El último día – @Candid_Albicans

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Él
Dicen que el Camino cambia la vida de todo aquel que lo peregrina. Misticismos estúpidos de débiles de mente, pensaba.

Quizá ni siquiera ha sido el propio camino lo que me ha llevado a ésta reflexión, ni una experiencia trascendental que me ha abierto los ojos. Quizá ha sido esa conversación banal la que me ha llevado a desgarrar mis arraigadas creencias como si fuesen hojas secas de una mente mal cuidada.

No sé en qué momento comencé a fijarme en su firme manera de caminar, en la tensión de cada músculo de sus piernas mientras desfilaba sobre el asfalto que unía Santa Irene con O Pedrouzo, ni cuánto tiempo lo hice antes de verla tropezar con un pequeño bache que la hizo tambalearse hasta casi caer literalmente en mis brazos. Así fue como los kilómetros de mi última jornada se convirtieron en minutos, entre risas calladas, miradas nerviosas y una conversación sin sentido que un observador atento habría encontrado sumamente reveladora.
Mi pareja no era esa clase de observador.
Ahora, en este tren de vuelta, repaso cada minuto de mi vida, revisando las imágenes de mis elecciones como un moribundo viendo su vida pasar. Y aunque el miedo a perder la que todo el mundo califica de «una vida perfecta con una mujer perfecta»  me hace dudar, mi mente juega conmigo una compleja partida de «Go» mostrándome las jugadas ganadoras de una manera tan clara que es imposible no seguir sus directrices. Tan sólo debo levantarme, ir al vagón-cafetería y suplicar que ella venga también mientras mi novia sigue durmiendo plácidamente con la cabeza apoyada en la ventana. Las consecuencias son asumibles.

Ella

Cuando crees que eres una persona de principios y valores morales inamovibles, llega ese día en el que la vida te pone a prueba. A mí me ha tocado superarla el último día de mis vacaciones, y en una época en la que me cansé de pensar en el bienestar de los demás antes que en el mío propio.

Digamos que el Camino de Santiago no ha sido ningún viaje sentimental ni mucho menos espiritual, como me habían contado otras personas a través de su experiencia. Puede que sí me haya encontrado con una parte de mí que no sabía que estaba ahí latente, esperando el momento para salir, quizás fruto de este hastío en el que estaba sumida. Qué egoístas podemos llegar a ser cuando se trata de arañar un momento de felicidad.

*En el amor y en la guerra todo vale, Ana. Piensa en ti. Piensa en ti de una puta vez*

Lo conocí haciendo los últimos kilómetros del Camino. Entablamos conversación a raíz de una caída de lo más tonta que dejó en evidencia mi torpeza innata. Fueron unos 20 minutos escasos los que estuvimos caminando juntos, charlando de lo único que teníamos en común en ese momento: desde dónde habíamos salido o cuántos kilómetros caminábamos cada día. Lo típico. No fue la conversación más interesante del mundo, pero lo único que tenía claro era que no quería dejar de hablar con él. Me daba igual de qué. No sé si era su forma de hablar pausada, su tono de voz, o su mirada sonriente. Y así fue como entre sonrisas cómplices y miradas furtivas, pasaron los kilómetros más cortos de los últimos 15 días.

La chica que lo acompañaba permanecía ajena a nuestra comunicación no verbal.

Ha sido casualidad que hayamos cogido el mismo tren de vuelta. No sé en qué vagón se ha subido y eso me inquieta. Él se dirige a Madrid y yo a Zamora, así que en breve me bajaré sin haberme despedido de él, sin saber si siente las mismas ganas que yo de saber más el uno del otro. Las mismas ganas que yo de besarle, joder. A pesar de ella, sí. Porque este sentimiento es más fuerte que el rechazo que me pueda producir la idea de que pueda estar enamorado de otra. Y mientras estoy a punto de morir de ansiedad, lo veo cruzar mi vagón. El resorte invisible de mi asiento me impulsa a levantarme para ir tras él. Aún no sé qué le voy a decir, pero es ahora o nunca.

*El mundo es de los valientes, el mundo es de los valientes, Ana*

Ha ido a la cafetería. El corazón me va a salir por la boca y estoy a punto de dar media vuelta. De repente todo me parece una locura.
– Hola Ana, me alegro de verte aquí. Tenía ganas de hablar contigo.
– Yo también, bueno, quería despedirme. Dentro de poco llegaremos a Zamora y…
– …es complicado decir esto, pero el último día en el Camino ha sido increíble, en gran parte gracias a ti…creo…que has activado algo en mi. Llevo desde que subimos al tren recreando cada palabra de nuestra conversación.
– Oye, sé que estás con una chica, pero tengo que decirte lo que siento, no me puedo ir con esto dentro, y lo que siento es que tengo que volver a verte, saber más de ti, pasar un día contigo a solas.
– Llevo todo el trayecto queriendo hablar contigo, pensando en alguna excusa para volver a verte. Cova es… bueno, es algo que tengo que resolver yo.
Sonrío y lo agarro de la camiseta para acercarlo más hacia mí. El corazón me late tan fuerte que creo que siente cómo golpea su pecho mientras acerco mis labios a los suyos.
– Por supuesto que nos veremos, Alex.
No consigo dominar el pulso mientras garabateo mi número de teléfono en una servilleta de papel y lo deslizo en su mano. Doy media vuelta y vuelvo a mi asiento. He hecho lo que me pedía el corazón. Sólo puede ser lo correcto. Soy feliz. No hay más que pensar. No pienses, Ana.
 
¿Qué mierda estoy haciendo? Nos hemos besado. Y ha sido la hostia.
Pero ¿Por qué no me siento culpable? ¿Por qué quiero cambiarme de asiento sin importarme lo que piense Cova?
Me he convertido en algo que odiaba…
Gracias a Él, @DCRantStyle, por haber colaborado en este relato
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