El mismo perro – @IstarCollado

IstarCollado krakens y sirenas, Perspectivas

Otra vez el maldito despertador. Las 6:50. Cuando estiro el brazo para apagarlo soy consciente de que mi dolor de espalda sigue conmigo. Parece que cinco horas y media de sueño no han sido suficientes para recuperarme del cansancio diario. Pienso en mandar un mensaje a mi jefe y decirle que me encuentro mal, que no voy a poder ir a trabajar. Lo debato durante un minuto y al final decido que no, que hoy aún puedo, que dejaré esa excusa para un día que lo necesite más. Todos los días el mismo impulso. Todos los días lo entierro.

Entonces noto su presencia. Giro un poco la cabeza y ahí está. Como era de prever, claro. Y me pregunto qué hago yo con este tío. Me molesta hasta su forma de respirar. Míralo, ahí, tan feliz, durmiendo, mientras yo me levanto para dejarme los cuernos en un curro del que estoy harta, para pagar el alquiler de un piso de una ciudad de mierda en la que no estoy a gusto. Bah.

Me levanto de la cama, aún es de noche. Debería estar prohibido levantarse de la cama de noche. No tengo ganas de ducharme. Me ducho. No tengo ganas de hacerme el café. Me lo hago. Me lo tomo mientras escucho la radio. Una noticia, otra… Un padre que ha matado a su hija de cuatro meses porque le molestaba oírla llorar. Otro caso de corrupción. Un robo a mano armada en un banco. Me sorprendo alegrándome. Una violación de una niña de quince años me hunde de nuevo. Vaya mundo en que vivimos. Sube la luz y el agua. Otra vez.

Empieza una canción. Mi subconsciente identifica las primeras notas musicales segundos antes de que yo lo haga y se me escapa una triste sonrisa. Se agolpan en mi mente recuerdos del pasado, y más que recuerdos, proyectos que nunca llegaron a ver la luz. Algo se enciende lentamente dentro de mí. La música me despierta, la letra me envalentona, y dejo de sentirme tan atada a mi presente, incluso empiezo a pensar que las cosas podrían cambiar si me lo propongo. Un tren se abre paso en mi cabeza e imagino que me lleva muy lejos de aquí, de todo lo que ya no soporto.

Empiezo a sentirme mejor. Me visto a toda velocidad mientras voy pensando en el plan que me sacará de aquí. Esperaré a cobrar, ya solo faltan cinco días. El sueldo no es gran cosa pero bastará para comprar un billete a cualquier lugar y para sobrevivir unos cuantos días mientras encuentro algún curro. Siempre he encontrado trabajo rápido, será que no se me caen los anillos y cualquier cosa me vale.

Y ya sé dónde quiero ir. Voy a ir a Barcelona. Desde que estuve allí de vacaciones hace unos años siempre he deseado volver, y es un sitio perfecto para vivir. Para empezar de cero. El mar. La montaña. Un sitio enorme donde nadie te conoce. Una gran ciudad donde cada movimiento que haces no es comentado ni juzgado sin piedad. Además, tengo allí a algún conocido que quizá me pueda echar un cable, buscarme algún contacto para encontrar piso, trabajo…

Cojo las llaves y el bolso, y doy un portazo a la puerta mientras sonrío pensando que ojalá lo haya despertado. Aunque qué más da, se volverá a dormir. Y otra vez qué más da: en una semana dormirá lo que quiera y yo no tendré que sufrirlo.

Bajo las escaleras de dos en dos, no tengo prisa pero mi cuerpo va por su cuenta. Salgo a la calle, está amaneciendo, echo a andar hacia la parada del autobús. Paso por la delante del super  y veo allí tumbado al mendigo de siempre, junto al perro de siempre. Aún no se han despertado.  Sigo andando y me cruzo con el vecino de siempre.  Dejo atrás la cafetería con media persiana subida, como cada día a esta hora. Miro a mi alrededor y el entorno comienza a aprisionarme. Todo es igual que ayer, nada ha cambiado. Los árboles, las aceras gastadas, el parque vacío, todas esas caras que ya conozco, los comercios, los semáforos, los sonidos, las fachadas, el cielo. Todo. Veo mi futuro, veo mi sueño como un globo que se empieza a desinflar. Me siento algo más pequeña que cuando salí de casa, pero no quiero, quiero sentirme poderosa, quiero sentir que soy la dueña de mi destino, y esta maldita rutina se ha empeñado en llevarme la contraria.

Entonces, veo pasar el autobús. El maldito autobús, que se ha adelantado. Echo a correr pero sé que es imposible llegar a tiempo, la parada está demasiado lejos. Y me paro. Y sonrío de nuevo. No todo es igual. No he cogido el autobús y me alegro, porque ese autobús no me llevará donde yo quiero. Hoy todo ha cambiado. Ya nunca nada volverá a ser igual.

 

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