El secreto de El Cairo – @LdeIdiota

dkys colaboraciones Improvisando letras, Retos

Secretos detrás de una barra

Poco importaba ya quien era él. La tercera alarma del móvil sonaba desde la habitación mientras en el espejo del baño un reflejo triste se miraba a sí mismo; imperturbable, pupilas fijas en pupilas, ojeras que cada mañana avanzaban más en aquel rostro. Una mano acciona el grifo, el agua que cae silencia durante unos segundos la alarma de fondo. Dos manos la recogen y acercan hacia ese rostro inerte, rostro que se inclina hacia adelante para recibirla. Lo hace sin esfuerzo, es un movimiento automático, como si estuviese acostumbrado a agachar la cabeza.

Cuando vuelve a erguirse aparece el mismo reflejo de antes, lo único que varía esta vez son las cientos de gotas que van viajando por cada curva de ese rostro. Se cierra el grifo y vuelve el sonido del despertador; los labios parecen moverse. ¿Qué coño estoy haciendo con mi vida?

La puerta se abre y un nuevo buenos días sale de la boca de otro de esos conocidos desconocidos que aparecen cada mañana por la cafetería. -Miguel, ponme lo de siempre por favor. – Enseguida. Dicen que uno se acostumbra a todo; puede que sea cierto, pero si no es así, no queda otra solución que la de fingir que lo haces. Cada golpe dado para liberar la carga del filtro del café es un martillazo, más fuerte si cabe que el anterior, que hunde en él un clavo de resignación.

Es curioso, algunas veces las palabras más dulces y agradables salen de personas que hace mucho tiempo que no las escuchan; pasa igual con las sonrisas, las más espectaculares pueden ser el resultado de la repetición de un acto automático de mover simplemente varios músculos, un acto entrenado premeditadamente para huir, ¿de qué?, qué más da. Hay quien dice que una sonrisa no miente, deben existir personas especialistas en leerlas. Ojalá algún día se pase algunos de esos expertos por la cafetería a tomarse un cortado con unas tostadas y pueda comprobar cuánta mentira hay detrás de la mía pensó Miguel.

Se hace demasiado extraño dejar de ser uno mismo y convertirse en una persona que vive de una forma autómata, sin dejar de pensar en lo que una vez ha sido. Cada día es lo mismo. Es el mismo despertador, es la misma frase en ese espejo, son esos buenos días sinceros, esas gracias que no todo el mundo da, los mismos hasta luego dichos una y otra vez; es la misma máquina de café, el continuo martilleo que fragmenta de forma inevitable cualquier esperanza, es la resignación de esas veces en las que esa chica nueva que ha entrado a causa de la lluvia pueda fijarse en él; la misma resignación de que ese hombre, el cual no se despega del móvil, sea quien le saque detrás de aquella barra. Es la misma apatía de siempre cuando sabes que se refieren a ti con un -¡mira que es simpático el camarero!, mientras tú solo estás esperando para que todo el mundo vacíe sus platos y sus vasos para poder recoger y dar fin de nuevo a otro día más.

Quién podría imaginar que ese chico que ahora está barriendo el suelo y ordenando sillas hace unos años estaba a punto de comenzar a trabajar en un importante grupo de investigación. Quién en su sano juicio se atrevería a imaginar, tan siquiera un segundo, que ese chico amable, que siempre sonríe y tiene buenas palabras para todo el mundo, incluso para quien no las merece, hace años que está solo y ha terminado olvidando hablar si no es con meras frases hechas y de relleno, simples y banales. Que esa mirada sincera lo es, simplemente, porque es la sinceridad que queda a la hora de volver a encontrar otra mirada como la de aquella persona que logró que se deshiciera de todas sus corazas por una vez.

Ya es de noche, la persiana se cierra con ese ruido metálico estridente que pone fin al día. Hace frío. Miguel sube la cremallera de su chaqueta, se coloca el gorro de lana, mete sus manos en los bolsillos y comienza a caminar. Ni nos imaginamos los secretos que se esconden detrás de la barra que vemos cada mañana sustentado nuestros cafés. Los restos de la lluvia de media tarde hacen de espejo, reflejan los destellos parpadeantes de colores que emite un rótulo a las espaldas de Miguel, Bar El Cairo puede leerse en él.

De nuevo suena el despertador. Otro día más.

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