El día que nació Lennon – @Patryms

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“Yo conocí a un hombre que barría su tejado y limpiaba claraboyas

y barandas solamente por galantería con el cielo”.

(Federico García Lorca)

Sonaba Don McLean cuando nos cruzamos. Tú, con tu cartel de “si lo toco más de dos veces, lo rompo” y yo resistiéndome a creer en sentencias absolutas.

Hacías fotos con el zoom a tope para no mentir, pero que no se te viese del todo; yo fumaba mucho para perder el tiempo matándolo. Tú eras un batiburrillo de toda la fauna salvaje y a mí se me acumulaban los desórdenes.

Te gustaba follar con los Beatles de fondo y hacer el amor con los Who y yo pintarrajeaba los blancos al ritmo de Bill Whiter, apostando por no dar tregua ni consuelo enredada en estrofas de Vetusta Morla.

A ti que se me murieran todas las plantas te hacía gracia, así que tu fe fue volver la mañana siguiente con una suculenta diciendo que sus hojas carnosas y sus puntas rojas te recordaban a mi manera de morderme el labio cuando estaba pensando, sabiendo que yo pensaba que te recordaba a otra parte de mí cuando eras tú el que la mordías.

Tus camisetas, dos tazas, cualquier cosa en la nevera, un mechero que funcionase y bailar descalzos fue lo único que nos hizo falta para parar el mundo y celebrar aquella semana el I Congreso Mundial de Nudismo de Corazas.

Llenamos el cubo de la basura de un montón de cajas de pizza, situaciones kafkianas y relaciones kármicas; y el resto de la habitación, de huellas en la pared y trozos de mi manicura, amaneceres que llegaron mientras hablábamos, desayunos a la hora del vermú, siestas con embestidas, dos películas en blanco y negro, cenas en el suelo y un sinfín de “como desees” emulando a la Princesa Prometida.

Y no llegó el lunes, sino el siguiente domingo. Y aquella mañana no nos dio por prometer ni por escupirnos a la cara. Ni hablamos de las cosas que sabías, las que sabía y todas esas de las que no teníamos ni puta idea. Tampoco follamos como la primera noche ni como el día anterior. No hubo que repartir media vida, recuerdos que escoger, tickets ni garantías que reclamar ni escombros que barrer.

Me subí al tren con Ain’t No Rest For The Wicked metida en las orejas y tu camiseta metida entre mis bragas y sonreí al apostar que esperarías para apagar el coche aparcado hasta la última nota de Angie.

Hoy he visto una foto en una red social y te he reconocido. Tú sigues creyéndote un puzzle y a mí se me siguen suicidando las macetas. Todas menos aquel cactus carnosos de puntas rojas, que ha tenido un hijo al que he llamado Lennon.

 

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