El hombre de hierro – @trichosanthe

dkys colaboraciones Improvisando letras, Retos

Amaneció hace un par de horas mientras aun dormía. Pronto vino el pequeño a despertarme con sus travesuras infantiles, nunca me cansaré de verlo entrar sonriente por la puerta dispuesto a golpearme con su almohada, incluso algunos días he disfrutado haciéndome el dormido, esperando que su ingeniosa mente perversa realizará alguna trastada. No se si habrá mejor forma de comenzar un día, de haberla no la conozco.

Era un día cualquiera, rutinario, un domingo sin mayor gloria ni lamento, como tantos otros pasados. Nuestro plan consistía en ir al pequeño parque acuático donde Efren podía saciar su sed de aventura y riesgo en compañía de su inseparable amigo David. Eran como uña y carne, siempre mejores amigos decían, incluso después de reñir y llegar a las manos. Inseparables.
Sentado, como cada festivo churros con chocolate, y ‎los restos del desayuno colmando de caos la mesa mientras mamá preparaba al niño para afrontar el día.

Debía recoger yo, pero siempre dedicaba unos instantes a esa c‎ostumbre tan actual y monótona de degustar el café mientras leemos cualquier tontería a través de la pantalla de un teléfono.
Nada era diferente pero todo había cambiado. U‎na fuerza nacía en mi interior, tan solo equiparable a aquel primer momento en el que sujete a mi pequeño con mis bastas manos, aquello fue lo más grande que jamás he vivido. Aquello fue sentir la vida con su bondad inundando el ambiente, alegría, sueño, triunfo y placer, todo junto. Y hoy ese mismo sentimiento brotaba desde mis entrañas por culpa de la crónica de una competición deportiva. Las letras contaban la hazaña de un hombre de sesenta años de edad que consiguió alcanzar todas las metas de la prueba Iron Man, pero no fue ese mensaje el que descoyuntaba mi alma, de nuevo la esencia se hallaba en los detalles. El buen hombre se convirtió en el héroe de su hijo y en el de otros tantos bienaventurados padres al alcanzar tal gesta acompañado por su hijo, el cual sufría de parálisis cerebral; fueron ‎varios los años que dedicó a entrenar junto a su vástago, compartiendo kilómetros, tanto en el agua nadando, en bicicleta o corriendo. Solos ellos, padre e hijo. El padre tuvo que adaptar todo para que su hijo pudiese acompañarlo en las tres modalidades de la carrera, y al fin pudo brindarle el mayor regalo que nadie puede hacer, la realización.

Cada palabra que avanzaba el temblor que me acongojaba aumentaba, escalaba por mi vientre y se alojaba en mi garganta. Lloré, la emoción derramaba lágrimas en la soledad que resbalaba por mi rostro hasta caer sobre la servilleta manchada de chocolate. Allí serian inadvertidas pensé. No supe o no pude dejar de leer el relato de cada una de las pruebas, las dificultades, la fatiga, la superación, el ánimo de su familia, la sonrisa y alegría de su hijo. No supe o no pude dejar de pensar en lo grandioso que puede ser el ser humano, y en la enorme capacidad de crecimiento que alcanza por amor. No supe, o no pude evitar sentirme inferior, y necesitar realizar alguna gesta para mi pequeño Efren.

Terminé de leer, ya no había nada más, la historia desapareció como vino, aunque siempre quedará alojada en mi memoria. A final del pasillo asoman los cuerpos de mis seres más queridos, mi mujer, a la que le debo todos los días del resto de mi vida, y mi retoño, al que le debo todo, incluso lo que no está a mi alcance. Ellos son mis superhéroes, yo tan sólo lo hago posible.