Entre bambalinas – @Contradiction_

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Aplausos.

Baja el telón. Más aplausos. Salgo de nuevo y saludo. Ya me puedo marchar.

Entre bambalinas sigo oyendo los aplausos, los cuchicheos, las felicitaciones y los ‘esa es mi chica’ que hablan más de ellos que de mi.

La verdad es que hago de heroína tan bien que a veces casi me creo que lo soy.
Mi traje de súper héroe no es nada del otro mundo, a decir verdad cualquier cosa negra en superposición de algo aún más negro me vale. La máscara a veces me falla pero intento que esté reluciente el mayor tiempo posible. La sonrisa en momentos claves ayuda mucho, tengo que reconocerlo. Una vez aprendes a utilizarla como escudo, es inquebrantable.

Voy toda de negro cuando menos vulnerable me siento, cuando más fuerzas tengo, es otro de los escudos, es mi firma. En cuanto puedo soltar un poco las riendas o me siento vulnerable escojo un color alegre, siempre cumple su función, distrae la atención de mi. El negro no es triste, nunca he entendido esa comparación, los colores en cambio si, son tristes y absurdos, son el paripé de la naturaleza para disimular que es imperfecta.

Cuando por fin llego al camerino me toca quitarme todo, no me gusta esta parte, no me gusta tener que reconocer que no puedo con todo. Que tantas exigencias acaban con la poca energía que las poquísimas horas de sueño me aportan.

Dormir es una pérdida de tiempo y quejarse otra. Nadie quiere a un quejica a su lado. Es una lección que aprendí en el peor momento, quizá en el único momento en mi vida en el que he demostrado ser total y absolutamente vulnerable. Aniquilable.

Si, en ese preciso instante, cogieron todo ese poder y lo usaron contra mi. Nadie debe saber que eres vulnerable, nadie debe saber que puede destrozarte. Nadie jamás debe verte llorar. Lo tengo grabado a fuego en el alma.

Cuando tienes que reconstruirte pasa algo muy extraño. Sabes quién eras y las piezas parecen estar ahí pero ya no cuadra ninguna. Te toca volver a conocerte y no es agradable, no, al contrario, duele como si cada hueso de tu cuerpo se estuviera fracturando en millones de diminutos pedazos que se clavan en cada parte de tu cuerpo capaz de sentir. Y ahí aprendí lo de la sonrisa.

Qué ilusos pueden llegar a ser los espectadores de la función. Sonríes y de repente parece que nadie ve esos ojos pidiendo auxilio desesperadamente, nadie nota cuando escapas de la función dando un salto mortal hacia lo más peligroso y estúpido que encuentres con tal de que te proporcione ese chute de adrenalina que servirá como morfina un par días más, incluso una semana si tienes suerte. Esa sonaría que esconde todas tus penas, todos tus suicidios y que no te deja declarar que llevas el corazón en modo kamikaze.

Héroes y heroínas no somos para tanto. Sufrimos, lloramos, sentimos miedo y de vez en cuando os mandaríamos a todos a la mierda. No os ofendáis de verdad, la mayoría del tiempo estamos bien con el papel de serviros de salvavidas, amigos, hermanos, hijos, profesionales intachables y cerebritos inteligentísimos, pero otras simplemente nos gustaría ponernos el pijama más colorido del mundo, el moño más feo y desecho, coger un cigarro y deciros abiertamente que todas vuestras expectativas nos importan un carajo. Que busquéis otro que se pegue con vuestros demonios y nos dejéis en paz jugando con los nuestros.

Y es que esa es la diferencia. Yo he aprendido a jugar con mis demonios, a mimarles y quererles. He aprendido de la oscuridad todo lo necesario para dejar de tenerle miedo a la luz. Pero vosotros no, le tenéis miedo a lo contrario, tenéis miedo a que las cosas no salgan como esperabais, a fallar, a llorar, a sufrir, tenéis miedo a vivir. Tenéis miedo a querer porque habéis visto a gente destrozada por el amor.

No tenéis ni idea de lo que es el amor. No le tendríais miedo si lo supierais.

Tampoco tendríais miedo del dolor o de la tristeza si alguna vez os hubierais permitido el lujo de sentirlas. Si alguna vez hubierais bailado con ella.

Oigo los gritos. Me toca vestirme. Otra función. Ahora toca apagar el fuego de algún problema que no es tal pero que se ha hecho con el control de la vida de alguien.
Mierda. La sonrisa.

Ya está. Toda de negro, sonrisa intacta, buena cara, palabras amables, algún abrazo de repuesto y que empiece la función.

Qué nervios, si lo hago bien quizá me cambien el papel. Estoy deseando que algún día me toque ser espectadora mientras otro intenta salvarme a mí.

‘Tienes el corazón en modo kamikaze pequeña’

 

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