El segundo error – @IstarCollado

IstarCollado krakens y sirenas, Perspectivas

Ya no me gusta mirarme al espejo porque odio lo que veo. Llevo más años contigo que sola, y ya no recuerdo quién soy.

Hace 3 años, 7 meses y 13 días nuestra casa dejó de ser tuya durante casi 8 horas. Por un breve lapso de tiempo, pensé que tendría la oportunidad de reencontrarme conmigo misma, pero obviamente, no tuve tiempo.

Estaba molesta contigo. Muy enfadada, en realidad. Porque llevaba media vida pidiéndote que pasases más tiempo conmigo, con nuestros hijos. Porque no quería que estuvieras solo para lo que te interesa. Porque te quería, y no me sentía querida demasiadas veces.

Y no sé qué me pasó, sentí un impulso, una fuerza que nunca antes había sentido, y tras 3 horas de espera, sin saber dónde te habrías metido al salir de trabajar, a las 12 de la noche saqué tu maleta y tu ropa del armario, y sentada sobre la cama, con toda la tranquilidad del mundo, la llené hasta que no cabía nada más. La dejé en el rellano de la escalera, eché el cerrojo a la puerta y me fui a la cama. Y en ese momento, que aún recuerdo como si hubiera sido hace unos minutos, me sentí tan libre como no me había sentido jamás.

Al día siguiente, cuando me desperté, tarde 2 segundos en recordar lo que había sucedido la noche anterior; lo que se tarda en entrar en contacto con la realidad. Y la sensación de libertad dio paso a una de miedo. Empecé a pensar en cómo cambiaría la vida de los niños. En cómo cambiaría la mía y cómo lo haría la tuya. En mi familia, en la tuya. En lo que iban a sufrir todos los que nos rodeaban. Empecé a dudar de mi decisión. Porque te quería ¿no? Aunque ya no fuera como al principio. Pero llevaba toda la vida contigo, ¿Iba ahora a saber estar sola? Y los niños… Tendría que renunciar en muchas ocasiones a poder estar con ellos. Comenzó a faltarme el aire y me di cuenta de que me había precipitado y había cometido un error. Me levanté de la cama de un salto y corrí hacia la puerta. La abrí, y ahí estaba la maleta, contigo dormido al lado. ¡Qué alivio, todo iba a seguir igual!

Y por supuesto, todo siguió igual. Excepto al principio, claro. Ya no sé si el cambio duró diez días o un mes. Durante ese tiempo, tuve un marido atento, responsable, cariñoso. Y después todo volvió a ser como siempre.

Así que hoy,  me veo aquí, 3 años, 7 meses y 13 días después, en la situación que yo elegí. Y no me puedo quejar, porque nadie me lo impuso. De hecho, a día de hoy, nadie me lo impone. Podría volver a hacer esa maleta. O la mía y la de los niños. Pero nunca he vuelto a sacar la fuerza para dar ese paso, ese paso que conseguí dar aquel día y del que luego me eché atrás por cobardía.

Y me obligo a mirarme en el espejo. Y me miro, justo ahora, y me repito, como tantas veces, que el error no fue el primero, cuando decidí poner fin a lo que me hacía infeliz. El error vino después. El error fue deshacer lo que había conseguido hacer. Esto, lo que tengo, es el error.

 

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