Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones – @LaBernhardt

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Erecciones.

Yo siempre quise hacer “un amor lento y sombrío y maravilloso”, como el que escribió el maestro Bukowski. Leí tantas veces esa frase que, y que me perdone la literatura, la hice mía antes de los 25.
Debajo de las sábanas de mayo me corría, quedándome con lo mejor de la noche anterior y eso solía ser el momento increíble en el que el tío que me gustaba se me acercaba tanto que podía notar cuánto de duro estaba.
Me corría recordando el previo porque muchas veces lo que pasaba era nada o tan rápido que nada pasaba. Supongo que en esa época descubrí que no me irían las mujeres precisamemte por la ausencia de polla.
Una de esas noches de mayo me lié con un tío de un pueblo Y sucedió algo novedoso; nos besábamos en un bar y cuando quise salir de allí, me retuvo: se me baja si no follo en sitios llenos con gente.
Supongo que a ciertas edades es la hostia follar en el lavabo de un bar y supongo, también, que a ciertas horas y con bastante alcohol en el cuerpo, es lo esperable. El tema es que ya no estámabos en esa edad, ni era tanta la borrachera ni mucho menos, yo esperaba acabar follando en un lavabo sucio pero como las cosas a veces pasan sin más, allí acabamos.
Bueno, él sí porque yo no. Me ponía muy nerviosa estar follando en un habitáculo con una puerta sin pestillo. Yo acabé en casa y esa noche se incorporó a la memoria de mis dedos.
Lo volví a ver fuera del bar y estuvimos un tiempo juntos. No lo hacíamos siempre en servicios de bares, que vaya asco me da, tío, que yo prefiero ir a la playa o que lo hagamos en tu coche. Y en qué hora lo dije porque desde ese día, probé asiento delantero y trasero hasta hartarme. Me ponía verlo cuánto le ponía hacerlo donde no se debe.
Las primeras semanas, más. Luego quise ir a su casa pero el tema de hacerlo en sitio con gente dejaba fuera de catálogo a los padres y él vivía con ellos. Y menos que sus temas eréctiles no necesitaban cercanía de los progenitores porque en ese caso yo creo que por ahí ya no hubiera pasado.
Empezamos a ir a mi piso pero le costó. Yo compartía casa con 3 compañeros, llevábamos horarios muy dispares y las puertas, todas, tenían pestillo: teniendo un sitio tranquilo para follar, las erecciones de Tomás comenzaron a caer.
No he comentado algo vital; era un grande en la cama y cuando digo grande mejor pensad en muy, muy grande. Recién hacía unos meses que yo había tenido una breve relación con un micropene y como soy una señora tan solo diré algo: todo muy traumático. Así que Tomás era un grande y lo hacía y lo tenía todo así.

Eyaculaciones.

Supongo que todos nos guardamos frases hot que hemos oído o leído y las soltamos cuando estamos en todo lo nuestro. Yo también las tengo pero no he venido aquí a contarlas, vaya, que aquí el protagonista es mi ex novio de las erecciones especiales; el de las eyaculaciones curiosas.
Cuando Tomás se iba a correr me buscaba la boca y me pedía que lamiese la lengua, oye, que cada uno es de su padre y su madre y a cada quién nos gustan según qué cosas.
Con las bocas así, aquello era un reguero de saliva y justo cuando se iba acercando el momento me decía “te voy a llenar el coño de lefa”, expresión que yo hubiera guardado en mi cajón de próximas pajas porque me ponía pero que lo único que conseguía era hacerme morir de risa porque el coño, no sé, pero la boca la tenía a reventar de saliva.
Y él se corría, sí, y a veces yo también, pero pocas porque era más la necesitad de reír a carcajadas que de gemir de placer.
Sí, y todavía seguí con él un mes más.

Exhibiciones.

Ir al gym es algo bueno, sano. El mundo entero debería probar sus virtudes y venir a contármelas a mí porque nunca he pisado uno.
A mi amante le apasionaba el mundo de las mancuernas y demás.
Parte importante de su tiempo nos lo pasábamos en el gym y yo. Allí podía exhibirse porque estaba bueno de morir. Lo hacía con la misma facilidad con la que pides un cuarto y mitad de jamón en la charcutería. Yo me reía pero no porque a su lista de excentricidades, se le unió el espejo y ya éramos La Santísima Trinidad en la cama. Compró en Ikea uno tan grande que no sé cómo lo metió en mi habitación pero no sé quién lo sacará de allí cuando el nuevo inquilino decida irse de la que fue mi casa.
Desde que llegó, solo lo hacíamos delante del espejo, como una suerte de madrastra de Blancanieves que renaciera corriéndose delante de él.
Debes endurecer gluteos y abdomen, me dijo dejándome en la ducha. Y yo, que soy lenta en irme pero que cuando lo decido no doy marcha atrás, puse música y me duché al ritmo de “Normandía y Alcora” y quise estar dentro de esa canción preciosa y no salir hasta que Tomás fuera recuerdo en mi vida pero no pasó porque cuando salí del baño, el idiota seguía allí.
—¿Quién puede exhibirse así en una canción, ahí, contando la historia de su amigo, el que murió? Y encima es que es mala de cojones la canción, cariño. No entiendo cómo te gusta pero me encantan tus cositas y tus libros raritos. Cogió el volumen de Cuentos de Bukowski, sonrió.
Lo dejé por sus erecciones, sus eyaculaciones y sus exhibiciones. Porque tenía un gusto musical pésimo y porque me llamaba cariño.
Estoy segura que Bukowski también lo hubiese dejado.

 

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