El mercado de cuerpos rotos – @Moab__

Moab @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas

La tapa del cielo se ha roto y todos los males de la humanidad se precipitan sobre ellos en forma de lluvia. La esperanza hace tiempo que se la comieron para poder sobrevivir y ya solo les queda esa aura de derrota asumida, ese saber que, aun respirando todavía, jamás volverán a estar vivos de verdad porque ya nadie (ni siquiera ellos mismos) les considera genuinos seres humanos. Son animales, bestias que han sucumbido al vicio y sobreviven casi sin querer, por puro instinto.
Derribados contra paredes que apuntalan su caída en desgracia o hechos un ovillo sobre charcos de lágrimas y mierda ven pasar los pies de pasos chapoteantes y apresurados de los vivos. Apenas tienen fuerza para alzar los ojos suplicando con sus decrépitas miradas el próximo polvo que les pague un último pico mientras el Armagedón se derrama sobre sus cabezas. A veces, un alma no tan caritativa les lanza un mendrugo de pan para que se enzarcen en una grotesca lucha de cuerpos retorcidos, medio podridos por la enfermedad, que se arrastran los unos sobre los otros lanzando mordiscos infecciosos y amagando llaves que son un insulto a la belleza de la lucha grecorromana, pero que provocan grandes carcajadas en los noctámbulos que les observan jocosos desde las marquesinas de los locales de moda, refugiados de la lluvia y la escoria tras gruesos cristales de plexiglás.
Contemplo el espectáculo entre horrorizado y aburrido. No estoy en mi ambiente para nada, de hecho no sé qué coño hago aquí. Bueno, sí lo sé, no quedarme en casa hecho un ovillo en un rincón llorando por lo que pudo ser y no será, ahogándome en la autocompasión y bebiendo copa tras copa de whisky mientras me desangro con más pasión que acierto sobre el papel. Mis amigos decidieron que ya era suficiente tanta decadencia lacrimógena, me metieron en la ducha, me cepillaron el pelo, me vistieron, me dijeron unas cien veces lo zorra que había sido Clara al dejarme a dos días de la boda y cuando pensaron que volvía a parecer un ser humano, me arrastraron a esta montaña de inmundicia a la que llaman con sorna “La cúpula del trueno”.
A mi alrededor todo son risas, camaradería y entrechocar de copas. Han intentado varias veces que participe en la conversación, pero ya se han cansado de estamparse contra un muro de silencio y me han dejado tranquilo en mi autista rincón junto a la ventana, donde tengo una vista demasiado perfecta para mi gusto del espectáculo. Es lo más deprimente que he visto en mi vida, quizás por eso no puedo ni parpadear. Con un esfuerzo sobrehumano, desvío la mirada de los hambrientos combatientes y la paseo por los otros cuerpos que se agolpan en los soportales tratando de resguardarse de una lluvia cada vez más torrencial haciendo uso de los codos, culebreando hacia atrás, intentando no mojarse más… pienso que parece un bazar turco… un mercado… un mercado de cuerpos rotos pugnando por moverse entre una marea de inmunda humanidad.
Por el rabillo del ojo veo un repentino movimiento que me hace volver la cabeza. Alguien ha sido expulsado de un rincón especialmente atestado. Una pequeña figura se encuentra tirada bajo el diluvio en posición fetal. No se mueve… no, espera… sí se mueve, pero muy lentamente, como si llevara entre sus harapos un huevo Fabergé y tuviera miedo a que cualquier movimiento brusco pudiera romperlo. El menudo montón de mierda con latidos se pone de rodillas con dificultad y verifica que lo que lleva en brazos sigue ahí. Parece ser que el tesoro sigue intacto e intuyo una sonrisa bajo la capa de mugre de su rostro. Entonces, veo que a ese sobreprotegido huevo Fabergé nacido del estiércol le nace un brazo. Un brazo unido a una pequeña mano humana que le agarra un mechón de pelo… “¿Lleva a un niño pequeño? Por el amor de Dios, ¿cómo puede alguien dar a luz en un lugar como este? No se puede permitir que esa mujer esté en la calle con un bebé” El cobarde superhéroe que llevo dentro hace amago de levantarse y dirigirse hacia mis amigos pidiendo ayuda para esa triste alma que trata desesperadamente de refugiarse de nuevo sin éxito, siendo empujada una y otra vez bajo la inclemencia de un cielo que se le está hundiendo encima. En ese momento veo que Víctor, el más popular de mis amigos repara en las dificultades de la mujer y atraviesa como un rayo la puerta del local. “Menos mal que él sí es un valiente de verdad” pienso aliviado justo antes de ver cómo recoge un buen mendrugo de pan del suelo y lo lanza con todas sus fuerzas directo a la cabeza de la joven madre. Apenas me da tiempo lanzar una exclamación horrorizada cuando veo que los luchadores se abalanzan sobre ella como palomas sobre las migas con las que las alimentábamos en la niñez las tardes de verano. Solo puedo ver una vez más sus ojos muy abiertos, aterrorizados, antes de ser sepultada por los húmedos cuerpos. Las lágrimas se escapan de mis ojos mientras murmuro “Llevaba un niño en brazos, llevaba un niño en brazos” como un mantra. No puedo soportar ver lo que está ocurriendo y, agachando la cabeza, me escondo en el rincón del local más alejado de la ventana, tratando de acallar una conciencia que me grita “¡Cobarde!” al oído.
Y así funciona el mundo. Algunos mueren en las calles víctimas de las enfermedades, la pobreza, la guerra, la inconsciencia humana… mientras unos pocos disfrutan del espectáculo, otros creen ser héroes gritándole fuerte al toro desde la barrera o, la mayoría, se esconden en un rincón para no ser conscientes de lo que pasa.

 

Visita el perfil de @Moab__