El sermón – @Netbookk

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

– ¿Puedes venir Rita?

Temblando. Cada vez que escucho esa frase del albañil, me quedo temblando. Es como cuando te dicen: «Cariño… tenemos que hablar» y agachas la cabeza pensando por donde va a venir el golpe. Decidí hacer obras para cambiar los baños y arreglar el almacén, aprovechando las vacaciones, y desde el primer día todo han sido problemas.

-¿Qué se ha roto está vez Toni? – le digo entrando al almacén, andando sobre los escombros.

– Mira lo que me he encontrado detrás de la estantería – me señala Toni el manitas oficial del barrio, con el martillo. – Estaba haciendo una regata para pasar el cable de la luz cuando ha salido ese agujero. Hay un doble fondo en esa pared y parece grande… – acerca una linterna al agujero y puedo ver que, efectivamente allí hay un hueco considerable, se ven algunas sombras al fondo y el aire de dentro huele a humedad.

– ¿Qué hacemos? – me pregunta Toni -. ¿Pico a ver que sale?

– Pues tendremos que ver que hay dentro, no?, a ver si resulta que le voy a ganar metros al almacén. Porque ese agujero no está en los planos… Pero mañana que hoy ya es tarde para dar un concierto de maza martillo.

– Vale Jefa, usted manda. No me eche el sermón. Mañana la despertaré con un sólo de martillo neumático – me contesta Toni, con un tonillo guasón.

Lo cierto es que, desde que empezó las obras, no necesito despertador. Vivo en el ático del edificio y todos los días, puntual como un clavo, Toni levanta la persiana a las 7:30 y se pone a trastear. Cuando yo bajo a encender la cafetera y hacer el desayuno ya lleva una hora larga trabajando.

– Hasta mañana, artista – le despido mientras bajo la persiana.

– Hasta mañana Jefa – me contesta sonriendo.

Nueve metros cuadrados son muchos metros. Y más para un local tan pequeño como en mío. Esta mañana a las 8 en punto Toni ha puesto la sinfonía a todo volumen y en diez minutos había derribado el muro, dejando al descubierto un cuarto que Dios sabe cuánto tiempo había permanecido cerrado.

Toni ha esperado a que yo bajara, pero mientras ha montado un foco auxiliar que ahora ilumina una estancia cuadrada de 3 por 3, pintada de blanco. Dentro se pueden ver una vieja cama de hierro, una mesa dos sillas y un pequeño armario. La cama se ha deshecho al tocarla, víctima del óxido. La mesa ha soportado el traslado y al vaciar el armario, han aparecido dos maletas de cuero llenas de ropa y una lata de Cola Cao azul, con papeles y fotografías. Toni ha tirado todo al contenedor y yo me he subido las maletas y la caja a mi casa. Tenía la extraña sensación de estar arrastrando algo muy pesado hacia el ascensor… Mientras subía hacia el ático, intentaba recordar si mi padre me habló alguna vez de ese cuarto.

Sabía por mi padre que el edifico, del cual era propietaria yo ahora, lo había heredado él de dos viejas prostitutas que tenían allí «su casa», como a ellas les gustaba llamarla. Ellas mismas le contaron, cuando él era pequeño, que habían heredado el inmueble de un cura con el que, parece ser , mantuvieron una oscura relación. En las tapas de cada maleta, se podían leer los nombres de sus dueñas: Soledad y Decepción. Poco podía imaginar que al abrirlas, descubriría, sin querer, un trozo de mi propia historia.

..

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Los primeros rayos de sol, resbalando perezosos por la pared desconchada del campanario, me pillaron ya despierta. Justo delante de mis ojos, la tela gruesa y negra yacía en el suelo. Encima, contrastando, la delicada puntilla de mi ropa interior blanca, parecía abrigarse del frío del amanecer entre sus pliegues oscuros. Como mi cuerpo, arropado por el suyo, hacía tan sólo unas horas…

Le escuchaba respirar relajado a mi espalda, pero no quería, o mejor dicho, no me atrevía a girarme, no fuese que todavía estuviera soñando y al moverme rompiera el hechizo de una noche tan especial. Tan sólo una, después de tanto tiempo de buscarnos y de evitarnos por el qué dirán, por guardar las formas. Tan sólo una vez: ayer tarde.

