¿Es grave, doctor? – @Macon_inMotion

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El ventilador funcionaba a todo trapo y aún así no impedía que en el taller el calor fuese sofocante. Una pin up tatuada enseñaba las tetas desde su estrado en la página de julio del calendario. Varios trofeos y recortes de periódico repartidos por doquier decoraban el lugar, que olía a aceite y gasolina, a motor y a caucho.
A través de la puerta trasera abierta del taller, la carretera se deshacía por momentos. Las lagartijas buscaban la sombra. Ni una triste espiga del trigal que había en frente se movía un ápice. Algún ladrido esporádico era la única señal de que hay vida en el lugar.
Unos brazos morenos manipulan las tripas de un coche de color naranja fuego, con el número 47 escrito en grande en ambas puertas. Siete estilizadas y brillantes letras en cursiva forman la palabra Mustang bajo cada uno de los retrovisores. El mecánico lleva puesta la parte inferior de un mono de color azul marino lleno de grasa por todas partes mientras que la parte superior la lleva atada a la cintura, dejando ver una camiseta sin mangas igualmente sucia. Se aleja unos pasos del vehículo y deja una enorme llave inglesa sobre una mesa de madera desgastada. Un montón de tornillos y tuercas que hay esparcidos por ahí tintinean y bailan debido al golpe de la llave. El hombre se seca el sudor de la frente con el dorso del brazo y parece reflexionar sin apartar la vista del vehículo. Aparta la vista del coche un instante para dirigirse a un pequeño frigorífico que hay en una de las paredes, junto a un enchufe atestado de cables. Lo abre y saca una Tennents bien fría que, antes de abrir, se pasa por el pecho. Vuelve a mirar al coche con una mezcla de melancolía y tristeza.

Un hombre maduro se acerca por la linde de la carretera, sus botas hacen crujir la gravilla al avanzar. Se cala el sombrero que lleva puesto para protegerse del calor. Drago, el perro que hasta ese momento dormitaba junto a la entrada, se sobresalta un instante al escuchar llegar a alguien hasta que lo reconoce y vuelve a tumbarse tranquilo, protegido del inclemente sol.
Cuando el hombre llega a la puerta del taller observa como su hijo trabaja en penumbra, hurgando en el enorme motor de competición del vetusto vehículo. Después de unos instantes de silencio, imita a su hijo minutos antes y se encamina al frigorífico para buscar una cerveza. El mecánico, su hijo, que se acaba de apercibir de su presencia, da media vuelta y coge la cerveza que había dejado sobre la mesa. Se apoya en el lateral del coche.
El hombre adulto se quita por fin el sombrero dejando ver una densa melena plateada. Ambos se miran. Finalmente el padre traga saliva y le pregunta al hijo: “¿Es grave doctor?”

 

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