El idioma de la libertad – @GraceKlimt

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“La noche tiene el color de los párpados del muerto”

Hace tiempo que Margot habla el idioma de los muertos.

Realmente, ni siquiera lo habla, solo lo siente. Se siente muerta, aunque su corazón aún late, aunque por sus venas aún corre la sangre, aunque cada mañana se levanta y desayuna y se maquilla y lee la prensa y camina y comenta el frío que parece que ya llega y ve la televisión y sale a cenar con él y sonríe a los conocidos y se refugia en los poemas de Pizarnik y se abraza a la almohada y no concilia el sueño.

Hace años bailaba en la barra de un bar de carretera. No era una mala vida para la hija de una vieja puta francesa, al menos podía elegir con que hombres subir a una habitación, a cambio de una parte del precio en concepto de alquiler de cama por horas, y con cuales no. Si no tenía ganas, simplemente se dejaba invitar a cava barato cobrado a precio de champagne francés, y al final de la noche se llevaba una comisión.

Cuando él apareció un día por allí, y se encaprichó con ella, ella se dejó salvar. Él estaba acostumbrado a tener cualquier cosa con solo señalar con el dedo, y a ella no le pareció mal. Cerró bien cerrado el corazón, porque enamorarse es aún más peligroso que encontrarse en un callejón a oscuras con un psicópata, y se fue con él. Por qué no. Adiós a los barrotes. Hola, vida. Pobre nueva niña rica. Quien se lo iba a decir a ella. Que a veces, el dinero no da la felicidad.

“La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas”

Cuando se para a pensar, no es capaz de decir a ciencia cierta si su casa tiene 14 o 15 dormitorios. Además de una enorme biblioteca, y un gimnasio de dimensiones gigantescamente absurdas, y un pequeño campo de golf, y dos jardines, y una piscina olímpica climatizada, y una piscina al aire libre, y una pista de tenis. El servicio es incontable, cocineras, ama de llaves, jardineros, personal de mantenimiento. Un entrenador privado para él. Un monitor de tenis para ella. Y un ejército de guardaespaldas cada vez que pisan la calle.

Ella un día habló de estudiar, él rió. Ella un día habló de tener hijos, él rió. Ella un día habló de trabajar, él rió. Ella un día habló de escribir, él rió. Ella un día, dejó de hablar, y él, no preguntó.

Él tiene la casa llena de obras de arte que exhibe a las visitas.
Ella solo es un objeto decorativo más.
A veces, no ver los barrotes no significa que no se viva dentro de jaulas de oro que rompen las alas, las ilusiones, y las esperanzas, día a día.

“La jaula se ha vuelto pájaro
qué haré con el miedo”

A Margot un día de pronto le crecieron raíces, que la dejaron anclada al suelo y comenzaron a subirle por el cuerpo, abrazándole tan fuerte el corazón que sintió que se asfixiaba. Quiso gritar, abrió la boca, y las raíces le invadieron el paladar. Quiso llorar, y de sus ojos brotaron ramas. Quiso correr, y la vegetación se hizo jaula.

Así que hoy, despierta pronto, para engañar al bosque. Desnuda llegó, desnuda se va. Solo una pequeña maleta llena de recuerdos de tiempos en los que los barrotes no existían. Se ha cansado de fingir ese maldito acento francés que tanto agrada a los amigos de él, de fingir ese maldito pasado de niña de familia de rancio abolengo venida a menos, de fingir que la vida es maravillosa, de fingir que es feliz cuando su alma se ahoga.

Se escabulle de entre las sábanas de seda, y dice adiós a una vida de muerta. Ni siquiera mira atrás. Solo se detiene un instante en la biblioteca, los libros de Pizarnik, a ella sí se la lleva, qué importa el destino, ella es quien le ha enseñado el idioma de la libertad.

«Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego
Pero creo que mi soledad debería tener alas»

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