Eres raro, me gustas – @asier_triguero

Asier Triguero @asier_triguero, krakens y sirenas, Perspectivas

Hoy se cumple un año de mi torpe llegada a esta ciudad suturada por puentes en torno a la húmeda llaga del río Errobi. Aunque las vea a diario, las casas abigarradas del casco antiguo que parecen competir con sus vecinas por quién es la más vistosa, me siguen cautivando igual que la primera vez. Y qué decir de su gente guapa, fina y con aire sofisticado a la que tan bien le sienta ser europea. Son capaces de sentarse en la hierba de un parque cualquiera dejando el tiempo pasar sin parecer vagos o maleantes; no sé cómo lo hacen para que les quede tan natural. Recuerdo el regusto a pistacho amargo que atravesó mi campanilla aquella tarde de mayo cuando sentí que tal vez aquí, las parejas se amen más que en otras partes. Amargo, verde rabioso y amargo es el pistacho; como amarga es la sensación de verte aún en todas la ventanas.

En todas las ventanas.

Ahora mismo, como cada mañana, desde el balcón de mi pisito alquilado en la Rue Poissonnerie, maldigo la distancia que se coló entre nosotros sin avisar. Todos los días eran el final de algo y todo estaba en mi mente; tuya no era la culpa. Nuestros nombres eran un bucle del que sólo se sale con un trayecto, y buscarlo era la solución. Pero fui cobarde, y huí.

Trabajo en una pequeña librería cercana a mi casa en la que de vez en cuando entra gente despistada a la que le gusta perderse unos minutos entre los estantes y no comprar nada. Les sirvo café y les doy pastas y les sonrío y les hago ver que sé de literatura. Te sonará estúpido, pero todos los días espero que las campanillas de la puerta de entrada me devuelvan tu silueta.

Tintineo…

–Disculpe, ¿tiene primeras ediciones?

Simplemente es alguien. Así todos los días, demasiadas veces.

–Menos de Rimabaud, de todos –contesto.

Se trata de un pequeño chiste que me permito y que espero no tener que explicar. El que ha preguntado es un hombre de apariencia culta que ignora mi gracia y deja que su vista se deslice sobre el polvo de los lomos. Prosigo con mi lectura, una extraña y subterránea edición de “Love is a dog from hell”, de mi querido Bukowski.

Aquella primera semana. Aquella primera semana en la que todo se veía con aire nuevo y virgen y puro. Aquella primera semana en la que te vi asomada a tu ventana con la taza de café en una mano y el cigarrillo en la otra. El resol de una mañana nublada acentuaba tu gesto con un toque enfadado, y yo, en ese momento, pensé que con la arruga que formaba tu entrecejo serías capaz de apartar todos los martes de mi calendario. Me quedé allí plantado, observándote desde abajo, prendado por completo.

Hoy he quedado para almorzar con mi amiga Julia en la otra orilla del río. Cada cierto tiempo nos permitimos el lujo de unas modestas ostras y unos mejillones al vapor regados por un espumoso Cavernet Sauvignon. Julia es mayor que yo y dirige una galería de arte ubicada en una callejuela cercana a la catedral. Cree en el poder del universo y siempre huele a incienso. Si hay algo que le encanta, es aplicar sus creencias místicas a los derroteros que encauza mi vida.

–Aunque no sea ella, estoy segura de que acabará volviendo a tu vida transformada en otra –dice ahora mismo, sorbiendo la cuarta ostra como si cada una escondiese una perla en su interior. Una vez me explicó cómo se las apañaba para saber si un hombre era buen amante dependiendo de la forma en que éste sorbía una ostra. Es bisexual, está divorciada y tiene varios amantes, pero parece haber renunciado al amor en su forma más tradicional. La envidio por eso, ella lo sabe y lo utiliza hábilmente contra mí–. No esperes eternamente a que vuelva, busca lo que ella te aportaba pero en otras mujeres. Dime, ¿cómo era ella físicamente? Se concreto, por favor, quiero una ficha policial.

