Entre bambalinas – @LaBernhardt

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Hacer las cosas a escondidas huele a terciopelo granate y tarima. Huele a escenario, a literatura, a lágrimas y a besos. Y aunque casi no lo recuerde, hubo un tiempo en el que viví allí, entre esas bambalinas; las que esconden los mejores secretos, las de los actores. Luego, cuando me hice mayor, cuando pasó aquel año que duró todo un abril, supe que las bambalinas que me vieran crecer como actriz ya no serían las mismas.
En aquella época no pisaba el escenario, no. Todavía era una tímida que sólo se encontraba bien detrás del telón: maquillando, vistiendo a los actores, dejando los camerinos listos, ordenando guiones…
Todavía contaba cuentos al espejo de mi baño, a puerta cerrada y sin público.
Todavía creía que el trozo de tela que pende del techo del teatro puede esconderte del mundo.
Pasó en aquel teatro de abril que conocí a un actor encantador y con un tatuaje imposible en su espalda: «I didn’t drink to forget, I just drowned to do it», la frase más tremenda del mundo, de O’Brien.
Una tarde, en el general de «Luces de bohemia», entré en su camerino con los cambios de última hora: Max Estrella no entonaría su «Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas»: no cabía esa frase porque no cabía un espejo en el escenario. Jodía la iluminación, decían los técnicos.
Yo, portadora de malas nuevas, fui a comunicarle esa amputación. Sonrió al espejo. Me vio mirar su tatuaje
-El gran O’Brien, titiritera- le dijo a la chica morena que había aparecido en el espejo y esa voz me recordó, irremediable, a alguien que me acababa de doler millones y salí dando un traspiés del camerino. El guión, creo, fue directo al suelo.
Me apoyé en la pared, a dos pasos de ese cuartucho, y hasta mí llegó un «Me cago en Dios, os habéis cargado el alma de Sawa»
Sonó mi risa en mal momento, pero ¿cómo no ser feliz?: ese actor tatuado de O’Brien se acordó de Alejandro Sawa, me había llamado titiritera y, mierda, sí: sonreía mi corazón.
La noche del estreno subió al escenario, borracho y sublime, y no hubo un Max Estrella mejor porque en él vivían todos los dolores en alcohol que yo, con 20 años, podía llegar a entender.
Durante el tiempo que estuvo en cartelera la obra de Valle Inclán, espié sus ensayos y sus lecturas en el camerino y, qué cosas, fui testigo del terror, casi masticable, que mi actor borracho sufría antes de cada representación. Yo era una sombra, testigo mudo de ese drama que nunca – o casi- debe pisar las tablas. Se acostumbró a mi presencia y en lugar de disimular, me mostraba el secreto de sus miedos, entre bambalinas.
Pasó que una noche no vino a verlo actuar alguien y nunca supe si se trataba de hombre, mujer o empresario. Sólo sé que ese hueco en la fila cinco, derecha, del patio de butacas rompió a mi Max Estrella.
Terminó la representación, la temporada, el cartel: aplausos, risas, besos y soledad.
Soledad, sí, porque sólo quien se desliza entre bambalinas después de una actuación sabe cuánto vacío se respira allí después de la borrachera de adrenalina y aplausos.
Y entre tanta sombra, lo escuché llorar. Me acerqué a su espalda tatuada y apoyé mi mano. Tuve miedo, pero no me moví. Me miró, «la chica del espejo sale de las sombras sin avisar», me dijo, y entre lágrimas, sonrió.
-Te escribiré un cuento y te meteré en él; allí nada te hará llorar, le dije.
-Los cojones; yo no soy hombre de cuentos. Ni de lágrimas, hostias, es que hoy me has pillado poco borracho. Lo que yo quiero es que te subas a un escenario y saques toda esa vida que llevas dentro. No me jodas con que no eres actriz porque he notado cómo me llorabas detrás de esta puerta cada día y cómo ,en cero coma, has sabido entrar sonriendo para darme los guiones. Puta actriz que llevas el teatro en el coño y en el corazón»
Él ya no lloraba pero yo, sí: «lo haré si vienes a verme», le dije.
-Te lo prometo, titiritera- contestó.
Amaneció la resaca de «Luces de Bohemia» un domingo feo y lluvioso; un clásico de la depresión. Era mi día libre y no fui al teatro. Cuando llegué el lunes, supe que mi actor roto no volvería: su compañía marchaba a Salamanca. También me enteré que ya no necesitaban a nadie en atrezzo: o sea, que yo, a la calle. Otro puto clásico de la depresión: los lunes cambia el mundo sin contar contigo, amiga.
Esa misma semana, me presenté a una audición para «Los ochenta son nuestros» y me cogieron. Y desde hace 20 años, en cada obra en la que actúo, en cada teatro en el que vivo, hay una butaca: fila cinco, derecha, reservada a nombre de Max Estrella.

Nunca la ha ocupado nadie.

 

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