En ningún lugar – @netbookk

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

Sintiendo como las gotas de sudor resbalaban perezosas por mi espalda en medio del calor sofocante de Julio, bajé de la escalera una vez más rodeado por el zumbido de las abejas que rondaban, incansables, la parra del patio. Me daba ánimos darme cuenta que ya quedaba muy poco por hacer; después de tanto trabajo, una ultima mano de pintura y la fachada de la vieja casa en la playa, quedará como nueva.

Agobiado por el fuerte sol de mediodía, me siento a la sombra de la parra, a beber una cerveza fresca y contemplar satisfecho mi obra casi acabada; no he podido evitar el movimiento inconsciente de meter la mano en el bolsillo del pantalón para sacar un cigarrillo… después de tantos años de fumador que intenta dejarlo, aún hay ocasiones en las que me delatan las viejas costumbres, esas a las que es tan difícil renunciar voluntariamente. Por supuesto que, desde entonces, ya no llevo tabaco encima. Resignado me recuesto contra la pared, mientras me dejo acunar por el ruido de las chicharras, pensando que después de todo, las cosas no habían salido tan mal.

Al principio pensé que me costaría mucho trabajo dejarlo todo más o menos arreglado: la vieja casa volviendo así a la vida, después de tantos años de injusto abandono y olvido. Nadie de la familia había querido ocuparse de ella. Incluso creo que algunos de mis primos, esos a los que con suerte veía dos veces al año: en verano y en Navidad, se sorprenderán cuando sepan que todavía está en pie. Lo único malo es que hayan tenido que ocurrir tantas desgracias para que pudiera volver aquí, pero ahora que veo la obra a punto de terminar estoy contento y, dado que el abuelo mantuvo su promesa, me encargaré de que esta vieja casa vuelva a tener vida.

Por fin podré estar seguro de tener algún sitio donde poder volver a refugiarme en caso de un nuevo naufragio. Lo cierto es que me había divertido haciéndolo, aunque cuando me lo propuso – ¿hace ya dos años? – lo consideré todo un reto. Tenía demasiado frescas en mi memoria las cicatrices, los recuerdos, los sonidos del accidente, el dolor….

En un instante pasé de no querer lo que tenía al alcance de mi mano, a perderlo absolutamente todo. Una luz, gritos, cristales… atravesé un vació oscuro, frío y tan solo mucho tiempo más tarde tuve la oportunidad de darme cuenta de qué y quien era, en realidad, lo que yo más quería.

– Ahora tendrás tiempo para dejarla habitable – me dijo el abuelo, cuando vino a verme. Todavía puedo recordarlo vestido con una de esas ridículas batas verdes mirándome triste desde el otro lado del cristal de la UCI y después, cuando le dejaron entrar, dejando caer su mano arrugada de tanto sol y tanto mar sobre mi brazo, intentando darme ánimos con ese gesto sencillo, íntimo…

– Si eres capaz de ponerla en condiciones: te la regalo – me dijo -. Tú sabes que yo ya soy demasiado viejo para volver allá y como el médico te ha recomendado hacer algo de ejercicio y aire puro, ahora es el momento ideal para hacer esas obras que tanto tiempo he tenido en la cabeza. Me sabe mal que la casa donde nació tu abuela, se esté cayendo de puro abandono. Tan bonita que era, tan felices que fuimos allí… – me contaba cabizbajo, con la mirada triste enfocada hacia el pasado.

Cuando salí del hospital y pude ir a visitarlo a la residencia donde vivía, volvió a insistirme en la idea de arreglar su vieja casa. Le veía disfrutar soñando en voz alta, mientras sentados en un banco del jardín disfrutábamos del atardecer. Siempre acababa con los ojos humedecidos por el recuerdo de todos los años felices vividos con mi abuela en aquella pequeña casa junto al mar. En ningún lugar fueron tan felices… Su mirada, perdida mucho más allá de los muros que rodeaban aquel jardín, me permitía observar a través de él como si me asomara a una cálida ventana abierta a los recuerdos desde donde podía ver pasar todos los años que habían transcurrido desde mi niñez.

A pesar del frío que reinaba en el jardín de la residencia, era una sensación cálida y reconfortante poder tenerle allí cerca, tan pequeño y arrugado pero, a la vez, tan entero y soñador como siempre. Intentando convencerme de su idea, como si supiera en el fondo de su alma que la vieja casa podría ayudarme a salir del oscuro agujero donde se había instalado mi ánimo y, a la vez, aprovechar nuestro trabajo cerrando algunas viejas heridas dentro de nuestra familia. En el fondo lo que mi abuelo quería era ayudarme, como siempre, y de paso darles una lección a algunos papanatas que creyéndolo un viejo chocho lo habían “aparcado” en ese asilo.

