El mismo perro – @igriega_eme

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Nadie podía creer que era el mismo perro cuando la vieron llegar con él tras casi dos meses de recuperación. Tenía el pelo negro largo y lustroso, el ánimo alegre y juguetón, una cola que giraba como rehilete y una risa que brillaba en su mirada agradecida y fiel.

Los ojos de la indiferencia pueden ser de cualquier color, hay verdes, cafés, azules, negros, aceitunados y grises; grandes, pequeños, medianos, almendrados, rasgados y oblicuos.
A veces llevan exceso de maquillaje y otros van desnudos cobijados por cortinas de pestañas lacias o rizadas, tupidas o escasas. Las llevan hombres o mujeres, ancianos o niños, pero todos cómplices de una sociedad que ignora, ignora y minimiza la importancia de los seres indefensos.

Y es que aunque el perro es el mejor amigo del hombre, a la inversa no es ni medianamente correspondido y está más que comprobado.

Ana iba de regreso después de un fin de semana largo en la playa. La carretera estaba abarrotada y los vacacionistas asoleados y cansados, circulaban a vuelta de rueda rumbo a un inicio de semana rutinario.

Para hacer menos cansado el camino sonaba de fondo música de Mozart, una figura oscura en el lado derecho del acotamiento llamó su atención.
Era un perro de talla mediana, pero su peso apenas alcanzaría los 15 kilogramos, a la distancia parecía bicolor, y estaba hecho bolita como intentando evadirse del ruido de los motores y las luces halógenas que no cesaban de acosarlo desde el atardecer.

Activó las luces intermitentes para orillarse en el camino y detuvo el auto.

Cuando se bajó del automóvil, se acercó con precaución y notó que las motas que salpicaban el pelaje negro para hacerlo bicolor, no eran otra cosa que la ausencia de pelo, consecuencia de la sarna que le invadía por todos lados.

Al sentir su presencia, el can abrió sus ojos redondos, vidriosos y asustadizos, le extendió la pata izquierda con una mezcla de alivio y esperanza y se volvió a dormir. No sólo estaba herido y agotado, estaba hambriento y deshidratado tras todo el día bajo el sol.

Ana desenrolló una manta que traía en la cajuela, con cuidado lo envolvió y con algo de esfuerzo pudo levantarlo en brazos para resguardarlo en el asiento trasero del auto.

Él, inmóvil se dejó llevar sintiendo algo parecido a estar la seguridad de estar fuera de peligro.
Así sin moverse permaneció bajo la manta los casi cuarenta kilómetros que aún faltaban para cruzar la última caseta de entrada a la ciudad.

En el camino, llamó a Alberto, un viejo amigo veterinario que con frecuencia le ayudaba cuando a deshoras hacía algún rescate en los caminos del vuelta a casa y necesitaba con urgencia que le apoyará con diagnóstico y atención.

Después de revisarlo exhaustivamente, concluyó que necesitaría recuperarse un poco de la desnutrición extrema que presentaba, para poder ingresarlo a cirugía y reparar así el fémur izquierdo y al final iniciar el tratamiento medico para combatir las infecciones severas de la piel.

La indiferencia de quién había provocado su accidente y la tantos vacacionistas casi le matan de no haber sido por Ana.

Ahora Abelardo vive con ella y otros sus dos perros, todos adoptados, todos salvados de esos miles de ojos que no ven, que fingen no ver, ojos que no se conmueven ni ante la inminencia del dolor o la muerte de otro ser viviente.

Para Abelardo.

 

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