El secreto de El Cairo – @kike_vasallo

dkys colaboraciones Improvisando letras, Retos

Una noche estrellada.

     Aquella madrugada, en esa taberna, mis dedos parecían aporrear las teclas de mi vieja máquina de escribir como si mis manos fueran una sarta de pequeños martillos neumáticos.
Llevaba un mes ambulando por Egipto tratando de inspirarme.
Mi última novela “Las entrañas del Coliseo” se había vendido como la seda y con el dinero que había conseguido sacar me estaba costeando este viaje por el universo de los faraones con la intención de sentir todo aquello que pretendía plasmar en mi próximo libro.

La taberna era tremendamente vieja. La grasienta luz que desprendía la vela de sebo que tenía en la mesa era lo único, junto con un candelabro de la pared del fondo, que iluminaba la lúgubre estancia. La mesa cojeaba a cada golpetazo que daba a las teclas, exaltado. Había tratado de calzarla con una miga gorda de pan de la ya pretérita cena pero había resultado nefasto. Las ratas merodeaban sin descanso, ávidas, y en un momento de descuido, cuando fui a rellenar la taza de hojalata de eso que el afable dueño decía que era café, una rata parda, de largos bigotes y escuálida hizo de mi apaño su manjar nocturno.
El dueño me insinuó con gestos que me dejaba solo, que se iba a dormir. Asentí con una sonrisa y seguí martilleando metódico y con ritmo. Ya solo quedaba yo en la sala. Bueno, mi máquina de escribir y yo. Juntos los dos creando universos perdidos que ahora estarían al alcance de la imaginación de la mente gracias a aquellas letras que quedaban estampados, inamovibles, en el amarillo papel.
Me levanté, aparté la silla y me dirigí hacia una estantería donde había unas raídas mantas. Cogí una. No olía muy bien ni estaba muy limpia pero era de lana de camello, la que más abriga, que es lo importante. Me envolví en ella los hombros y la espalda dejando a mis manos libertad.
Me senté y me encendí un cigarro. El último que me quedaba. Le di un par de caladas gustoso y lo dejé entre mis labios mientras seguía acariciando las teclas de la máquina.
Quité el folio gastado y puse uno nuevo, metódico; después de tanta veces el acto era automático y eficaz.
Esa página olía a final. Miré a mi izquierda contemplando el montón desencuadernado de hojas que habían salido de la mis dedos y estimé unas 460 o así. Últimos coletazos.
Un par de párrafos más tarde describiendo el oscuro final que había sufrido el protagonista pulsé la tecla del punto y tiré amargamente de la última hoja de mi nuevo libro.
Como siempre un aluvión de sensaciones me embriagaron. El cigarro se había consumido entre mis labios y la ceniza flácida se curvaba sucumbiendo a la gravedad.
Dejé la hoja encima del montón. Lo cogí entre mis dedos. Sopesando el trabajo que había en esas hojas del color del papiro, muy apropiado.
Le di la vuelta y ojeé la primera página. Todo texto. Limpio y puro, sin mácula.
No tengo título. Como siempre. El título.
Dar nombre a algo es convertirlo en realidad. Es legitimarlo. Es hacerlo tuyo.
No era bueno con los títulos.
Dejé los folios encima de la mesa. Soplé la vela y un humo maloliente serpenteó por el calor que disipaba hacia arriba, lento. Me envolví aún más en la manta y salí por la puerta de la taberna.
Hacía mucho frío. La noche sin nubes mostraba todo su esplendor. Me alejé unos cuantos metros para aclarar las ideas, paseando, mientras miraba a la negrura del cielo tan solo salpicada por una infinidad de estrellas, inconmensurable, qué maravilla. Durante un buen rato estuve contemplando aquel paisaje.
No tenía título. Como si un teclear desenfrenado se tratara esa maldita frase se me aparecía ante mis ojos una y otra vez sin dejarme disfrutar de la calma del desierto.
Recorrí mis pasos en sentido contrario hacia la taberna aun contemplando el estrellato. Cuando llegué a la puerta mis ojos se encontraron con el letrero de la taberna: El secreto del Cairo.
Sonreí, sacudí la cabeza y me metí en la taberna dispuesto a recoger mis cosas para irme a la mañana siguiente; ya tenía título.

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