El roto para el descosido – @Safronina0

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K. Nació y creció en una villa de norte de unos 8.000 habitantes, y aunque parecían muchos se conocían todos. Desde que es capaz de recordar, pasaba los fines de semana en casa de su abuela en un pequeño pueblo cercano, donde aprendió a andar en bici, a bailar el hula hoop, a tocar la guitarra, a construir arcos, a trepar a los árboles, a coger ranas, donde pasaba las noches de verano «declarando la guerra a su peor enemigo», donde dejó la barbilla en el asfalto yendo a por leche.

Con la mayoría de edad, llegó el momento en que se mudó a un lugar algo más grande, para cursar sus estudios universitarios. Su libertad ansiada, el primer paso de uno de sus objetivos. El primero que disfrutó y saboreó despacio. Conoció a gente que más tarde desconoció, se enamoró, se drogó e hizo el amor por primera vez. Su segundo paso le llevó de nuevo cerca de su casa. La ciudad de la niebla, donde una noche conoció a A.

A. Nació y creció en una pequeña ciudad de niebla, no importaba la época del año que fuese, había ciertas horas del día en que siempre te acompañaba la niebla. Sus veranos se «asalvajaba» (le gusta decir) en la aldea de su padre, que cuenta con 75 habitantes en invierno y aproximadamente el doble en verano. Allí besó a su primer amor y aprendió a bailar pasodobles, a cantar, a robar gallinas, a liar pitillos. Pero los inviernos son largos y se ahogaba entre murallas. Rondaba los 20 cuando cantaba en un grupo. La noche, la cocaína y el whisky, su mejor credo y religión. Asidua a la coincidencia con extraños en los baños, la niebla y la noche de la ciudad que aborrecía le presentó a K.

El roto para el descosido se acaban de encontrar.

 

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