Una insólita calma reinaba en el pueblo cuando fui a llevarle las sábanas lavadas y planchadas a su casa. Recuerdo que le comenté «Ahórrese el sermón Padre», al entrar en su casa descalza y ver su cara de reproche. Y cuando cerró la puerta, ya no sé si fue el calor, el olor a limpio, las ganas que nos teníamos desde hacía tiempo o una mezcla de todo. El caso es que, debajo de la sotana pude descubrir al hombre y de hacerle la cama, pasamos a deshacer nuestras vidas, para siempre.

Tuve que ser yo quien se marchara, quien salió justo al amanecer, por la puerta de atrás, amparada por las últimas sombras de una noche que marcaría el destino de nuestras vidas. Las horas que nos llevaron desde el viernes 17 al sábado 18 de Julio de 1936, nunca podré olvidarlas.

   Calla y descansa Soledad. Tienes fiebre otra vez y estás delirando He ido a por agua, pero no queda casi. Voy a intentar cambiarte los paños pero no sé si voy a poder hacer mucho más. Tienes que resistir. Don Pedro dijo que vendría a finales de mes. Sólo quedan unos días… Aguanta. Pronto serás libre.

 Al día siguiente todo fue repicar de campanas y tiros al aire en el pueblo El alzamiento y la venganza, habían comenzado. Mi padre, maestro de escuela, fue de los primeros en ser señalado y mi familia tuvo que huir. Pero la mala suerte se ceba siempre con los más débiles. Nos pillaron muy cerca de la frontera con Francia. A él lo degollaron, sin más juicio, delante de todos. Y fue lo mejor que le podía pasar, así, al menos pudo ahorrarse el sufrimiento de ver cómo a mi madre y a mí nos violaban durante los dos días que nos tuvieron bajando del Monte. Por turnos, como cuando vas a por pan. «¿Me toca?», se preguntaban entre ellos. Conseguí desconectar el cerebro del cuerpo y permanecer callada y muy quieta. Eso me salvó la vida. O quizá fue mi madre, la que mientras era violada, no cesaba en ningún momento de insultarlos y gritarles para que se cebaran todavía más con ella. Sí, creo que eso me convirtió en invisible a los ojos de aquellos brutos

Justo antes de entrar de nuevo en el pueblo, a ella y a otros dos los bajaron del camión y los metieron en el bosque. Me obligaron a mirar cuando el sargento le cortó primero la lengua, luego la garganta y, para rematarla, le abrió las tripas con la bayoneta, dejándola morir en medio del bosque a merced de los perros hambrientos. Recuerdo su última mirada y una sonrisa triste mientras seguía insultando a sus verdugos desde el suelo… un vecino me tapó los ojos, pero ya era tarde. La poca vida, la poca fe que me quedaba en las personas, se quedó en el fondo de aquel bosque.

Me raparon el pelo y me vistieron con un saco. Las rodillas, siempre rojas, de limpiar las letrinas del convento, eran lo único que destacaba en mí. Aprendí a convertirme en una forma gris hasta que la naturaleza, imparable, me hizo saber que no estaba sola. Éramos dos sombras, una dentro de la otra, sobreviviendo frente a la adversidad. Todo por aquella noche… Así que no me eche el sermón, Padre, que ya voy bien servida de desgracias.

   Soledad, sigues delirando por la fiebre. Olvida los malos tiempos. Todas las que estamos aquí, hemos tenido que pasar por puertas de dolor para seguir vivas. Mírame a mí, coja y medio ciega, gracias a las atenciones de mi difunto esposo… Como chillaba, el muy cerdo, aquella noche.

