El segundo error – @Macon_inMotion

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Noviembre caminaba con paso firme y la temperatura en la playa a aquella hora de la tarde así lo atestiguaba. Dos personas, hombre y mujer, cogidos de la mano, miraban el mar. El agua rompía con fuerza la escarpada pared de roca, esculpida durante miles de años. Noviembre caminaba con paso firme, obsequiando al mundo su mortecina luz desprovista de cualquier saturación de color. La arena que pisaban era gris, tan gris como el mar al que miraban y el cielo nublado que acechaba.

-Te quiero.-dijo él.

-Te quiero.-respondió ella.

Ambos dieron media vuelta, dejando al mar en soledad, acompañado únicamente por el rítmico vals de las olas. El viento racheado les revolvía el pelo, haciendo que tuvieran que apartárselo de tanto en tanto de la cara. Mirando alrededor podía verse una muy cruda realidad, el sitio donde se encontraban era un barrio deprimido, lleno de grafittis, suciedad y algún coche destartalado aquí y allá.

Cada paso en la fría arena era una eternidad pero finalmente alcanzaron el desierto paseo marítimo. Un destello naranja en el coche más cercano indicó que estaba abierto, el hombre había accionado la apertura a distancia. La mujer abrió el maletero y sin ningún disimulo sacó una recortada que entregó a su compañero, sacando a continuación otra similar para ella misma. Después cargó el arma con el característico gesto de deslizar el brazo hacia adelante y hacia atrás a lo largo del cañón y vio que el hombre hacía lo mismo. Empuñando sus armas, cruzaron la calle desierta hasta llegar a un portal. El hombre encañonó la puerta de cristal pero en el último instante la mujer lo detuvo con el brazo. Acto seguido propinó con la suela de una de sus pesadas botas una enorme patada al cristal, que al instante se desintegró en millones de trozos. Con cuidado de no cortarse, pasaron uno detrás de otro.

Dejando atrás el ascensor, empezaron a subir por las escaleras hasta el sexto piso de aquel edificio semiabandonado y después de un par de minutos se encontraron cara a cara con la puerta indicada. Sin mediar palabra el hombre descerrajó un tiro contra la cerradura, que voló por los aires, provocando que lo que quedaba de puerta se abriese de par en par. Se desató un revuelo de gritos en el interior de aquel sucio agujero. Entró primero él y después ella, disparando a bocajarro contra todo lo que se movía y reventando por el camino el desvencijado y escaso mobiliario que allí había. Una densa nube de polvo les rodeaba cuando finalizó el tiroteo. Ocho cadáveres y un enorme montón de mierda era todo lo que quedaba ahora en aquel piso franco. Esos pobres desgraciados cometieron dos errores: Robarle a la gente equivocada fue el primero, no desaparecer instantáneamente de la faz de la tierra, el segundo.

 

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