El perfume – @DonCorleoneLaws

DonCorleoneLaws @DonCorleoneLaws, krakens y sirenas, Perspectivas

El erotismo se apodera de nosotros a través de los sentidos. Nos deleita con la sutileza de la vista, detenida en todo aquello que se insinúa sin resultar evidente. La evidencia suele resultar bastante soez. Nos subyuga a través del oído con todo tipo de sonidos involuntarios resultantes del deseo sexual y con una amplia gama de palabras que consiguen despertar más aún nuestra excitación. Nos sugestiona con el sabor de los fluidos personales, con las percepciones que adquirimos usando nuestra lengua en el cuerpo del otro individuo. Nos emociona –principalmente- con el tacto de esas zonas erógenas más íntimas que tanto deseamos colonizar, morder, acariciar, palpar o apretar contra nosotros. Y, además, a un exclusivo y selecto club de privilegiados que tenemos una alta sensibilidad olfativa, nos embriaga con el aroma: ya sea el de las segregaciones corporales fruto del vicio conjunto, o el de los aditamentos con los que vestimos la piel a través de perfumes, lociones, aceites esenciales o geles de placer.

El perfume es un pequeño placer en sí mismo. Reconozco que cuando entro en una perfumería me saturo. Tengo el olfato tan afinado, que esa cantidad de esencias distintas mezcladas ambientalmente en proporciones abrumadoras consiguen marearme. Es muy difícil que yo me decida a adquirir un perfume en una primera visita: debe ser muy original, muy distinto y muy cautivador para que me lo lleve conmigo sin pensarlo. Y cuando eso sucede, es porque el aroma ha conseguido alterarme absolutamente.

Eso me ha sucedido ya unas cuantas veces con algunas fragancias femeninas. Hubo ocasiones en las que un determinado aroma utilizado por alguna persona a la que amé intensamente se convirtió en un increíble acelerante erótico. Tan así era que, al cruzarme con otra mujer que lo utilizara, inmediatamente la imaginación me llevaba a la amada conocida y me excitaba sin mayor pudor. El olor me transportaba a momentos compartidos, a lugares donde nos poseímos, a circunstancias morbosísimas en las que sucumbimos a lo que hiciera falta… y la memoria ejercía de potente acelerante para mi deseo inmediato.

Soy un exquisito y no me avergüenza confesarlo. Dentro de mi absoluta normalidad y mi habitual discreción, lo soy para casi todo. Imagino que es normal: me gusta lo bueno como a cualquier otra persona, pero además, me cautiva lo especial, me deleita lo sublime, me atrapa lo único y me encanta lo selecto. Si es fácil o común lo valoro como tal, pero no me suele causar gran interés. Y eso mismo me sucede también con las personas y con los perfumes.

No quiero imaginar cómo olerá la mujer que me atrae: deseo olerla directamente a ella, porque nada tienen que ver las esencias embotelladas o pulverizadas en un cartón con su asentamiento y depósito sobre la piel humana. Casi cualquier cosa huele mejor sobre la piel, y si esa piel está intensamente excitada, mejor aún. Las hormonas revolucionan también los aromas. Y aunque la curiosidad me suele llevar a preguntar qué tipo de perfume lleva alguien conocido cuando su olor me llama la atención (no se asusten, que no voy olfateando a desconocidos por la calle), el asunto se queda en una simple pero valiosa información que conservará mi subconsciente en su amplio archivo de estímulos sensoriales.

En estos tiempos de la prisa, de darle poca importancia a las cosas, de usarse y tirarse, de no valorar lo que se nos regala, de mostrar poca atención a casi todo y muy poco interés real por lo pequeño, el mundo de los perfumes se me antoja de una exquisitez tal que puede llegar a conmoverme.

Mi flor favorita es aromática. Una de mis mayores aficiones tiene muchísima carga de olores. Tengo recuerdos imborrables de estancias que ya no existen y familiares que ya no están, lugares que visité, comidas que saboreé antes incluso de degustarlas, y por supuesto, de amores que me conmovieron. En mi nariz vivirán eternamente la tersura de sus cuellos desnudos, sus pechos palpitando agitados, sus bocas jadeantes, el interior de sus cálidos muslos y la femenina maraña de sus cabellos despeinados después de habernos devorado sin vergüenzas ni temores. Y también se encuentran aquellas velas que se encendieron, aquellos aceites que nos untaron o aquellas flores que nos acompañaron.

En mi memoria están alojados sus nombres y la entrega que me ofrecieron, junto con el cariño que les cogí durante el tiempo que me dedicaron. Me siento muy agradecido a todas ellas. Forman parte de mí aunque se separaran nuestros caminos por la causa que fuera. A veces las causas no son importantes: simplemente detonan la carga de profundidad que hace que se mueva la vida en otro sentido porque “lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible”. A todas y cada una de ellas las quise con lo que tuve y mientras se pudo, y de aquellas que fueron más especiales conservo pequeños detalles íntimos que son parte del mosaico de mi existencia, de forma que, a veces, en los lugares más insospechados, vuelven a escalar las cumbres de mis recuerdos para seguir estando muy presentes en mí a través de algo tan inesperado, sensible, delicioso, especial y personal como sus adorables perfumes.

 

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