Lo que él nunca se habría esperado es que reaccionara así. Siempre había sido tan modosita, tan poca cosa, tan sumisa. Hasta aquella tarde en la que la enfermera me aseguró que la última paliza no sólo había terminado con la pequeña vida que, por fin albergaba dentro, sino también con mi paciencia y las últimas esperanzas que me quedaban de que mi vida pudiera cambiar algún día.

¿Has visto alguna vez a un jabalí acorralado por los perros? – le pregunta Decepción a Soledad, mientras le cambia el paño de la frente, sin esperar respuesta -. Así le esperé yo aquella noche. Cuando volvió de la taberna, medio borracho como siempre y con ganas de bronca le dejé que se confiara con sus dos primeros golpes. Cuando levantó la mano para arrearme la bofetada que normalmente acababa con mis huesos en el suelo y su «hombría» por las nubes, no le dejé acabar su maldita frase: «Demasiada paciencia, mucha manga ancha es lo que he tenido contigo. Puta».

Con la última «a» el cuchillo entró hasta el mango en su garganta acabando con sus golpes. Pero siguió chillando como un cerdo hasta que se ahogó en su propia sangre. Como era un cargo del sindicato me metieron rápidamente en la cárcel sin preguntar más. En los dos lados se han cometido barbaridades, y aquí sigo, cariño. Aquí seguimos las dos…

Las libretas me contaron que el señor no lo quiso así, y las retuvo dos meses más en aquella prisión. Cuando Pedrito, ahora convertido en D. Pedro, Deán de la catedral, las rescató a las dos, estaban al borde de la muerte. Las llevó a su pueblo dejándolas al cuidado de una vieja tía suya. Pasado un tiempo, una vez que el niño hubo nacido y estaban recuperadas, las llamó a su casa y allí estuvieron ejerciendo de ama de llaves y cocinera hasta que a él lo llamaron al frente, casi al final de la guerra. Pero el niño se tuvo que quedar en el pueblo con una medallita de D. Pedro como única protección.

La noche antes de partir hacia Teruel, les dio unos documentos: salvoconductos y permisos firmados por el Capitán General, que les garantizaban la tranquilidad, por si a él le sucedía algo.

– Quiero que os quedéis en la casa – les dijo -. El Notario tiene todos los papeles arreglados para que sea tuya, Soledad, en el caso de que a mí me suceda algo – le dijo D. Pedro, con lágrimas en los ojos, en ese último amanecer que estuvieron juntos. Al cabo de unas semanas, él murió de un balazo en el frente del Ebro. Fue rápido y limpio. Tuvo una buena muerte.

Al terminar la guerra, las dos amigas, usaron sus papeles, vendieron la casa y se mudaron aquí. Mandaron buscar al niño, pero como tantos otros en la guerra, había desparecido con la tía de D. Pedro. Con el dinero de la venta empezaron a hacer algo de estraperlo y acabaron comprando otra propiedad que Decepción se encargó de convertir primero en taberna y luego en lo que ha sido siempre su hogar.

De repente, me vino a la cabeza una tarde, paseando por el parque con mi padre. Yo era una niña pero cuando a él le daba por recordar, se ponía a hablar en voz alta, contándome cosas de su pasado:

   Y, pasando la mano despacio por mi pelo, como si estuviera acariciando la cabeza de aquel hijo que perdió, Soledad suspiraba a menudo, sentada en su silla a la entrada del callejón. Era entonces, en el atardecer de algunos días de verano si a ella o a Decepción se les soltaba la lengua, cuando podía reconstruir la historia de sus vidas. Creo que ellas me tomaron cariño, porque yo era de los pocos que no las juzgaba, siempre las acepté como eran: dos personas cansadas, recorriendo las últimas etapas del camino de su vida. Esas tardes me quedaba yo embobado escuchándolas mientras merendaba un trozo de pan con chocolate y jugaba distraído con la medallita que siempre había estado conmigo desde el orfanato…

 …continuará… pronto…

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