El segundo error – @tearsinrain_

Tearsinrain @tearsinrain_, krakens y sirenas, Perspectivas

Todavía conservo en la mejilla la sensación de frío, un círculo de temperatura menor que el resto de mi cara, al que imagino palpitando en azul pálido. En una ocasión, siendo todavía reciente, pasé los dedos y durante breves instantes las puntas perdieron el tacto, congeladas. Así, poco a poco, esa mancha de hielo producto de un beso con sabor a helado de despedida, ha ido formando parte de mí. Los curiosos, si se fijan, distinguen la ligera variación en el tono de piel. He añadido a mi argumentario diferentes opciones por si alguien pregunta, pero lo cierto es que solo una persona lo ha hecho desde entonces, aquella chica con la que hablé frente a una taza de chocolate caliente, esperando que el calor disipara la sensación incómoda. La chica, bastante más joven que yo, pasó sus dedos delgados y largos por mi mejilla derecha y comentó lo raro que era aquello. No sé si la punta de sus dedos experimentó un principio fugaz de congelación, pero sí retiró la mano con cierta brusquedad, y puso una cara de extrañeza que no borraría ya durante toda la conversación. Preguntó a qué se debía y yo respondí la verdad, pues no había generado mi imaginación todavía ninguna mentira: una despedida gélida, le dije. Pero no cometeré el mismo error dos veces, añadí. Claro, dijo ella. Cuando conocí a la chica, la adolescencia ya la había abandonado, pero su expresión seguía teniendo un halo de rebelde inocencia que despertó en mí un montón de sentimientos contradictorios que, ahora, no vale la pena analizar. Analizar el pasado buscando respuestas es una tarea que requiere la capacidad de tener el presente controlado y de que no te importe el futuro. Yo no lo domino. El pasado me tiene atado a una goma elástica y el presente, a menudo, me parece algo distante, un travelling compensado como en el cine de Hitchcock. A partir de ese día, la chica no me mira con admiración ni con miedo, no me ve con asco o con maldad, lo hace de una forma que soy incapaz de describir, o que quizá no me atrevo, miedoso a encontrar respuestas en su expresión que no me siento preparado para tener. Lo curioso es que he perdido gran parte del recuerdo de aquella despedida desde que apareció ella, pero el helor en la mejilla se mantiene, una parte que no quiere irse, una cicatriz insistente.

De noche a solas, tomando una cerveza fría porque me niego a que el aumento de mi frigidez al beber líquidos fríos me controle, la chica, apenas a unos centímetros de mí, me dice que se lo cuente. Hasta ese día el tema había estado ausente, mi mancha azul desvaído seguía allí pero no hablábamos de ella. El exceso de alcohol o de intimidad provoca esta vez su interrogación. Me doy cuenta entonces que conservo escasa memoria de ello o que, mejor dicho, tengo una memoria inexacta de lo sucedido, los recuerdos se han difuminado, como el libro que sabes que te gustó pero no de qué iba, o el viaje en el que estuviste pero los nombres de los lugares han desaparecido. Le narro lo que puedo: como nos conocimos, como nos enamoramos, como fuimos el uno para el otro algo indeleble de los minutos en que estábamos ausentes. Y a medida que yo hablo ella se acerca más, tanto que noto su calor y su aroma diluye la de todo lo que nos rodea. Deseo que no me bese, temo que se le congelen los labios pintados de aquél rojo chillón. Hasta que me percato de algo: ¿cómo puede alguien enamorarse de otro alguien mientras le cuenta como perdió al amor de su vida? ¿Es eso posible? No, no lo es. Y me callo, y al callarme se va la inercia de su acercamiento, su nariz se aleja lentamente de la mía, sus ojos bajan al vaso vacío. Será mejor que nos vayamos, dice.

Vuelven a mí los pensamientos repetitivos sobre presentes y pasados, sobre futuros que no existen. ¿Podré tirar para adelante si no supero aquél escollo o para superar el escollo necesito tirar para adelante? Maldito aquél que inventó las paradojas. El calor de un verano en pleno invierno me invade tumbado en la cama, mirando al techo oscuro. Evito girarme hacia el lado derecho pues temo entonces que el frío de la mejilla pase a las encías y suba por las concas oculares hasta el cerebro. Quizá me encuentren a la mañana siguiente congelado, sin explicación científica. Igual lo que necesito es simplemente que ella venga y me caliente. ¿Ella quién? ¿Esa cuyo recuerdo se va tornando humo, niebla, o esa cuya proyección es cada vez más clara, al tiempo que se me antoja detrás de unos barrotes? Me levanto, imposible dormir, y voy a observar mi rostro en el espejo del baño, bajo la luz de una halógena desnuda, desnudo. La mancha sigue ahí, y late, me llama. Acerco los dedos temblorosos y las yemas de índice, corazón y anular la friegan suavemente, lo suficiente para que como un virus de transmisión inmediata el helor traspase, los dedos se me vuelven azules y gélidos, la mano se engarrota, el brazo, el pecho, un pulmón… pronto empiezo a notar que ya nada funciona, soy proyecto de estatua de hielo, pero no me fundiré y volveré al cauce del río… Otra vez no, me digo, dos iguales no, esta vez iba a ser distinto, el segundo error iba a ser diferente. Y el ojo derecho deja de ver nada, la lengua se vuelve piedra de agua y veo en mi interior la cristalización del cerebro. Dejaré de pensar, dejaré de sufrir, eso está bien. Veo sus los labios pintados de rojo fuego, los ojos ardientes de la chica y mi silencio. Ya no queda nada de mí que no sea hielo. Ahora lo sé, no se estaba enamorando de mí, me estaba salvando, y no la dejé.

 

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