El secreto de El Cairo – @Pekenyami

dkys colaboraciones Improvisando letras, Retos

Atravesando las calles atestadas de gente me sentí más solo que nunca. No recordaba que andar entre esas multitudes fuera tan asfixiante, me sobrepasaban las emociones a cada paso. Me envolvían los olores que desprendían todos los alimentos del mercado, los colores se me metían por los ojos y llegaban a mi cerebro como un rayo, casi haciendo daño a mis neuronas.

Entorné los ojos que ya empezaban a picarme por el intenso sol del medio día. El Cairo no era una ciudad para gente de piel clara y ojos azules. Los nórdicos allí siempre habíamos sido unos bichos raros de mucho cuidado.

Por fin divisé el enorme y destartalado puesto de dátiles entre el gentío, sus cestas llenas a rebosar de pequeñas frutas arrugadas, el olor acre del polvo alrededor y las sombras oscuras que los cobijaban. Esta imagen me trasladó a aquella noche cuando los comimos juntos, muy despacio, dejando que el dulzor de la fruta invadiera nuestros paladares. Esa noche en la que brillaban en el firmamento las estrellas y los grillos querían formar parte de nuestra velada, celosos de lo que iba a suceder después. Aquella noche en la que ella me contó mil cuentos y se convirtió en una Sherezade moderna. Esa noche en la que su piel morena me reveló secretos que nunca iba a olvidar en todos los años de mi existencia.

Así había llegado la noche anterior, como aquella vez, desorientado, en un vuelo nocturno de doce horas. Había dormido casi todo el trayecto y soñado con ella, con su cara y su piel. Era lo único que quería hacer en el ocaso de mi vida, volver a verla, o volver a ver el lugar donde la conocí. Sabía que en mi estado era una locura hacer un viaje tan largo pero algo dentro de mí me decía que no podía dejar este mundo sin disfrutar de un último anochecer en la capital de Egipto.

Llegué al puesto de dátiles a duras penas, sofocado por el calor. Una hermosa mujer cubierta por un colorido hiyab me ofreció asiento y algo de agua. La observe sin miedo. Sus ojos eran claros y las dos llamas que bailaban en su interior se encendieron aun más al verme. Yo me sonrojé, miré hacia abajo examinando mis manos arrugadas como dátiles que descansaban apacibles sobre mi regazo. Entonces no aguanté más, me derrumbé, los ojos se me llenaron de lágrimas y no conseguí articular palabra. La muchacha vino corriendo en mi ayuda, se agachó lentamente para quedarse a mi altura y me dijo al oído susurrando – Antes de dejarnos ella dijo que vendrías a verme. – Me ayudó a levantarme y de su brazo me condujo al interior de la tienda donde me acosté en el mismo lecho en el que había descubierto una noche, hace muchos años, los secretos de El Cairo.

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