El otro lado de la cama – @LaBernhardt

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La madrugada del 26 de junio de 1.916, Adelaida decidió que en el otro lado de su cama estaría siempre Fernando. Llena de sueños y sin poder dormir, tomó la decisión de que lo seguiría hasta Buenos Aires, que vivirían del teatro, que serían felices y libres, al otro lado del océano.
Acarició el lado frío de la cama y se durmió, cansada de felicidad.
No sabía que, unos meses después, Fernando la dejaría en tierra y que ella nunca conocería Buenos Aires porque, como le dijo un marinero gallego, nadie puede surcar el océano si va cargado con tanta pena, miña nena…
Los meses que siguieron a ese abandono fueron lluvia; la cama era refugio pero no dormía, sólo miraba el otro lado de la cama, vacío para siempre porque el amor de la vida a los 20 años siempre deja hueco.
Se dedicó a hacer lo único que la salvaba: teatro y más teatro, a pesar de que en cada función se alejaba de su padre, que consideraba un castigo del cielo tener una hija soltera y titiritera.
Y en diciembre de ese mismo año, se prometió con José, un buen hombre que sólo sabía quererla y trabajar.
Alguien en el otro lado de la cama, Adelaida, alguien que te quiere y te cuida, muchacha. Esa era su oración, cada noche.
Y cuando todo estaba en calma, cuando el insomnio era insomnio por dar de mamar a su primera hija…entonces, sucedió que su mundo se rompió en una foto.
Fernando, en la entrada del Teatro Colón de Buenos Aires, sonreía desde un presente que no era el suyo y la llevaba de cabeza a un pasado que, todavía, quemaba sin descanso.
Detrás de la foto un «Mi querida Adelaida, vives en mí, siempre estás aquí, en el otro de mi cama, en el escenario. Ojalá un teatro que nos haga eternos».
Lloró sin lágrimas y sin pena; nada de esas dos cosas tenía ya. Lloró y vio dormir a José, decidió esa noche, desde su lado de la cama que encontraría ese teatro eterno. Lo haría.
Y lo hizo, sí. Bueno, técnicamente, lo hizo José porque era constructor y consentidor de su Adelaida. Y una mañana, a su mujer se le antojó que, puestos a construir, que hiciera un teatro, uno grande y precioso. Con tanta ostentación como para ser teatro de ciudad de provincias. Un teatro grande para un pueblo pequeño. Claro, Adelaida, claro que sí, mi amor. Y ella, feliz como una niña, apuntilló: » Y que se llame Teatro Colón».
La bisabuela Adelaida nunca vio actuar a su bisnieta, murió a los 98 años, cuando la niña tenía recién cumplidos los 18.
Otra que nos ha salido como la bisabuela, le decían en casa, y ella era feliz porque recordaba las palabras de Adelaida: «el teatro salva, gitana mía».
El teatro la salvó de toda aquella época de carreteras y ensayos y camas llenas de gente de paso hasta que un día, en una clase de Literatura Inglesa del S.XIX, encontró al amor que ocuparía el otro lado de la cama.
Y un 26 de junio de 1.992, viéndolo dormir, determinó que nadie, nunca llenaría igual de bonito su vida.
El mundo, sin embargo, decidió que una cama de 90 cms era demasiado pequeña para tanto amor y él, que Edimburgo sería lo suficientemente grande como para olvidar a su chica del teatro.
De los siguientes años, ella habrá de recordar lluvia y frío en el otro lado de la cama. El inglés le revolvía las tripas y el diccionario Collins le recordaba a su amor, así que se pasó a Hispánicas.
Conoció a muchos tipos que no la llenaban; eran cuerpos que ocupaban el otro lado de la cama, sólo eso.
Un día, cuando menos lo esperaba, volvió su amor, en forma de WhatsApp, y no pudo reprimir la risa, al recordar de nuevo a Adelaida y su «los amores eternos siempre vuelven, menos el mío que no supo nadar el océano».
Se encontraba mal, estaba en el hospital, decía, eran unas fiebres muy feas que había traído de Perú.
Fue a verlo, claro -vaya preguntas me hacéis, amigos- y le impresionó tanto su vejez, que ella misma notó todas las arrugas de sus 35 años, de pronto.
Hablaron poquito porque el frío en esa cama nos los dejaba en paz. De los siguientes días, recuerda ella los bocadillos infames de la cantina del hospital, el dolor de espalda de cada mañana, después de dormir en el sofá de la habitación.
Una noche, el frío ocupó toda la cama, todo el cuerpo de su amor de los 20 años y ella, sin pensarlo dos veces, se desnudó y se metió en la cama con él. Y no, no follaron; cómo sois, cojones. Sólo lo abrazó fuerte, desde su lado de la cama.
De esos días, él recuerda que ella le quitó el frío del mundo, en un abrazo desnudo, desde el otro lado de la cama.
Ha pasado mucho tiempo de aquello, pero cada vez que necesitamos reencontrarnos, cuando todo se pone feo y ni siquiera un beso nos despierta, entonces nos abrazamos, desnudos y todo es como antes, como siempre.
Mi bisabuela Adelaida me dijo un día, poco antes de morir, que le guardara un hueco al amor de mi vida, en el otro lado de la cama, «porque aunque no esté, siempre vuelve, gitana mía».

 

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