En teoría – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Llevo horas escuchando el sonido de las gotas de agua cayendo sobre algo metálico. No es lluvia, su olor no es fresco y el ritmo al que caen me sugiere que debe ser una tubería picada.

Plic-Plac-Plic-Plac… Me estoy volviendo loca.

Fuera se escuchan pasos y voces en árabe que no dejan de gritar. No veo nada, la tupida tela que han usado para tapar mis ojos apesta y no estoy segura de estar sola en la habitación donde estoy secuestrada. Creo que hay alguien más, me parece percibir una débil respiración cerca de mí y palpo el suelo con mis pies para buscarle… Nada, debo estar alucinando.

Desconozco cuántas horas llevo encerrada aquí desde que me secuestraron a escasos metros del hotel donde me alojo. No tengo dinero, no soy política ni una magnate de los negocios. No soy famosa ni soy nadie importante. ¿Qué pretenden conseguir con mi secuestro? Es irónico, nadie va a dar un duro por mí, ya que nadie me espera en casa y probablemente nadie me estará echando en falta. Estamos en julio y hasta que no empiecen las clases nadie notará la ausencia de la conserje.

Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac… Malditas gotas.

Me duele la espalda y tengo las piernas agarrotadas por no poder estirarlas. Esta habitación ha de ser pequeña, ya que puedo tocar las cuatro paredes. Qué estúpida soy…
¿Cómo he podido creer que había alguien más en un espacio tan pequeño?

Mis secuestradores parecen agitados. Distingo cuatro voces distintas y ninguna me parece la de los dos encapuchados que me arrastraron a punta de pistola hacia el interior de una sucia y vieja furgoneta. Me taparon la cabeza enseguida, pero pude contar los segundos hasta aquí. Estoy exactamente a 7328 segundos de mi libertad.

Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac… Nunca dejan de caer.

Dos voces más, ya suman seis, y sigo sin reconocer ninguna ni entender nada de lo que dicen. Ahora parecen más serenos, hablan entre ellos, en orden y en tono suave, como si pretendiesen ocultarme un secreto.

– ¡¡No os entiendo hijos de putaaaaaaaa!!

Les grito y después guardo silencio esperando que alguno de ellos entre y me pegue un tiro. Pero nada, siguen hablando como si les importase una mierda mi existencia.

Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac… Por favor, que alguien las detenga. Pero ellas también parecen ignorarme y siguen cayendo. Torturándome.
Las cuento. Plic, dos segundos, plac. Plic, dos segundos, plac; y así hasta acabar con mi puta cordura y mi consciencia.

He debido dormirme, aunque ni de eso puedo estar segura. Las voces del exterior se han silenciado y tan solo se escuchan ronquidos y una radio, o televisión, en un volumen apenas audible. Tampoco entiendo lo que dice.
Me duele el cuerpo. Mis manos aferradas a la espalda parecen totalmente insensibles y tengo las piernas entumecidas. Necesito moverme, ponerme en pie, pero sé que no voy a conseguirlo y ni me molesto en intentarlo.

El ruido lentamente recupera el dominio sobre el silencio y de nuevo la habitación exterior se pone en marcha. Pasos, voces y portazos empiezan a hacerle compañía al plic-plac que nunca cesa.
La puerta se abre y unos brazos agarran mi cuerpo para sacarme de la habitación y por fin mi culo se separa del suelo. Me arrastran no sé hacia dónde y agradezco tanto dejar de oír el sonido de las gotas de agua que a punto estoy de sonreír, pero, en lugar de hacerlo, mi cabeza empieza a repetir el plic-plac que me enloquecía. Malditas gotas.

Se detienen y, por fin, una voz que conozco se dirige a mí:

– Buenos días, señorita García. Volvemos a vernos.

Y tras decir esas palabras retira la gruesa tela de mis ojos y me reencuentro con el doctor que hace dos días me asistió en urgencias.

Le miro asombrada y debe entender el idioma que hablan mis ojos, porque enseguida responde a las preguntas que aún no he pronunciado.

– Sé que no entiende qué está ocurriendo, señorita García, se lo explicaré brevemente. Solo es mala suerte, la suya. No es nada personal, tan solo queremos su hígado y le prometo que, tras cogerlo, haré lo posible para que usted siga con vida. Tranquila, terminaremos pronto… Apenas se dará ni cuenta.

Y, sí, no me daré mi cuenta porque inmediatamente colocan sobre mi nariz y boca un pañuelo con algún tipo de anestesia y, mientras me estiran sobre una camilla fría, no puedo evitar pensar que este no era el viaje que, en teoría, la agencia de viajes prometía.

Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac-Plic-Plac… De nuevo en mi cabeza mientras se cierran mis ojos.

 

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