¿En tu wifi o en el mío? – @candid_albicans + @IAlterego84

Candid_Albicans @candid_albicans, @IAlterego84, krakens y sirenas, Perspectivas

El aroma a café recién hecho se cuela debajo de las sábanas como un amante insolente que sabe que no ha sido invitado, pero que siempre apetece. Invitados, amantes… Siento el impulso de levantarme de un salto, ignorar el otro lado de la cama e ir corriendo, literalmente, a la cocina a servirme una taza y ahogarme en ella. Sin embargo me quedo quieta, respirando flojito ante la duda que me asalta. Hago memoria. Música, mi compañera de piso, yo y tres amigos de ésta. Nos quedamos en casa y por lo poco que recuerdo, se nos fue la mano con los tequilas y la cerveza. Dudo. Mierda. Con los ojos cerrados todavía, muevo indecisa mi mano hacia el lado opuesto de la cama. Nada. Estiro lentamente una pierna, con miedo a encontrar otra por el camino. No hay nada, sólo el tacto de las sábanas frías. Nadie ha dormido aquí. Respiro aliviada.

Mi compañera de piso me dice algo acerca de que se va durante unos días por motivos de trabajo, que tenga cuidado con quien meto en el piso y bla, bla, bla… la cantinela de siempre. Yo le sonrío. Vale, mamá. Le guiño un ojo, le digo que se tranquilice y la abrazo deseándole buen viaje.

La dejo terminándose su café mientras me ducho. Una ducha escocesa, un ibuprofeno, un café bien cargado y como nueva. Una camiseta de los Rolling y unos calcetines gruesos como única indumentaria para este domingo de sofá, mantita y lectura. Nada de salir. Nada de alcohol. Apago el móvil. Nada de chicos. Domingo depurativo, podríamos llamarlo.

Llaman a la puerta. Olaya se acaba de ir, seguro que se ha dejado las llaves de casa, o el móvil, o algo. No sería la primera vez. Abro de par en par, segura de que es ella. En su lugar me encuentro con el chico del piso de arriba. Me mira tímidamente desde detrás de sus gafas de pasta negras, haciendo un esfuerzo por no bajar sus ojos en dirección a mis piernas. Me doy cuenta y le sonrío. Camisa blanca remangada, corbata negra, un portátil bajo un brazo tatuado. Chico malo con pintas de no haber roto un plato. Hola, ¿qué tal?

 

Me siento incómodo, la situación parece sacada del argumento de una peli porno de estas de los 90. El fontanero, el repartidor pizzas… Aprieto el ordenador contra mi cuerpo al oír pasos al otro lado de la puerta, antes de que se abra y aparezca ante mí una mujer con una camiseta de andar por casa amplia y nada más, por lo que puedo ver.

Trago saliva y tartamudeo un poco. Debo parecer gilipollas, aunque su sonrisa me hace pasar el trago mientras intento no perder de vista sus ojos. Son verdes, y la luz del sol que entra por la ventana del descansillo hace que parezcan del color de las aceitunas. Creo que me estoy deleitando demasiado con esto de las licencias poéticas. Carraspea y levanta una ceja, apoyándose en el marco de la puerta. Titubeo y siento las palmas de las manos sudorosas. La carcasa de mi Acer presenta cercos de húmedos. Resoplo y empiezo a hablar tras colocarme las gafas en un acto involuntario. La voz me sale aguda, nerviosa, cuando le explico que en mi casa se ha caído el wifi, que me dedico a esto de escribir y tenía que mandar unas correcciones a mi editor en las que he estado trabajando toda la noche…

Su respuesta se hace esperar, pero a juzgar por la forma en que me mira y lo que dice su lenguaje corporal, me cree indicándome con la mano que pase. No me lo pienso dos veces, obedezco y me paro nada más entrar. Supongo que la distribución de la casa será idéntica a la mía, pero me siento incómodo. Ella cierra y se gira hacia mí. La sonrisa no ha desaparecido, si no que ahora es más amplia. Franca. Directa. Las palabras de Oscar Wilde retumban en mi cabeza con eso de un escritor es alguien que ha enseñado a su mente a portarse mal, cuando pasa por delante de mí dejando a mi alrededor una atmósfera que huele a sueños y deseos, entremezclada con el penetrante olor a café que escapa por la puerta de la cocina.

 

Creo que he asustado al pobre chico. Se ha quedado parado en medio del recibidor sin decir ni mu. Joder, que no muerdo. Casi se lo digo, pero menos mal que me contuve a tiempo. No parece que venga con segundas intenciones, ni yo tengo ganas de dar pie a nada de lo que luego me pueda arrepentir. Cuando entro en el salón casi me sonrojo al comprobar que todavía siguen sobre la mesa la botella de tequila, los vasos, un montón de latas de cerveza y un cenicero lleno de colillas. — Disculpa el desorden, ayer tuvimos visita. Sonrío mientras me ato el pelo en una coleta y me dispongo a recoger rápidamente para que él pueda apoyar su portátil. Para romper un poco el hielo le ofrezco un café o una cerveza y le facilito la contraseña del WiFi. Cuando se lo diga a Olaya me va a montar un cristo y con razón.

 

Entro en el salón detrás de ella, tratando de mantener mi vista en su nuca. Es difícil, pero joder, lo primero es lo primero. Además, ¿cómo iba a pretender una tía como ella, algo con alguien como yo? Suena a tópico, pero la verdad es esa. Mi último descalabro aún está demasiado reciente, y hay heridas que tardan en curar. Y cuando parecen que lo han hecho, sólo habían cerrado en falso. Con lo que todo ello acarrea…

Ella me mira levantando una ceja. Parece dudar. Está plantada en mitad del salón, debajo de una lámpara que parece una araña de otra época, y que pone de manifiesto la condición de alquiladas de las que viven allí. Eso, o que sus gustos son un tanto decimonónicos. Aunque, a juzgar por la sonrisa pícara que asoma a sus labios cuando me pregunta que si quiero tomar algo, me decanto por lo primero.