Luz, espacio en blanco. Otra luz, otro espacio en blanco, y otro, y otro más... Me muevo y escucho ruidos a mi alrededor. Manos que me tocan, que me arrancan la camisa… oigo gritar a alguien. Pasa gente corriendo.. Algo no me deja respirar, o me ayuda, no estoy seguro. Los párpados se me cierran, pero hay una luz blanca que me ciega. un enorme cansancio me cierra los ojos, lentamente…

Debo de haberme quedado dormido. Abro los ojos y veo que ya casí son las tres y aunque hace demasiado calor, no se está nada mal debajo de la parra… en estos momentos de tranquilidad es cuando más me apetece volver a tener un cigarrillo entre los dedos y un poco de humo azul flotando, perezoso, en el aire delante de mi. Me encuentro tan a gusto que es casi imposible resistirse al dulce sopor que, de nuevo, va invadiéndome lentamente, haciendo cada vez más difícil y dura la tarea de mantener los ojos abiertos. Entre la bruma que baila delante de mis pesados párpados, van desfilando como en sueños las primeras imágenes que atesoro del pueblo cuando aún era un niño.

Recuerdo las vistas del pueblo desde la carretera; allá a lo lejos, una mancha perdida y pequeña, blanco de cal y sal, dejándose derramar suavemente por la ladera del monte hasta llegar a la playa. A la orilla de ese mar tan grande, tan azul y tan vivo para los ojos de un niño , me recuerdo asustado por la sensación que tuve al verlo por primera vez: ¡cuanta agua junta! Con el paso de los años, fui guardando en mi memoria muchas de esos instantes: como cuando llegábamos todos los años cerca del atardeccer; medio dormidos por la paliza de carretera que nos habíamos pegado. Todas esas instantáneas borrosas, fantasías perezosas de duerme vela, iban asociadas en mi mente infantil al paraíso en la tierra, al indulto que durante unos meses, nos permitía liberarnos de la costra de polvo y contaminación acumulada en la capital a lo largo del invierno.

Allí, a nuestro Jardín del Edén tan solo podíamos ir una vez al año “a hacer el Verano” como decía mi padre. Ese tiempo que pasábamos entre juegos y risas, esos meses liberadores siempre se nos hacían a los niños, terriblemente cortos. Recuerdo las cenas en el corral bajo esta misma parra, con el sol al fondo rindiéndose a la noche, diciéndonos adiós cada vez más cerca de la línea del horizonte, y esa brisa fresca del final de la tarde soplando dulcemente por entre las macetas que la abuela tenía diseminadas por el patio, llenas de flores con mil colores intensos contrastando con la blancura de las paredes y el azul de las contraventanas.

Y el dulce tiempo de las siestas, impuestas por mamá para protegernos del excesivo calor del mediodía; metidos los niños en los cuartos del fondo para no molestar, subidos a unas camas antiguas de hierro que parecían enormes, vistas desde nuestra perspectiva. Recuerdo las sábanas, siempre blancas, frescas… y algo muy especial: las sombras que proyectaban unas preciosas cortinas de encaje mientras eran mecidas lentamente por la brisa. Recuerdo que me tumbaba a los pies de la cama o incluso debajo de ella, que era donde se estaba más fresco, y me entretenía contemplando los dibujos fantásticos que se formaban en el suelo, las paredes y el techo. Eran aquellas últimas imágenes que veía antes de que se me cerraran los ojos, amodorrado por el sopor, las que han permanecido en mi memoria hasta hoy, teniendo como música de fondo el incesante canto de las chicharras y el rumor lejano de las olas del mar.

También estaban las jornadas de pesca con mi padre y el abuelo, cuando cogíamos la barca mientras amanecía y nos íbamos todos juntos a las calas de poniente, justo debajo de los acantilados. Allí el agua era tan clara que podíamos ver el fondo con toda nitidez. Parecía un enorme cristal azulado que se quebraba en millones de fragmentos, gotitas diminutas que nos salpicaban a todos, cuando mi padre se lanzaba al fondo, hacia las rocas, buscando erizos, almejas y hasta alguna que otra langosta despistada que acababa en el fondo del saco. Todos esos bichos que a mi, me parecían feos y asquerosos pero que luego, en manos de mi abuela, se transformaban en suculentos manjares.

Las imágenes de aquellos días tienen como telón de fondo ese azul intenso del mar de la niñez y configuran un collage que pronto se desdibujó diluyéndose en la memoria. transformándose poco a poco en lejanos y vagos recuerdos en mi febril memoria adolescente. Cuando destinaron a mi padre a la capital nos fue cada vez más difícil trasladarnos en verano al pueblo todos juntos. Llegó una época triste y gris. La luz y los colores del verano no tardaron en apagarse, convirtiéndose en un pálido reflejo de ese mar que llegó a parecerme entonces, tan lejano y distante. Mi mundo quedó lejos del pueblo donde se quedaron a vivir los abuelos.

Fui perdiendo lentamente todos los recuerdos de mi infancia a medida que la cara se me llenaba de granos y los pulmones de nicotina. Olvidé en un rincón apartado de la memoria aquellas maravillosas sensaciones que había ido atesorando, sin darme cuenta, en esa época feliz, cuando los ojos asombrados de un niño no quieren perderse ninguno de los miles de mundos nuevos que descubren cada día…

Son las cuatro pasadas cuando, por fin, abro los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, me siento relajado, liberado de un peso que va más allá del mero cansancio físico. Pienso que estos sueños sobre mi pasado, me han devuelto a la realidad del presente con una mirada nueva, para que pueda buscar entre mis recuerdos al niño a quien un día olvidé en algún lugar de mi memoria y que ahora es el único que puede devolverme la paz.

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