El primer día de muerto – @relojbarro

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Ni siquiera se ha despertado del todo cuando escucha la noticia por la radio. No puede creer lo que oye, de hecho, por lo poco que entiende del tema, no lo ve posible, no obstante lo están diciendo, está atónito, camino del shock. No puede ser, es imposible lo que va a pasar. Le viene a la mente cuando Orson Wells generó el pánico colectivo, cuando anunció una invasión alienígena, «La guerra de los mundos», lo cual generó la histeria en Estados Unidos hace ya 75 años. Prestó atención y oyó «…es cuestión de minutos afirman unánimamente físicos de todo el mundo, lo cual contradice todas las teorías existentes sobre su muerte, que se barajaba en torno a unos 12 mil millones de años en el futuro. El mundo llega a su fin, cuando el sol desaparezca, solo nos quedará 8,3 minutos de luz solar…».

Nunca lo había pensado, la luz del sol tarda 8 minutos en llegar a la tierra, a partir de ahí, la oscuridad y el frío, por tanto ése es el margen que le quedará en cuanto el sol muera, 8 minutos. Debe ser una broma, piensa, cuando el sonido de sirenas de la calle lo devuelve a la realidad. Ambulancias, gritos, histeria. Se asoma a la ventana y ve gente correr en todas direcciones. No entiende, no sabe qué hacer, contempla la posibilidad de que se ha vuelto loco…

Ocho minutos, solo piensa eso, ocho minutos. Se viste a toda prisa, coge su teléfono y sale de casa sin cerrar la puerta. El teléfono no le permite llamar, las líneas deben estar colapsadas. insiste camino hacia su coche. Tiene que llamar a su padre, a su hermana, a sus amigos. Le viene su nombre, tiene que llamarla a ella, piensa, pero hace un par de años que no hablan, de hecho, cae en la cuenta que debería llamar a la chica con la lleva viéndose un par de meses más bien, pero la sensación de que debe verla a ella cobra vida en su interior cada vez más. Arranca el coche y sale derrapando del garaje.

El teléfono da tono por fin, coge el teléfono su hermana. Está llorando, dice que lleva llamándolo un rato, que está en casa de su padre con su hijo, que vaya corriendo a verlos, que su hijo no para de llorar, que no sabe qué hacer. Le contesta que ya va de camino, que le diga a su sobrino que su tío llega en unos minutos, él siempre sabe tranquilizarlo, siempre han conectado especialmente. Cuelga para llamarla a ella, sin saber ni qué piensa decirle, sale como teléfono apagado. Mira hacia el cielo mientras el motor y el cambio gruñen por el esfuerzo al que les someten. No consigue contactar con ella.
Llega a la casa de su padre, deja el coche cruzado en la rampa de entrada, su familia está en la puerta mirando hacia el cielo, levanta la vista y ve el sol…su tamaño ha aumentado mucho y está más brillante de lo normal, su núcleo es rojizo. Su hermana corre hacia él con su sobrino en brazos, lo abrazan. Su padre viene detrás, está llorando, lo cual le impacta porque no recuerda haberlo visto llorar excepto cuando murió su madre.

Todo el mundo en la calle está mirando el sol, su núcleo rojo está creciendo, unas manchas lilas oscilan en su perímetro. Oye el sonido de su teléfono pero no lo lleva encima, corre a buscarlo al coche. No sabe si descolgar o no, es ella.

—Dime.
—¿Dónde estás?
—En casa de mi padre.
—Tenemos que vernos.
—Lo sé. ¿Dónde quedamos? Nos quedan unos minutos tan solo…
—¿Recuerdas donde nos vimos por primera vez?
—Estoy a unos 12 minutos, ¿cuánto tiempo necesitas tú para llegar hasta allí? Necesito despedirme de mi sobrino.
—Ya estoy «allí».
—Voy.

Su sobrino no quería soltarle la mano, un nudo en la garganta le oprimía mientras le mentía diciéndole que ahora volvía.

Entró a la parte de atrás de una escuela industrial y dejó el coche allí. Cruzó corriendo entre los edificios del complejo y llegó a un pasillo entre dos edificios, ella estaba sentada en un banco.
Un sonido seco sonó en el cielo, más un espasmo que un sonido fuerte. El sol estaba completamente rojo, pero su tamaño como mucho era la mitad, todo su contorno estaba oscuro; sintió que la cuenta atrás, había empezado.

—Ella dijo — ¿Estudias aquí?
—No, aquí me siento a verte salir de clase —respondió él—.

Les quedaba menos de ocho minutos para volver a conocerse, les sobraba siete, pensó, mientras se sentaba tranquilamente a su lado.

 

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