En bragas – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Hoy ha sido un día duro, como todos, de esos que cuando terminan y miras tu reflejo en el espejo solo ves cansancio en unas ojeras que ya te caracterizan.

Voy andando camino a casa para despejarme y no enfrentarme al tráfico de miles de almas tan hastiadas como la mía.
Mis pasos no siguen el camino recto a casa y se pierden entre las calles estrechas del barrio gótico que tanto adoro. Los sonidos de la noche me envuelven, haciéndose cómplices de mi fingida huida a un destino sin salida.
La luna es mi mejor compañera, la única que me ha mostrado todas sus caras. La única que me ha regalado su sinceridad.

Unas notas de blues captan mi atención como si de un canto de sirena se tratase y, sin pensarlo, me dejo guiar por las notas que salen del local. Entro y la negrura de la noche se transforma en luz, gracias a las velas que adornan las mesas.
No hay mucha gente en el local y las notas de Boogie Chillun, de Hooker, dotan de magia el ambiente tranquilo que se desprende en las pequeñas conversaciones o en los pensamientos serenos de aquellos que parecen almas solitarias, como yo.

Me siento en la primera mesa que veo libre y pido una copa de vino blanco mientras dejo que la música me serene haciéndome olvidar mi pésimo día. Me acomodo en el asiento y, mientras paseo mis dedos por el borde de la copa de vino, escucho una voz varonil que acompaña a la figura que se sienta a mi lado.
Le miro, sorprendida por su descaro, y mis ojos no pueden apartarse de su barbilla. Apenas escucho lo que dice, solo pienso en pasar mis labios por ella.

Su boca se mueve y las palabras salen de ella con la misma delicadeza con la que Robert Johnson seduce a las cuerdas de su guitarra.
Mis ojos oscilan entre su marcada barbilla y unos ojos marrones que parecen saber todo de mí por la intensidad con la que me miran.

No pienso, soy incapaz de hacerlo, y acerco mis labios a los suyos silenciando unas palabras que no escucho.
Mi lengua encuentra la suya y mi mano derecha busca la concavidad de su nuca. Su lengua responde con avidez al ataque de la mía y su mano izquierda recorre mi espalda, como si conociera el deseo que ello en mí provoca.

No pienso, no me importa, y con un gesto sereno dejo que mi mano izquierda descubra la dureza de su miembro. Mis labios se aproximan a su oído y le susurro un confiado «Sígueme».

Me levanto, sin detenerme a mirar si me sigue, segura de que sus pasos van detrás de los míos y que sus ojos están clavados en mis largas piernas.
El aire helado de la calle no consigue hacerme entrar en razón y mis ojos buscan, desesperados, el letrero luminoso de algún hostal o pensión.
Sin mirar, busco su mano y él la coge con decisión. Acelero el paso sin soltarle y encuentro lo que busco. Lo que necesito.
Abro la puerta de entrada y los ojos del recepcionista me analizan. Seguro que piensa que ese no es mi sitio ni llego en la mejor compañía.

– Una habitación. Una noche. Tarjeta.

Lo digo decidida, como si estuviese acostumbrada a hacer esto.
Me alarga una llave y una toalla sobre la que ha colocado unos condones, y me repugna su asquerosa sonrisa de medio lado que delata que está imaginando nuestras intenciones.

Qué importa, que imagine.
Cojo las cosas y, sin soltar su mano, me dirijo al ascensor. No tiene apenas luz y los indicadores de los botones están gastados. Imagino que de tantos años de amores clandestinos.
Planta dos habitación 202. Llegamos.
Abro la puerta y antes de entrar ya he empezado a desabrocharle los pantalones. Mis labios vuelven a buscar la batalla de los suyos y sus manos se aferran a mis muslos.
La puerta se cierra con su patada y, antes de darme cuenta, mis manos están pegadas a la pared y su pierna provoca distancia entre las mías, separándolas.

No me muevo mientras sus hábiles manos me despojan de la ropa y rasgo con mis dientes la cobertura del preservativo que ha acercado a mi boca. Sin darme la vuelta lo coloco en su miembro y, tras hacerlo, sus manos aferran las mías con fuerza aprisionándolas entre ellas y la pared.
Sus labios se acercan a mi cuello y al besarlo noto cómo me penetra con fuerza, de una sola embestida. Tiemblo, le siento muy dentro, y ahora el blues lo forman el roce de nuestros cuerpos.

Gemidos, sudor y embestidas que culminan con un «Joder» en mi oído que precede al clímax de mi sexo al notar el orgasmo de ese desconocido llenando mi cuerpo.
Ni un beso, ni una caricia… ¿Ahora quién las necesita? Y se enciende un cigarro mientras se tumba en la cama.

Busco mis bragas entre el lío de nuestras ropas y mientras me las pongo le observo. No sé quién es, a qué se dedica o la edad que tiene. Sus rasgos parecen italianos ahora que la luz de la mesita de noche los ilumina.
Me siento en un pequeño sofá pegado a la ventana. Sigo mirándole, su cigarro se acaba y sus ojos van cerrándose.
Miro la habitación y me cuesta contener la carcajada al percatarme que es digna de cualquier relato de Bukowski. Las paredes están decoradas con papel pintado, la Biblia sobre la mesita izquierda, los cuadros de caza enmarcados y el olor a humedad y orina complementan la imagen de la decadente habitación de inspiración poética perfecta.

Espero sentada, en bragas, a que su sueño sea profundo para poder marcharme sin hacer ruido. Es guapo. Miro sus manos y están cuidadas, su pelo perfectamente cortado y su ropa es de marca cara.

¿Qué haría en ese local? Tampoco él parece encajar en una habitación como esta.

Qué importa… Ya duerme, su respiración es pausada y el gesto relajado de su rostro es la señal que esperaba.

Mi sujetador esta cerca de la puerta, la chaqueta sobre la mesa y me cuesta encontrar el vestido debajo de la cama. Los zapatos de tacón podrían delatar mi huida, así que decido ponérmelos fuera.

Me acerco a él para observarlo de nuevo. No sé su nombre y tal vez él no recuerda el mío, pero me da igual. Busco de manera sigilosa en los cajones de la mesita de noche un boli y un bloc de notas para dejarle un mensaje de despedida:

«Guárdalas, si la vida hace que tropecemos de nuevo, completaremos el conjunto».

Me quito las bragas, las doblo cuidadosamente e introduzco la nota entre sus pliegues. Sonrío de camino a la puerta, mientras me alejo colocándome el vestido.

 

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