–Metro sesenta tres, treinta y seis de pie, rubia, ojos claros, delgada y fibrosa, cara alargada, pelo liso y sin antecedentes

Una gaviota alza el vuelo desde el bordillo que da al río.

–¿Qué es lo que más te gustaba?

–La forma en que fruncía el ceño los días nublados.

–¿Sabes la cantidad de chicas que se pueden parecer a ella?

–Y su voz, ese susurro dulce…

–Por Dios, para, no creo que sea capaz de aguantar tanta ñoñería. Sabes lo alérgica que soy al pastel, no me tortures. Simplifica, levanta el ancla, avanza. ¿Aquello acabó, no es cierto? –me mira y yo la esquivo– Mírame, ¿se acabó, verdad?

Cojo un mejillón del balde.

–Sí, pero continuo viéndola en todas las ventanas.

–Joder, es para lanzarte al puto río desnudo. ¿Qué hago contigo? Mira esa chica que va en bici por allí.

Julia comienza a hacerle señas para que se acerque, como si la conociese de toda la vida.

–Julia…

–¡Sólo tienes que estar atento! ¿Quién te dice que esa no puede ser? ¿Y la camarera que nos ha servido el vino? Dónde está… –Se levanta y mira hacia la puerta del restaurante– Maldita sea, abre los ojos, ¡mira esa!

Julia, divirtiéndose a mi costa, cual tripulante de una embarcación que grita ¡tierra a la vista!, señala a una chica que está sentada en el bordillo, mirando al río, próxima a las musgosas escaleras que descienden hacia una orilla llena de mubles. Algo en la expresión corporal de esa chica me obliga a fijar la mirada en ella. Está dando de comer a las gaviotas el pan que le sobra de su bocadillo. Le rodean por lo menos docena y media de aves. Es curioso, no sé cómo explicarlo, pero me da la sensación de que conoce a alguna de ellas de aventuras anteriores. Bebo vino mientras la observo. Cara redonda y pálida; el despreocupado recogido que luce su pelo le aporta autenticidad.

De pronto, el inesperado bocinazo de un autobús asusta a sus amigas y éstas salen volando en bandada provocando un caos plumífero cuya consecuencia fatal es la pérdida de equilibrio de la chica, precipitándose al río.

–¡Dios Santo! –exclamo, y salgo despedido en su ayuda.

Julia se queda en la mesa comiendo ostras y mejillones y bebiendo vino, como quien deja un rato de intimidad a unos jóvenes amantes.

Recuerdo cómo te saqué de las frías aguas del río y cómo presioné el corte de tu ceja para que no sangrase más. Recuerdo cómo esperé en la sala del hospital y después junto a tu cama, especulando acerca de tu vida y degustando la tranquilidad que el pronóstico médico había arrojado contra mi pecho. Ibas a despertar, no había sido nada grave. El desafortunado incidente nos había juntado en torno a la misma cama. Recuerdo que abriste los ojos y me miraste de una forma muy graciosa, como preguntándote qué narices hacía yo allí, y antes de poder explicarte nada, siquiera de decirnos nuestros nombres, dijiste: “eres raro, me gustas”.

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–Cariño, hemos quedado dentro de media hora con Julia para comer, ¿Qué haces?

–Sí, enseguida, Adele –así te llamabas, así te llamas–. Estoy terminando una cosa.

Lo que estoy terminando es este relato.

Hoy se cumple un año desde que te vi dar de comer a las gaviotas. Hemos decidido iniciar una especie de ritual de celebración de nuestro aniversario. Quedamos a comer los tres en el restaurante a borde del río en el que nos conocimos y después Julia da una fiesta en su galería de arte con el lema del Karma.

Hoy no he abierto la tienda. Puede que comience a creer un poco en la energía del universo y esas cosas. Adele tiene un retraso de cuatro días.

Bayona, 20 de Agosto de 2014.

 

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