El violinista del Titanic – @DonCorleoneLaws

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No hace mucho –y a raíz de algo que escribí- me cuestionaba un desconocido tuitero las virtudes e incluso la posibilidad de existencia del romanticismo. Debía ser, sin duda, una persona afectada de algún reciente mal de amores o con un acusado despecho hacia lo que el concepto es capaz de ofrecer.

Venía a decirme que era un término muy ambiguo y poco definido, cuando en realidad no es ni una cosa ni la otra. Amén de movimientos culturales y/o literarios surgidos como contrapunto al racionalismo ilustrado de finales del siglo XVIII y principios del XIX, el romanticismo al que yo me refería era algo más mundano pero, no por ello, menos importante.

Yo me refería a la capacidad para priorizar nuestra vida y nuestros comportamientos confiriendo mayor importancia a los sentimientos: esos que hacen de nosotros algo más que un mamífero regularmente evolucionado –según el caso- capaz de dotar de sentido a su cotidianidad.

Qué tiempos no estaremos viviendo que ni siquiera somos capaces de reconocer al pequeño revolucionario que, en mayor o menor medida, casi todos llevamos dentro. Ese revolucionario capaz de mandar algo al carajo cuando contraviene alguno de esos principios más básicos que afectan a su propia dignidad, orgullo, salud mental o estabilidad emocional. Ese indomable anarquista que aún nos permite andar descalzos por casa, dormir en pelotas con la ventana abierta, reír sin contener el volumen, tomarnos tres copas de más cuando la compañía es grata, salir un poco antes del trabajo para hacer un “mandao” o rescatar las ganas de juego cuando se nos acerca un niño solicitando nuestra atención.

Debe ser muy triste no saber sucumbir al encanto de una seducción inteligente basada en palabras, gestos, insinuaciones o pequeñas evidencias que le den absoluta prioridad al “dejarse llevar” por encima del “tengo que hacer”. Ahí reside el romanticismo, y no tanto en el gesto de regalar flores en los aniversarios con más miedo y precaución que otra cosa.

El romanticismo reside en la libertad del individuo de hacer lo que desee en ese momento, priorizando el corazón a la razón: otorgando un papel fundamental a lo que le pide el cuerpo en ese instante. Es dejar que (de vez en cuando) el diablo le gane el pulso al ángel, y nos permitamos abrasar por unos cálidos ojos que nos desean con fuerza. Es rendir las armas a la belleza del cuerpo y la mente ajenos sin caer en la tentación del “no debería”.

Ser un romántico es dejarse llevar por el ser generoso, sentimental y soñador que habita en nosotros cuando contemplamos un cielo estrellado en las noches de verano, o cuando nos dejamos invadir por la nostalgia de los recuerdos hacia quienes estuvieron y ya no están. Es sucumbir al encanto del otro cediéndole un protagonismo que habitualmente nos otorgamos a nosotros mismos. Es contribuir para que, a nuestro lado, aún haya posibilidad de imaginar, de crear y de ser felices.

Ese romanticismo alejado de ñoñerías y vagos estereotipos mentales más propios de Don Juanes como el Tenorio, es al que yo me refería cuando me topé con uno de tantos incrédulos que niegan la mayor otorgando más fuerza al desprecio que a las fugaces alegrías vividas.

Me da pena tanta incredulidad generalizada. Entiendo que no todo el mundo piense de la misma manera, pero me entristece comprobar que hay quienes renuncian a ese pequeño revolucionario capaz de entregar alegría incluso en los momentos de mayor dureza, tal y como aquella noche del 14 de Abril de 1912 hiciera John Law Hume con su violín, cuando, en compañía de siete músicos más, interpretaba el himno eucarístico “Más cerca de ti, Señor” con plena conciencia de que más de la mitad del pasaje del “buque de los sueños” jamás viviría para contar que el choque con un pedazo de agua helada había bastado para hundir al más poderoso barco jamás construido por el hombre.

Sabiéndose muertos siguieron tocando: no hay mayor romanticismo.

Así que yo lo siento por los descreídos y racionalistas, pero tras haber sufrido ya muchos reveses y aún con el sabor de la tierra en la boca después de haber caído, no renuncio a soñar. Una de mis pequeñas aspiraciones en la vida es la de disfrutar el instante hasta las últimas consecuencias, concediendo al corazón el timón de mi navío para que me lleve hasta donde los besos son correspondidos y se escriben hermosas historias de amor en el pergamino de las pieles desnudas.

Sé que quizás muera ahogado durante la travesía, pero en cualquier caso, lo haré románticamente, como el último violinista del Titanic.

 

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