspecto que tiene esa heridita que se ha hecho en el cuello, aunque él dice que no me preocupe, que soy una exagerada. ¿Usted qué opina? ¿Es grave, doctor?

 

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