Dudo. Las opciones son dos. Cerveza o café. Las dos me tientan, pero necesito tener la cabeza despejada. Centrarme en lo que tengo que hacer. En mandar a mi editor las últimas correcciones de mi novela, y pensar en las vacaciones que me merezco. Ese descanso tan necesario para apagar las neuronas y vivir la vida, un poco al menos. No todo va a ser trabajar y martirizarme con todo lo que ello supone. Una playa… Vivir un tiempo sin estar pendiente del móvil o el correo electrónico… Puestas de sol…

Una tos forzada me hace volver al presente, y dejar a un lado la película que me estaba montando. La miro, tratando de descifrar lo que quiere decirme. Al fin caigo en ello, y pido café. Solo y amargo, por favor, añado, jugando con la muletilla clásica de: como yo, pero eso me lo guardo para mí y me siento, tal y como ella me ha dicho. Es hora de encender la maquinaria y empezar a darle a la tecla.

 

Lo observo desde una esquina del salón, mientras hago que leo algo en el móvil y me tomo el segundo café de la mañana. Está tan absorto en su trabajo que creo que se ha olvidado de dónde está. Me gusta como frunce el ceño y se lleva el dedo índice a los labios, dándose toquecitos. Si he de ser sincera, me sorprende estar a solas en casa con un hombre y que éste no se me haya insinuado ni siquiera con la mirada. Me siento cómoda y a la vez tan superficial por pensar que las relaciones entre hombres y mujeres se tienen que limitar a lo de siempre: atracción sexual. Un polvo y si te he visto no me acuerdo. O si me acuerdo lo hago de vez en cuando por WhatsApp para lo que ambos sabemos. Él levanta los ojos hacia mi, sorprendiéndome con la mirada clavada en él, absorta en mis pensamientos. Me sonríe y me lo tomo como una invitación para sentarme a su lado. — ¿Puedo saber qué escribes? Nada de coqueteos. Nada de abanicar las pestañas.

 

La pregunta cae como un jarro de agua fría. Suena sincera, a interés verdadero. Miro a la chica y sus ojos confirman mis teorías. Sus iris verdes tienen unas motas que se me antojan de derrota. El desorden de la habitación parece confirmar mis teorías. Trago saliva y doy un sorbo de café. Amargo, fuerte. Me gusta. Palmeo en mi pantalón buscando el tabaco, pero no hay suerte, me lo he dejado en casa. Doy otro trago, y me giro hacia ella. Una ventana emergente en la pantalla del portátil me dice subiendo archivos. Hay tiempo. Un clavo saca a otro clavo, decía mi abuela. La mejor palabra es la que nunca se dice escrito en siciliano es lo que pone en mi brazo izquierdo, justo donde arranca la manga de mi camisa remangada. Bonito dilema, pienso. Apuro el café de un trago y miro los posos, como leyendo el futuro en ellos. Después, dejo el portátil a mi lado y abro la caja de Pandora. Si soy capaz de sincerarme con mis propios demonios delante de una hoja en blanco, ¿por qué no hacerlo frente a esa sonrisa que me está dedicando y que parece invitar a la calidez de un abrazo frente a los restos de un naufragio?

 

Son las 15:30. Sobre la mesa los restos del sushi que hemos encargado y un par de latas de cerveza vacías. En el sofá, todavía sentados, él y yo. Dos extraños mirándose con el asombro de reconocer parte del uno en el otro. Distintas vidas, distintos caminos, y aún así mismos miedos, misma soledad autoimpuesta que termina colmando de vacíos un vaso que debería estar lleno de plenitud.

Siento la tentación de besarle y de llevármelo a la habitación, no voy a mentir. Durante unos segundos me quedo muda, observando la curvatura de sus labios, para encontrarme acto seguido con sus ojos humedecidos por unas lágrimas que no aciertan a salir. Y así nos quedamos, en silencio, mirándonos. Me encantan los silencios que hablan solos, cuando las palabras solamente pueden entorpecer la comunicación.

 

Miro el reloj. El tiempo ha pasado volando. Siento una extraña conexión con ella, aún cuando no sé ni cómo se llama. Confusión. Trago saliva e improviso una despedida atropellada. Ella me mira, sonriendo. Sus ojos parecen querer decir algo que no llega a pronunciar. Pondría la mano en el fuego a que es lo mismo que los míos deben transmitir.

Me acompaña hasta la puerta. Dudamos. ¿Un beso?, ¿un abrazo?… Lo único que soy capaz de decir es un gracias por el café… y todo lo demás. Después, me doy la vuelta a toda prisa, como un niño nervioso porque la chica de las coletas que tanto le gusta le ha sonreído. Me paro y, ruborizándome, sí me estoy ruborizando, acierto a decir algo que me arde en la boca. Un cuando quieras, repetimos esto.

Ella me dedica una mueca que no compromete a nada, antes de despedirse de mí guiñándome un ojo y añadir:

— Cuando quieras. Eso sí, ¿en tu wifi o en el mío?

Después, cierra la puerta justo en el momento en el que la luz del descansillo se apaga y la sensación de soledad y derrota de la que he escapado durante unas horas, vuelve a asediarme mientras empiezo a subir los peldaños con la cabeza en otro sitio.

 

Visita los perfiles de @candid_albicans y de @IAlterego84